Cuando tenía 16 años, conocí al Padre Alfredo Pulido, quien me regaló mi primer libro sobre la vocación. Sin embargo, apenas estaba terminando el colegio y no tenía muchas cosas claras en mi vida. Luego, tres años más tarde, en un retiro espiritual por el mes de octubre, tuve la fortuna de conocer al padre Alfonso Álvarez; que con su alegría y testimonio misionero logró llamar mi atención e inquietarme por la misión. 

Pero solo fue hasta mis 26 años, cuando gracias al padre Martín Bolaños, a su sencillez y pasión por la misión, que todo fue mucho más claro y me animé a dejarlo todo por este estilo de vida. Como si fuera poco, sin imaginarlo, tres años más tarde conocería al padre Gabriel Martínez, un maestro de la vida que con su serenidad consolidaría los cimientos de mi consagración a la misión.

Ahora bien, por qué quise iniciar mis estimados lectores contándole sobre estos padres que han significado tanto en mi proceso vocacional. La razón es simple. Cada uno de ellos, sin saberlo o pensarlo, comparten algo en común, y es su amor por la misión en el África. Y es que todos ellos fueron misioneros en el continente africano. Y con su testimonio sin imaginarlo, sembraron en mi ese sueño de misión. Hoy puedo compartirles que a mis 33 años; un sueño hecho realidad.

Llevo un poco más de un año en el continente africano, especialmente en el país de la República Democrática del Congo, en pleno centro de África, y me siento muy feliz. Aún hay días que no me creo estar tan lejos; pero cuando miro al cielo y veo estos hermosos atardeceres que nos proporciona este clima tropical de la ciudad de Kinshasa, capital del Congo, no me queda duda, estoy en el África.

El continente africano es muy grande y cuenta con bastantes países, todos muy distintos a nivel social, político y étnico. Razón por la cual he aprendido que el África no se puede ver desde una misma perspectiva, porque la diversidad cultural es majestuosa. Es por eso que les comparto lo que he vivido en la ciudad de Kinshasa, que es hasta ahora lo poco que conozco.

En general, las personas de esta ciudad son alegres amantes a la música, al fútbol y con un profundo sentido de lo religioso. Son muy fuertes físicamente e intelectualmente. Conocen muy bien el sufrimiento, la pobreza y la corrupción. Pero eso no los vence porque tienen una profunda confianza en Dios y sus tradiciones ancestrales; saben recibir los tragos amargos de la vida con una buena dosis de danza. Y ante las distintas enfermedades que se viven, siempre tiene una sonrisa de aliento.

En el país de la RDC (República Democrática de Congo) el idioma oficial es el francés y cuatro principales lenguas locales son el kikongo, el lingala, el suajili y le chiluba. A demás el país cuenta con una gran riqueza natural y mineral, que a su vez es una de las cusas principales de los distintos conflictos violentos que vive la nación. Aquí existe el rito Zaireño, que es una adaptación del rito romano de la Iglesia católica, el cual tiene cuenta varios elementos culturales propios del continente y los congoleños. La Misa en este rito es muy hermosa, llena de danzas y cantos; muestra de la inculturación del Evangelio.

Yo me encuentro fascinado por este país y cada vez que tengo la oportunidad de conocer más sobre la cultura congolés quedó asombrado. Y es ahí, en donde más claramente puedo ver la obra de Dios en mi vida. Él que todo lo conoce y no se cansa de sorprendernos. Durante el tiempo que he vivido aquí, aparte de aprender los idiomas, también he reflexionado más detalle el pasar de Dios por mi vida. Y créanme, mis estimados lectores. Dios vive. Él está presente. Él está con nosotros.

Actualmente en nuestra casa de formación de Kinshasa, somos 26 jóvenes de dieciséis nacionalidades diferentes; viviendo verdaderamente la sinodalidad y la esperanza de una iglesia joven, la cual camina no solamente al sacramento del sacerdocio; sino a una consagración definitiva a la misión. Con los pies en la tierra, con nuestros ojos y manos en los más pobres y abandonados, y nuestro corazón en la cruz; dispuestos a continuar anunciando la buena nueva del Evangelio, con santidad y capacidad al ejemplo de Comboni. Es por eso mis estimados lectores que continuó animándolos a no desfallecer en la oración por el aumento de las vocaciones misioneras; a seguir aportando desde lo que podemos, nuestro granito para el sostenimiento de la formación y sobre todo a no dudar en animar a otros jóvenes a donar su vida; porque la misión vale la pena, no te quita nada, al contrarío te lo da todo. Dios siempre te sorprende.

Raúl Prieto Gómez, misionero comboniano colombiano