Por primera vez, un grupo de mujeres beduinas palestinas se encontró frente a tantos hombres que no eran de su familia ni compartían su idioma, su fe o su tierra. Todo parecía separarlas... y, sin embargo, algo invisible y profundo las unió. En la humilde cabaña de chapas y zinc —convertida en sala de reuniones y corazón de la aldea beduina de Abu Nawar—, se prepararon con cuidado para el tan esperado momento.

— ¡Son de la Iglesia! —les dijimos—. Vienen como peregrinos de paz.

Y ellas, con una mezcla de timidez y dignidad, abrieron su casa y su corazón para acoger a más de treinta obispos y otras personas de las diócesis de Lombardía, en Italia, que llegaron a esta tierra herida y sagrada «en peregrinación de paz y esperanza universal, para expresar solidaridad, cercanía y apoyo a las comunidades atravesadas por conflictos y tensiones».

Los aromas del café recién hecho y del té de hierbas se mezclaban con el aire caliente del desierto. Jamila, la anfitriona, organizaba pacientemente a las vecinas: cada una traía el café preparado en su propia casa, como si con cada taza ofreciera una bendición. Los aromas del café recién hecho y del té de hierbas se mezclaban con el aire caliente del desierto. Jamila, la anfitriona, organizaba pacientemente a las vecinas: cada una traía el café preparado en su propia casa, como si, con cada taza, ofreciera una bendición.

Por primera vez, como concesión a la tradición, las mujeres se dejaron ver, compartiendo el mismo espacio con hombres desconocidos. Con manos firmes y miradas suaves, mostraron sus bordados tradicionales: hilos de colores que cuentan su historia, su resistencia, su belleza.

Son unas veinticinco mujeres —abuelas, madres, jóvenes— unidas por el deseo de preservar el arte de sus antepasadas y tejer con sus propias manos un futuro más digno. Tras semanas de aprendizaje, algunas recibieron ese día su primer pago.

«Es el primer dinero que gano con mi propio trabajo. ¡Me siento tan feliz!», dice Rimal, con los ojos brillantes. «Soñaba con ser enfermera, pero tuve que abandonar la escuela. Caminábamos horas para llegar, a veces sin comer. Desde la guerra, todo se detuvo... Pero sigo soñando. Me encanta el inglés y quiero escribir un libro. ¡Tengo tantas historias que contar!».

La pequeña sala comunitaria se llenó de risas, miradas y gratitud. Las mujeres obsequiaron a cada obispo con una sencilla tarjeta de Navidad, hecha por otras beduinas que no pudieron estar presentes.

—¿Qué están cantando? —preguntó Naufa con curiosidad al oír a los obispos entonar O sole mio.

—¡Qué bonito... Que vuelvan otra vez! —repetía emocionada.

Al final, el silencio descendió como un manto. Los obispos, guiados por el arzobispo, levantaron las manos para bendecir. Y bajo el inmenso cielo del desierto, se sintió la presencia de Dios cerca, envolviendo a todos y todas —cristianos, musulmanes, creyentes y buscadores— en un mismo abrazo.

En medio de la pobreza y la incertidumbre, donde tantas fronteras dividen, las mujeres beduinas tejieron, con su hospitalidad, una pequeña profecía:

  • que, incluso en la tierra árida, llena de conflictos y dolor, la vida florece;
  • que, incluso en la hostilidad, la paz puede nacer;
  • que Dios, el Único, de todos y todas, sigue infundiendo su aliento de vida en este desierto, tejiendo entre nosotros y con nosotros Hilos de Paz.

Hermana Cecilia Sierra
Misionera comboniana en el desierto de Judea