La liebre y el león

El rey de la selva había establecido su morada cerca del río.
Todos los animales que iban a beber tenían que pasar ante su guarida y el león no dejaba nunca de elegir sus víctimas entre los miembros de la gran familia de la selva.
No había ninguna otra corriente de agua en toda la zona, lo que aumentaba la inquietud de los animales. Así que se reunieron en una gran asamblea, presidida por la liebre.
-Queridos amigos -les dijo-, el comportamiento de nuestro rey nos afecta mucho a todos. Voy a proponeros que le hagamos una jugarreta. Tened confianza y dejadme actuar a mí.
Un día, la liebre se acercó a la guarida del león y se puso a gritar:
-¡Qué viento, sí, que ventarrón! Un violento huracán se acerca y llegará en unos momentos. Se aconseja que todo el mundo se ate sólidamente a un árbol.
-¿Qué es lo que pasa?- preguntó el león asustado.
-Se aproxima un vendaval que se lo llevará todo por delante.
Mientras hablaba, la liebre no paraba de recoger fibras.
-¿Qué quieres hacer con esas fibras? -preguntó el león.
-Me voy a atar a este árbol para que no se me lleve el viento.
-Ven -dijo el león-, ven primero a atarme a mí. Yo soy mucho más pesado que tú.
La liebre tuvo buen cuidado de amarrar fuerte y seguramente a su enemigo al árbol. Cuando hubo terminado dijo:
-A ver, amigo, comprueba que estás bien sujeto y que el viento no podrá arrastrarte.
Después de haber comprobado que todo marchaba como había proyectado, la liebre llamó a todos sus compañeros de la selva:
-¡Bajad a beber al río, nuestro enemigo está preso!
Y todos los animales desfilaron por delante del león para ir a beber. A la cabeza de todos ellos marchaba la liebre cantando:
-¡Yo he atado al león!
Y los animales a coro le respondían:
-¡Más vale maña que fuerza!
El león estuvo allí tres días, sin comer ni beber. Por delante de él pasó una caravana de termitas.
-¡Salvadme! -les pidió.
La súplica del león impresionó a las termitas, que se pusieron a trabajar. Poco tiempo después habían roído las fibras y liberado al rey de la espesura, que se apresuró a llegarse hasta el río para saciar su sed. Volvió enseguida y se colocó bajo "su árbol" para esperar el paso de los animales.
Cuando llegó la hora en que todos ellos bajaban a beber, el león se lanzó sobre ellos. Pisó a la liebre, que se puso a lamentarse a gritos:
-¡Todo ha terminado para mí! ¡Me has roto una pata! ¡Persigue a los otros y ya volverás luego a recoger mi cadáver!
El león cayó en la trampa y continuó la caza. La liebre se aprovechó de su ausencia para alejarse del lugar corriendo... como una liebre.