Fabulas

La tortuga escultora

Érase una vez, en un bosque del África Central, vivía una tortuga muy guarra, tanto que se duchaba sólo cuando le salpicaba una gota del agua que bebía en la cara, o, simplemente, cuando se mojaba con la lluvia. Aquel día, tan harto de que su mujer no le dejara tocarla ni subirse a su cama por ser tan guarro, decidió hacerle caso, por lo cual pensó bajar al río aquella misma mañana para bañarse. En medio del camino que llevaba hacia el río se encontró con una gran sorpresa. Etugu Mechíni, para llegar a darse el esperado baño, tenía que saltar un gran tronco de olong que se había caído, bloqueando totalmente el paso. Después de mucho tiempo intentando saltar el tronco, decidió regresar al pueblo en busca de ayuda, pero se encontró con el problema de que en el pueblo no quedaba nadie, todos se habían ido a trabajar en sus fincas y demás tareas. Se metió en su casa y cogió un hacha para cortar el solo el tronco de olong. Etugu Mechíni se lio a golpes contra aquel gran tronco. Llevaba un buen rato dale que te pego cuando empezó a escuchar voces de un grupo de personas que se acercaban hacia él. Para no ser observado, se escondió detrás de las grandes raíces de chico árbol. Antes de saltar en gran tronco, uno del grupo comentó: 

-  Vaya, este árbol se acaba de caer, pasé por aquí ayer por la mañana y todavía no se había caído.— Comentó el primero.

-  Bueno, menos mal que no hizo nada de daño a nadie. Se debió caer por la tormenta de esta madrugada.— Dijo el segundo.

-  El caso es que se trata del olong, y es muy útil para hacer buena artesanía.—Volvió a comentar el primero.

-  Sí, precisamente veo que, alguien está intentando esculpir… creo que es un nkú, pero… — Dijo el otro.

Después de estos breves comentarios, el grupo de personas, siguió su camino hacia el río. Etugu Mechíni, tan astuto como siempre, tomó buena nota. Acababa de enterarse del nombre del árbol y lo que se podía hacer con el tronco, cuando él sólo intentaba cortarlo para abrirse camino. Así que cuando se alejó aquel grupo de personas, Etugu, siguió dándole perfil a su nueva obra. Al rato se oyó de nuevo  las voces de otro grupo acercarse. Etugu volvió a esconderse. Éstos, al llegar al tronco de olong, dijeron:

- Miren, un artista haciendo o intentando hacer un nkú… — Dijo uno.

- Ya… pero tiene que ser algo más corto. El olong es bueno para el instrumento nkú, pero al pesar tanto es mejor que sea algo más corto.— Dijo otro.

-  Me encanta su sonido como tambor de llamada. Además, será muy hondo y eso le dará un sonido muy grave.— Dijo el primero.

El grupito de personas que acababa de pasar, le dio a Etugu aún más opciones e ideas para elaborar su obra. Y así, durante toda la jornada, y en tiempo record, Etugu Mechíni fue ayudado y asesorado por todas aquellas personas que desfilaron hacia el río; y a última hora de la tarde Etugu tenía acabado su nkú. Una semana después, coincidiendo que en la casa de la cultura del pueblo, se organizaba un concurso, Etugu Mechíni ganó el premio a la mejor obra de arte del año. “ES PROPIO DEL SABIO ESCUCHAR, RECTIFICAR Y DEJARSE ASESORAR”. 


La cobra

Érase una vez, en una aldea de África Central, vivía un hombre llamado Alú. El señor Alú estaba obsesionado con probar la carne de serpiente. 
- Deja ya de hablarme de la carne de serpiente. Que si te han contado, que si te han dicho. Ya me aburres con esa cantinela. — Le dijo su esposa.
-  Papá siempre habla de lo mismo. Espero que algún día la pruebes y nos digas que tal está. — Le dijeron sus hijos. 
- Vale, lo siento. Intentaré cambiar de tema en la mesa. — Dijo a su vez Alú. 
- Ya era hora, no sé si es que, lo que preparo no te gusta.— Comentó, ya algo molesta, su esposa. 
- No cariño, no es eso. Lo siento. — Respondió a su mujer. 
Pasados unos días, Alú y su mujer venían de regreso de la finca y se pararon un ratito a descansar en el tronco de árbol que había en la orilla del riachuelo. Alú, depositó su ebará, y la esposa, estaba colocando bien su nkuéñ, cuando de repente se oyó, un ruido por encima de sus cabezas. Dirigieron a la vez la vista hacia arriba y vieron caerse desde lo más alto de un árbol un bulto enrollado que, segundos después, caía a medio metros de los dos. Era una serpiente de unos dos metros. El animal giró la mirada hacia la pareja. Miraron al suelo y la señora, al darse cuenta de lo que se trataba, gritó 
- ¡Ñó!, ¡ñó!, ¡ñó!, ¡cuidado marido! ¡Ñó! 
- ¡Éeeeh! Gritó Alú, mientras salía zumbando del lugar, abandonando a su suerte a la esposa, a su ebará y al machete. — ¡Socorro!—Gritaba. 
La mujer de Alú, sin moverse del lugar, observó cómo se marchaba la serpiente por el lado opuesto al que había tomado su marido, que sin parar seguía gritando y corriendo. 
- Ja, ja, ja,… Vuelve cariño, vuelve. Ya se ha ido la serpiente. — Dijo la esposa de Alú.
- Menos mal ¡Que susto!— Respondió Alu. 
- Ja, ja, ja. Es increíble, nunca te había visto correr tanto, marido. — Comentó la mujer. 
- ¿Te da risa, verdad?— Le preguntó Alu a su mujer. 
- Claro que sí. Tanto hablar de comer ñó (serpiente), ahora que se te presentó la oportunidad sales huyendo. Ja, ja, ja.— Respondió la señora. 
- Vámonos de aquí, sigo asustado. Nunca había visto una serpiente tan grande. Era una nvam ñó (cobra). ¡Tenía alas en la mejillas!— Dijo a su mujer. 
Cuando llegaron a casa, ambos contaron a los hijos lo que les había ocurrido y, desde aquel momento, Alú comprendió que para comer una serpiente había primero que matarla. “Soñamos con satisfacer nuestros anhelos, deseos y vicios, pero cuando llega el momento de acción, huimos como cobardes”. 
Baron ya Bùk-Lu