Biblia y Misión

P. Eduardo de la Serna
Doctor en Teología

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Myriam (= María), la del desierto
Eduardo de la Serna

Antes de presentar a un personaje tan antiguo como Myriam es necesario recordar que en los textos bíblicos hay muchos autores, con diferentes perspectivas y diferentes tiempos de composición. Lo que nos digan, entonces, sobre una u otro personaje debe ser entendido en ese contexto. Una lectura superficial nos impide descubrir la riqueza que los diferentes autores (o autoras) quieren presentar.
Para empezar, Myriam es presentada al mismo nivel de Moisés y Aarón: “te liberé de la esclavitud, enviando por delante a Moisés, Aarón y María” (Mi 6:4). Ciertamente esto dice muchas cosas: no solo que María (= Myriam) es puesta nada menos que al mismo nivel de Aarón, sino también de Moisés. ¡Nada menos! Pero además, esto está dicho señalando un rol liberador de María, no es una “acompañante” de otros, es una “enviada” de Dios. Finalmente, esto alude a un momento concreto y fundacional de la historia del naciente pueblo judío, el desierto.
El libro de los Números presenta una serie de acontecimientos que la tienen por coprotagonista: se nos dice que Aarón y Myriam “murmuraron” contra Moisés. En realidad, las biblias suelen decir “murmuraron”, pero el texto en hebreo dice “murmuró” y está en femenino (Núm 12,1). Esto indica que la que ha protestado es María y, quizás, Aarón haya sido cómplice de esto. Así se comprende mejor la sanción que recae solamente sobre ella. Pero Aarón intercede por ella ante Moisés que a su vez pide ante Dios por su salud. El motivo de la murmuración no es claro porque si bien se dice que es a causa de una mujer cusita (= egipcia, de Kush) que Moisés tomó por esposa, lo que constituye la protesta (y la respuesta de Dios) es que Dios no sólo ha hablado por intermedio de Moisés, sino también de ella (ellos, Núm 12,2). La estrecha predilección de Dios por Moisés (causa, quizás, de los celos de la murmuración) queda expresada en 12,7-8: “con él – dice Dios – hablo boca a boca”, no en visiones o sueños como con los demás profetas (v.6). La ira de Dios hace que María quede blanca de lepra (es bueno recordar que en la antigüedad se tenía por “lepra” toda enfermedad de piel), de ahí la intercesión de Aarón y luego de Moisés. A modo de castigo “menor” quedará excluida del campamento siete días y luego puede regresar. A este acontecimiento hace alusión Dt 24,9 más tarde.
En la peregrinación rumbo a la tierra, al llegar a Cades, muere María y allí es enterrada (Núm 20,1). Es interesante notar que el pueblo entero no sigue su camino mientras María está excluida del campamento, y todo el pueblo se detiene cuando ella muere. Su importancia es evidentemente central, aunque los textos no lo expliciten (seguramente por ser mujer).
Pero otro texto muy importante (también breve) lo encontramos en Éxodo 15. El pueblo acaba de liberarse del faraón, su ejército y cruzar el mar y el pueblo canta el triunfo de Dios: “Canto a Yahvé que se cubrió de gloria arrojando al mar carro y caballo… mi fortaleza y mi canción… guerrero…”. Pero al finalizar este canto bélico, se introduce a María “la profetisa” (15,20) que comienza a cantar y bailar con una pandereta y la siguen “todas las mujeres” también danzando con panderetas. Y ella invita a todas y todos a cantar (“¡canten!” es en masculino) el triunfo de Dios. Pues “se cubrió de gloria arrojando al mar carro y caballo” (15,21).
La genealogía de Núm 26,59 (y 1 Cro 5,29) nos informa que María es hermana de Aarón y de Moisés (lo cual es contrastante con la idea de Ex 2,1-10 que todos los hijos varones de los judíos fueron matados salvándose solamente Moisés) lo que explica que los tres se encuentren juntos por momentos, más allá de la predilección divina por Moisés.
Es interesante, por un lado, notar el contexto sacerdotal. Los tres hermanos son de la tribu sacerdotal de Leví y los tres cumplen un rol dirigencial de liderazgo en la comunidad del desierto siendo Myriam la vocera de todas las mujeres (y varones) en un canto de alabanza al Dios liberador. Pero, además, los dos textos destacan que María habla de parte de Dios, se destaca que es profetisa. Y, aunque sus celos la hayan llevado a murmurar, el pueblo no sigue su marcha sin que ella esté en la comunidad del desierto, el futuro pueblo de Israel. Sin duda estamos ante una “matriarca” del Pueblo de Dios. 


Agar

Es muy poco lo que nos dicen los textos bíblicos sobre Agar (casi exclusivamente en Gen 16 y un poco en el cap. 21), pero si miramos con atención hay una serie de elementos muy interesantes a tener en cuenta.
De Agar se nos dice reiteradas veces que es “egipcia” (16,3; 21,9; 25,12) lo cual ya es muy significativo; Egipto era el lugar donde el pueblo, los hijos de Abraham, fueron “esclavos” (Ex 2,23; 6,7…), y de esclavitud se trata en este caso.
Pero – como es sabido – además de “extranjera” y “esclava”, Agar es “mujer”. Es decir, Agar “no interesa”, todos deciden por ella sin siquiera consultarla. De hecho, nadie le habla y ella no habla con nadie. Pero, sin embargo, tiene algo que su ama no tiene: fertilidad. Como hizo la primera mujer, Sara le entrega al varón un “fruto prohibido” que cuando “la escucha” (3,17), él “lo toma” (3,6). Pero todo en función de dar descendencia a Sara, la estéril.
Sin embargo, si bien se insiste en que es “egipcia” y “esclava” de Sara (16,1.2.3.5.6.8) también se dice que es “mujer” de Abraham (16,3), y en 21,10.12.13 se la califica con otro término hebreo que puede ser traducido por esclava (Ex 20,10), pero también por criada (30,3) o concubina (20,17). Pero, además, por ser descendencia de Abraham también se afirma que “multiplicará” Dios su familia (16,10) cosa que se dice de ella en primer lugar, y recién más tarde se dirá de Abraham (17,2) y de Isaac (26,4.24); será madre de una “multitud”.
Silenciosa, no tiene injerencia en nada y Sara la entrega y Abraham la toma por mujer (16,2) y cuando ella decide regresar del desierto a pesar de los maltratos de su ama, puesto que Dios le dice que “darás a luz un hijo al que llamarás Ismael” (16,11) finalmente no será ella sino Abraham quien ponga el nombre al niño (16,15). Por su parte, más adelante, será una esclava liberada, pero abandonada a su suerte en el desierto junto con su hijo. El rico Abraham (12,16; 13,2) le da para su sustento solo pan y un odre de agua lo cual parece bastante escaso para el desierto; de hecho, el agua se agotará y la muerte parece inminente. Es que Agar, además, es despedida sin alojamiento futuro. No parece importarle a sus amos.
Pero hay algo que no se señala fácilmente: si bien decimos que nadie le habla a Agar y ella no habla con nadie, esto no es estrictamente cierto: ¡Dios le habla y ella responde! No es la única ocasión en la que Dios no permanece insensible al sufrimiento (Dt 26,7); Agar llora a los gritos su muerte inminente y la de su hijo (21,16) y Dios “escucha” su angustia (21,17) como antes había “escuchado” la aflicción de la mujer ante los maltratos de Sara (16,11); precisamente “Ismael” significa “Dios escucha”, como de hecho se repite en 21,17: “escuchó Dios la voz del muchacho”. Pero no sólo “escucha” el grito de dolor, sino que además Dios dialoga con ella: “¿de dónde vienes y a dónde vas?” (16,8), “¿Qué te pasa, Agar?” (21,17), a Dios ella le importa. A este Dios que la tiene en cuenta, Agar le responde en ambas ocasiones, y recibe en ambas también ella una promesa: Israel “enfrente de todos plantará su carpa” (17,12), “he de convertirlo en una gran nación” (21,18).
Pero por si todo esto fuera poco, Agar “se atreve” a ponerle nombre a Dios: lo llama “él roí” (un término hebreo que significa “Dios que ve”), porque Dios la ha visto (cuando nadie la tenía en cuenta) y ella ha visto a Dios: “¡he visto detrás al que me ve!” (como Moisés más tarde también verá “las espaldas” de Dios, Ex 33,23). Ya sabemos que “dar el nombre” es reconocer una misión, una función, y acá encontramos a una esclava, despreciada que “se atreve” a ponerle un nombre nada menos que a Dios ya que él sí la ha tenido en cuenta. Dios es el que ve lo que otros se niegan a ver y a oír lo que otros no escuchan.

 


Felipe, uno de los Doce

El nombre Felipe es la castellanización del griego “Filippo”, y es un nombre muy habitual. Por ejemplo, es el nombre del papá de Alejandro Magno, de un hermano de Herodes, o de una ciudad, “Cesarea de Filipo”; pero en el grupo de los seguidores de Jesús hay dos “Felipes” que son importantes y a ellos dedicaremos este y el próximo trabajo.
Uno de los Doce seguidores de Jesús es Felipe. En los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y en Hechos de los Apóstoles lo encontramos nada más que en la lista de compañeros de Jesús que se nos dan (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13). Pero en el Evangelio de Juan ocupa un lugar más importante:1,44 nos dice que era de Betsaida, la misma ciudad de Pedro y Andrés. Es decir, una ciudad de pescadores al norte del lago de Genesaret. Aunque Jn 12,21 dice que la ciudad queda en Galilea, en realidad no pertenece propiamente a esta región, sino que es vecina. Jesús, seguramente por estos contactos, realizó algunos signos allí (Mc 8,22), pero no fue bien recibido (Lc 10,13).
La ciudad tiene una importante estructura proveniente del mundo griego, lo cual explica por qué unos “griegos” que van a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, buscan a Felipe y éste a Andrés. Seguramente el conocimiento del griego por parte de Felipe fue de utilidad para estos (Jn 12,20-22).
Cuando Jesús está por multiplicar los panes, para poner a prueba a Felipe le pregunta “¿dónde vamos a comprar panes para toda esta gente?” (6,5-7). Felipe, que como es frecuente en el Evangelio de Juan, no entiende a Jesús, afirma que haría falta muchísimo dinero (unos 200 jornales) para que todos al menos coman un poco. Lo que Jesús iba a realizar, más que un “milagro” era un signo que los que tienen una mirada abierta pueden reconocer: Jesús es un profeta (Eliseo había multiplicado, como Jesús panes de cebada, 2 Re 4,42-44) como se ve en 6,14. Después Jesús todavía profundizará más y les dirá “yo soy el pan vivo” (6,51).
En el largo discurso de despedida, Jesús afirma que se irá y Tomás pregunta por el camino (14,5), Jesús – que siempre está revelando a su auditorio quién es él (como se vio en el párrafo anterior) afirma que él es el Camino hacia el Padre y “nadie va al Padre sino por mi” (14,6). Aquí interviene Felipe pidiéndole a Jesús que nos “muestre al Padre”. Evidentemente no ha entendido lo que ha vivido con Jesús hasta ahora: la unión entre Jesús y el Padre es total, tanta que “quién me ha visto a mí, ha visto al Padre” (14,9). La unidad entre Jesús y el Padre se manifiesta en las palabras (14,10) y en los hechos (10,25.38; 14,11) de modo que todo lo que Jesús ha dicho y hecho hasta ese momento, manifiesta a su Padre (ver 17,21).
Esto es lo que Felipe no ha comprendido. Como se ve, el Evangelio de Juan nos muestra a Felipe como uno que no comprende cabalmente. Pero no hay que entender esto negativamente; es razonable no comprender a Jesús hasta que él no se revele. Y eso es también lo que hace el Evangelio: Jesús es el pan, Jesús es el camino, y con la llegada de los griegos llega la hora de manifestar la gloria de Jesús a todos. De hecho, Felipe permaneció unido en el grupo de los Doce, como se ve en las listas de los Doce que mencionamos. Es interesante que un tiempo después, algunos cristianos sectarios rescataron la figura de Felipe y compusieron obras en su nombre (un “Evangelio”, y unos “Hechos”), que no están en los libros que en la Iglesia se consideran “palabra de Dios” aunque tengan cosas pintorescas. Felipe es un caso típico de los muchos que queremos seguir a Jesús, pero que seguramente no entendemos (o no entendemos demasiado) y necesitamos que él mismo nos ayude a ver y conocerlo. De eso se trata ser discípulos.