Huellas


Dra. Consuelo Vélez C.
Universidad Javeriana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacia el Sínodo Amazónico: Nuevos caminos para la iglesia

y para la ecología integral

 

Hace 4 años el papa Francisco publicó la Encíclica “Laudato si”, sobre “el cuidado de la casa común” porque la conciencia ecológica ha crecido en las últimas décadas y es parte del compromiso cristiano cuidar la creación que Dios hizo y que hemos explotado irracionalmente, al punto de estar hoy a puertas de un verdadero desastre ambiental que no solo nos afecta a nosotros, sino que afectará a las generaciones futuras.
En esa encíclica, refiriéndose a la Amazonía, el Papa afirmó: “Mencionemos, por ejemplo, esos pulmones del planeta repletos de biodiversidad que son la Amazonia y la cuenca fluvial del Congo (…). Pero cuando esas selvas son quemadas o arrasadas para desarrollar cultivos, en pocos años se pierden innumerables especies, cuando no se convierten en áridos desiertos. Sin embargo, un delicado equilibrio se impone a la hora de hablar sobre estos lugares, porque tampoco se pueden ignorar los enormes intereses económicos internacionales que, bajo el pretexto de cuidarlos, pueden atentar contra las soberanías nacionales. De hecho, existen ‘propuestas de internalización de la Amazonia, que sólo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales’” (LS 38).
Con estas preocupaciones de fondo, el papa convocó el Sínodo para la Amazonía en 2017 y desde entonces se ha ido preparando de diversos modos para realizarlo el próximo mes de octubre. El objetivo principal es “identificar nuevos caminos para la evangelización de esa porción del Pueblo de Dios, especialmente de los indígenas, frecuentemente olvidados y sin la perspectiva de un futuro sereno, también como resultado de la crisis de los bosques amazónicos, pulmón de capital importancia para nuestro planeta”.
La preparación del sínodo comenzó con el “Documento preparatorio” aprobado en 2018. Siguieron diversas reuniones y encuentros en los que se consultó a muchas personas de esas regiones amazónicas para recoger sus preocupaciones y lo que piden a la Iglesia ante la realidad que viven. En el pasado mes de Mayo se aprobó el “Documento de trabajo” (Instrumentum laboris) y se espera que éste sea la hoja de ruta para la realización del Sínodo. Queda por desear que las conclusiones del mismo puedan abrir nuevos caminos a la Iglesia y una verdadera conversión ecológica de todo el Pueblo de Dios.
Ahora bien, como expresaba Mauricio López, Secretario Ejecutivo de la Red Eclesial Panamazónica -REMPAM- (organismo que ha liderado la preparación del Sínodo) en este sínodo se juegan varias tensiones: (1) es un sínodo local, sobre un territorio concreto, pero afecta a toda la iglesia universal; (2) es un sínodo temporal porque responde a la urgencia de la crisis ecológica que estamos viviendo pero está llamado a ser un tiempo de gracia (un kairós) que abra nuevos caminos eclesiales y (3) es un Sínodo que se realiza en tiempos de reforma de la Iglesia -según el querer del Papa Francisco- en el que se han de conjugar la especificidad de un sínodo (reunión de obispos) con la urgencia de escuchar a todo el pueblo de Dios, especialmente, a los indígenas que aún hoy necesitan ganar mucho de ciudadanía eclesial y de protagonismo en sus propias iglesias locales y en la iglesia universal.
El documento preparatorio denuncia la grave crisis que vive la Amazonía: “en la selva amazónica, de vital importancia para el planeta, se desencadenó una profunda crisis por causa de una prolongada intervención humana donde predomina una ‘cultura del descarte’ (LS 16) y una mentalidad extractivista”. Precisamente esa situación tan difícil se vive en esa región tan rica en biodiversidad, multiétnica, pluri-cultural y pluri-religiosa. Por eso son inaplazables cambios estructurales y personales de todas las personas, de todos los estados y, por supuesto, de la Iglesia.
Continua el documento diciendo que se propone “escuchar a los pueblos indígenas y a todas las comunidades que viven en la Amazonía”. Ellos han de ser los primeros interlocutores porque son ellos quienes pueden responder cómo imaginan su ‘futuro sereno’ y el ‘buen vivir’ de las futuras generaciones y cómo se puede colaborar en la construcción de un mundo que debe romper con las estructuras que quitan la vida y con las mentalidades de colonización para construir redes de solidaridad e interculturalidad. Pero lo más urgente -para la misma iglesia- es entender cuál es su misión particular ante esa realidad.
Por su parte, el Instrumentum laboris , que tuvo como insumo las sistematizaciones de todas las aportaciones que se hicieron en las reuniones y encuentros que se dieron a lo largo de estos años, afronta tres grandes temas: (1) la voz de la Amazonía entendida como escucha de ese territorio (2) la ecología integral y (3) la iglesia con rostro amazónico. Este documento será trabajado principalmente por los obispos de la Amazonía, asistentes al sínodo, pero también por todas las conferencias episcopales y el mayor número de miembros del Pueblo de Dios que se interesen por acompañar esta experiencia sinodal.
Involucrémonos, por tanto, en este momento tan importante para la Amazonía pero también para la iglesia. De sus conclusiones puede depender que los cristianos nos responsabilicemos definitivamente de la “casa común” que compartimos. Pero también que visibilicemos a nuestros hermanos y hermanas indígenas, pobres entre los pobres, y, al mismo tiempo, depositarios de una sabiduría ancestral y de un sentido comunitario que tanta falta hace en muchas instancias eclesiales.  Ojalá que la iglesia sea capaz de hacerse “todo a todos” -como decía Pablo (1 Cor 9,22), es decir, hacerse con “rostro amazónico”, tal y como se pedía en el documento preparatorio: “Además, también quisiéramos que los pueblos de la Amazonía, ayuden a sus obispos, misioneros y misioneras, para que se hagan uno con ustedes, y de esa manera dialogando entre todos, puedan plasmar una iglesia con rostro amazónico y una iglesia con rostro indígena”.  Esa diversidad será riqueza inigualable para la iglesia y posibilidad de nuevos caminos tan necesarios para su reforma.


El Papa a la Iglesia de Chile: “Que El crezca y yo disminuya”

Los acontecimientos vividos por la Iglesia de Chile no nos pueden ser ajenos. El sufrimiento que se ha vivido allí es sufrimiento de toda la Iglesia. Y la conversión necesaria que se necesita en la iglesia chilena, es conversión para toda la iglesia.

Recordemos brevemente los hechos que sucedieron. Cuando el Papa viajo a Chile en enero de este año le preguntaron sobre el obispo Juan Barros a quien lo acusan de encubrir los abusos sexuales contra menores cometidos por el sacerdote Fernando Karadima. El Papa respondió que eso eran “calumnias” y que hasta que no le llevaran pruebas no haría nada. Las víctimas quedaron muy dolidas por esas declaraciones del Papa porque previamente en uno de sus discursos había expresado que sentía dolor y vergüenza por lo sucedido en ese aspecto pero, con esas palabras, parecía que no iba a hacer nada y así su pedido de perdón no guardaba ninguna coherencia.

Pero el papa no se hizo sordo a este reclamo de las víctimas y reconoció haber cometido “graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Pidió perdón a las víctimas y decidió mandar al arzobispo Charles Scicluna a Chile para que se entrevistara con las víctimas y escuchara las denuncias contra el obispo Barros. Una vez se terminó esa visita y el Papa recibió los resultados, convocó a todo el Episcopado Chileno a reunirse con Él en Roma.  Esa reunión tuvo lugar el pasado 15 de mayo y allí el Papa les leyó un documento que les pidió meditar durante su estadía en Roma para, a la luz de esas reflexiones, tomar las medidas pertinentes. En el momento de escribir esta reflexión lo que sabemos es que todos los obispos presentaron su renuncia al Papa para que, con libertad, tomara las decisiones más adecuadas de aceptar la renuncia o ratificarlos en su cargo en el esfuerzo de reparar todo el daño causado y devolver el vigor y autenticidad que la iglesia chilena nunca debió perder en la persona de sus ministros. (Tal vez cuando esto se publique ya se hayan tomado decisiones).

Pero lo que interesa reflexionar aquí son algunos apartes de ese documento porque a todos nos conviene meditarlos y vivirlos. El papa sitúa sus palabras en la cita de Jn 3,30 en la que Juan el Bautista dice “Es necesario que Él crezca y yo disminuya”.  La iglesia de Chile y la Iglesia universal ha de reconocer que por su organización institucional, el poder adquirido socialmente y su influencia en muchos espacios, puede olvidarse de que ella no ha de vivir para sí misma sino para anunciar a Jesucristo. Él es quien tiene que ser el centro, la razón y fin de toda la actividad de la Iglesia. Solo entonces, cuando no tema perder su prestigio puede sentirse libre para tener una voz profética que anuncie a Jesucristo y lo testimonie verdaderamente.

Francisco les invitó a ser una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro y por eso es capaz de “promover una acción evangelizadora que mira al Maestro”, “de hacer fiesta por la alegría que el evangelio provoca”, “de engendrar en la santidad a un hombre que supo proclamar con su vida que a Dios se le encuentra en los más pobres (refiriéndose al chileno San Alberto Hurtado)”,  “de generar espacios que acompañen y defiendan la vida de los diferentes pueblos, reconociendo la riqueza multicultural y étnica”, “de confesar que en nuestra historia ha habido injusticia, mentira, odio, culpa, indiferencia y por eso se ha de ser sincero, humilde y decir al Señor ¡Hemos pecado contra ti! (recogía las palabras del Cardenal Silva Henriquez en su homilía al terminar el año santo en Chile, 1974). Sintetizaba estos rasgos de una iglesia profética con lo que él mismo escribió en su Exhortación Gaudete et Exultate 6-9, recordando a Edith Stein de que la invitación más grande y fecundamente vital nace de la confianza y convicción de que “en la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos” que cambian la historia aunque permanezcan invisibles muchas veces.

La segunda parte de la carta se centró en el “que yo disminuya” de la cita de Juan porque el Papa lo afirmó con todas las letras: la iglesia “dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma. Concentró en sí la atención y perdió la memoria de su origen y misión”. Una de estas consecuencias ha sido la realidad de los abusos sexuales pero podríamos decir que todas las otras realidades negativas que enfrenta la iglesia, son fruto de lo mismo. Allí donde no está Cristo la iglesia se aferra al poder, al honor o al tener y deja su misión verdadera.

El Papa concluye su carta señalando la urgencia de generar dinámicas eclesiales en consonancia con el Evangelio, evitar todo tipo de mesianismo que la haga creer que es la única intérprete de la voluntad de Dios olvidando que “la conciencia es el núcleo más secreto y sagrario del ser humano”. El Papa remarca una y otra vez la centralidad del bautismo que nos hace a todos miembros del Pueblo de Dios donde no pueden darse elitismos ni clericalismos. Lo único importante es el servicio al Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, en el enfermo, en el abusado…”. Esta Iglesia servidora es la que puede dar testimonio de que su centro es el Señor y su misericordia su inaplazable tarea.

Pidamos por la Iglesia chilena pero también por la nuestra y por toda la iglesia universal. Toda ella necesita conversión para avivar su carácter profético y cumplir su verdadera misión en el mundo.


Los jóvenes "le cantan la taba a la Iglesia"

Con este titular, el pasado 28 de marzo, el periódico El Tiempo se refería al “Pre-sínodo sobre los jóvenes” que se llevó a cabo del 18 al 24 de marzo en Roma como preparación al “Sínodo sobre ‘Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional’” que tendrá lugar en el mes de octubre. Los sínodos son reuniones de Obispos que tratan diferentes temas con el objetivo de responder a los desafíos que las nuevas realidades presentan.
Los jóvenes son uno de los desafíos actuales de la Iglesia católica porque cada vez son menos los que participan en ella y, sin jóvenes, no hay futuro para la Iglesia y de eso hemos de ser conscientes. En el Pre-sínodo se congregaron 300 jóvenes de muchas partes del mundo, además de unos 15.000  conectados vía redes sociales. El encuentro comenzó con las palabas que el Papa les dirigió a los jóvenes invitándolos a “hablar con coraje, a decir todo lo que sintieran, a no temer equivocarse”. Reconoció que la cultura actual alaba a los jóvenes pero impide que sean protagonistas y por eso esa reunión quería ser un espacio para escucharlos. Francisco afirmó que la Iglesia necesita descubrir caminos nuevos para responder al objetivo del Sínodo: “Acompañar a los jóvenes hacia la madurez de manera que, a través de un proceso de discernimiento, puedan descubrir su proyecto de vida y participar activamente en la edificación de la Iglesia y la sociedad”. Los jóvenes –les dijo Francisco- han de atreverse a abrir caminos nuevos, así impliquen riesgos porque una persona que no se arriesga, no crece, no madura y lo mismo pasa con las instituciones.
El llamado que el Papa hizo desde el inicio de su pontificado cobró especial fuerza en sus palabras: se envejece porque “se tiene miedo de salir, de ir a las periferias existencias de la vida, de ir a donde se juega el futuro”. La Iglesia necesita a los jóvenes porque son ellos los que la ayudan a salir de la lógica del “siempre fue así”. Esto no quiere decir, aclaró el Papa, abandonar las raíces de lo más genuino de la tradición cristiana porque sin las raíces no hay paso nuevo que se sostenga.  En esta dinámica de mantener la tensión entre la tradición y lo nuevo, el Papa se refirió a un pasaje del profeta Joel: “los ancianos soñarán y los jóvenes profetizarán” (3,1).
La iglesia necesita de jóvenes profetas pero esto será posible en la medida que no se dejen de lado los sueños de los ancianos. El Papa terminó su discurso invitando a los jóvenes a un diálogo intenso, a que se expresaran con franqueza y con toda libertad, con “descaro” porque han de ser los protagonistas del Sínodo y es importante que hablen abiertamente. Y el Papa les prometió: “su contribución será tomada en serio”. En efecto, los jóvenes se expresaron como el Papa les pidió. Así se puede ver en el “Documento final” que consignó sus peticiones a la iglesia y que se ofrecerá como insumo para los obispos participantes del Sínodo de octubre.
Los jóvenes necesitan encontrar modelos atractivos, coherentes y auténticos. Quieren explicaciones racionales y críticas para los asuntos complejos porque las respuestas simples no les satisfacen. Que se hable con claridad y sin tabú sobre temas actuales: la sexualidad, los matrimonios fracasados, el feminicidio, la corrupción, la violencia, las cuestiones de género, etc. Un tema muy importante fue la pregunta por la participación de la mujer en la Iglesia, tanto laica como consagrada. Se pidió que se favorezca su presencia efectiva y se aborde esa problemática con discusiones concretas y apertura de mente a las diferentes ideas y experiencias.
En el mundo globalizado e interreligioso en el que hoy viven los jóvenes, necesitan encontrar una iglesia que establezca el diálogo pacífico y constructivo con otras creencias y tradiciones. De cara al futuro, los jóvenes necesitan encontrar una iglesia que les ayude a discernir su vocación. Con respecto a la tecnología, los jóvenes ven sus potencialidades y sus peligros. En ese sentido quieren una iglesia capaz de comprender la tecnología para ayudarles en el discernimiento sobre su uso y, a la vez, capaz de emplearla para la evangelización.
No se puede olvidar que los escándalos atribuidos a la iglesia merman la confianza de los jóvenes en ella. De ahí la urgencia de coherencia y testimonio. Quieren sentirla más como comunidad que como institución. Que sea auténtica y “especialmente la jerarquía de la Iglesia debe ser una comunidad transparente, acogedora, honesta, atractiva, comunicativa, asequible, alegre e interactiva”. La iglesia no ha de tener miedo de mostrarse vulnerable y debe admitir sus errores presentes y pasados. Debe fortalecer su posición de no tolerancia hacia los abusos sexuales. Ser una iglesia en diálogo con la ciencia y comprometida con lo ambiental; más empática y en salida hacia quienes están en la periferia, los perseguidos y los pobres. Una iglesia atractiva es una iglesia relacional.
En fin, muchos otros aspectos abordaron los jóvenes -todos ellos muy importantes- para que los obispos tengan presentes en el Sínodo y den una respuesta efectiva. Desde ahora es necesario rezar para que realmente los padres sinodales escuchen esas voces y ofrezcan caminos nuevos que respondan a la sed de Dios que tienen los jóvenes pero que no siempre pueden saciarla en la institución eclesial.
Será muy importante lo que el Sínodo defina. Pero es igual de importante nuestro compromiso actual con esa preocupación. Dios llama a los jóvenes pero hay que mostrarles la significatividad de ese llamado para su vida.
De nuestra manera de pensar y actuar sobre ellos también depende un cambio efectivo en la iglesia (porque todos somos iglesia, no solo los obispos reunidos en el Sínodo), un cambio que les haga sentir a ellos también iglesia, con el protagonismo que reclaman y toda la fuerza juvenil que albergan. Soñemos, por tanto, con una iglesia joven para que este sueño, los jóvenes lo hagan realidad.