Mons. Alejandro Labaka

Mons. Alejandro Labaka, mártir  en la Amazonia ecuatoriana
La vida del martirio, que tantas veces pensamos solo es de épocas pasadas, se presenta también modernamente y de formas muy disímiles. En una de esas realidades murió monseñor Alejandro Labaka, obispo vasco de la congregación de los capuchinos, que desarrollaba su ministerio en la Prefectura Apostólica de Aguarico, en la Amazonia ecuatoriana. Estuvo sirviendo con diferentes acciones a los pueblos originales de los huaorani, sionas, secoyas, cofanes, quichuas y shuaras. Durante los 22 años que pasó en la Amazonia ecuatoriana, realizo el trabajo misionero de evangelización desde una perspectiva de compartir, no imponer, de reconocer y defender los derechos de las minorías étnicas y de su territorio, lo que le permitió convivir con los huaoranis.

El 21 de julio de 1987 viajó con la hermana Inés Arango, religiosa de origen colombiano, a la provincia de Orellana al encuentro con la comunidad Tagaeri, perteneciente al tronco cultural huaorani, que en ese momento se veía amenazada por los intereses de empresas petroleras. Un helicóptero los llevo al lugar cercano al punto de encuentro y se alejó. Al día siguiente en un sobrevuelo, observaron al obispo y a la religiosa muertos, atravesados por las lanzas de una comunidad que buscaba mantener su modo de vida, su territorio y su autonomía.
Más allá de las razones que pudiera tener esa comunidad indígena para su acción, esa tragedia fue el resultado del enfrentamiento de los intereses empresariales y políticos  de la explotación de petróleo y al despojo de las tierras de los pueblos ancestrales de la Amazonia.
Monseñor Labaka fue un sacerdote del Concilio Vaticano II y de las propuestas y acciones posconciliares. Inició su trabajo misionero en la China, donde permaneció 6 años en los tiempos de la posguerra mundial y del régimen maoista que combatía la presencia de la Iglesia Católica y por consiguiente de sus representantes. De allí viaja al Ecuador, donde dedicó algo más de dos décadas de su vida al servicio de los pueblos ancestrales y minorías étnicas, algunas de las cuales decidieron vivir aisladas de la propuesta occidental de  vida que se desarrollaba en el resto de Ecuador. Ese separarse de lo que se considera civilizado, también está aceptado por un estado social de derecho, pluricultural y multiétnico que reconoce las distintas etnias, su cultura y sus lenguas.
Estas realidades de luchas territoriales, de  explotación legal e ilegal de los recursos minero-energéticocos, soportan la economía global que basa su riqueza y crecimiento en la rentabilidad económica y financiera; no reconoce límites en sus procesos y métodos de explotación a través de empresas globales que tienen un mayor poder económico que los mismos países a donde llegan.
El padre Alejandro y la hermana Inés llegaron en un momento muy particular de esas luchas entre las comunidades y las multinacionales, convirtiendo su martirio en un dato periodístico y en un eslabón más de la cadena siempre creciente de victimas del poder financiero del mundo frente a la Palabra, a la vida de servicio, al respeto por la dignidad de las personas en su diferencia y a la naturaleza que nos permite existir. Aún no se ha dicho la última palabra frente a la idea occidental del uso y del abuso de las personas y de la biósfera, lo cierto es que la ruina generalizada del planeta tiene mucho que ver con las acciones del capitalismo y del martirio de tantos creyentes que se enfrentan a su supuesto ilimitado poder.
Monseñor Labaka inició su vida religiosa a los 17 años, en la lejana España que le vio nacer un 19 de abril de 1920, muriendo en América a los 67 años. Una vida en el servicio y en las luchas por la libertad, la dignidad y el reconocernos todos como hijos de un mismo Dios, aún en las diferencias culturales, sociales y geográficas que nos hacen ricos como la vida misma.

Carlos Cantor