P. Álvaro Ulcue Chocué

 P. Álvaro Ulcue Chocué
El P. Álvaro dio su vida por su pueblo indígena, los Páez (del cauca, Colombia), y por los demás fieles en el seguimiento de Jesús, que ofreció su vida por la humanidad.
Por P. Rafael Savoia (basado en “La utopía mueve las montañas”de Francisco Beltrán).

Álvaro Ulcue nació en Pueblo Nuevo, en el municipio de Caldono, en el Departamento del Cauca (Colombia), el 6 de julio de 1943.Creció en una familia de mucha fe y muy arraigada en las tradiciones indígenas. El papá, José Domingo Ulcué Yajué, era catequista y hombre de oración, recto y honesto. La madre, María Soledad Chocue Peña. Don José Domingo aceptó la vocación sacerdotal del hijo siempre que mantuviera estrecha relación con los indígenas, los pobres y los últimos. Decía Álvaro: “Mi familia es humilde, pero eso me honra” y “Jesús llegó al mundo pobre como un indígena. Él encontró paja y animales y el indígena hojas secas de plátano y perritos”.
Cursó la primaria en su pueblo, en la escuela de las Misioneras Lauritas, terminándola en Guadarrama (Antioquia) siempre con las mismas Hermanas. En el seminario de los Redentoristas en Popayán, se mantuvo fiel a los consejos recibidos en su pueblo y abrió sus horizontes a la realidad de los pueblos indígenas y al continente americano. Pero tuvo que retirarse por motivos económicos y fue a trabajar como maestro. Con el apoyo de las Misioneras Lauritas y del obispo,  ingresó más tarde al seminario diocesano.  Terminó la carrera de filosofía y teología en 1973, año de su ordenación sacerdotal (10 de junio).  Celebró la primera misa en la plaza de Pueblo Nuevo. En la estampita de recuerdo estaba escrito: “El Señor  me llamó de entre mis hermanos los Paeces para constituirme en favor de ellos en todo lo que se refiere a Dios”. Además decía : “Soy sacerdote y seguiré siendo indio. Mi gente espera mucho de mi”
Lo admiraban por su entereza y compromiso con Dios en la oración, con los compañeros y en el estudio. Supo conciliar,  sin dificultades, su ser indígena con el de sacerdote, ganándose el respeto de compañeros y superiores.
En los primeros años fue coadjutor del sacerdote afrocolombiano Ramón Rodríguez, en Santander de Quilichao. Enalteció los valores de su gente, dando y suscitando confianza en sus propias energías y especialmente insistió en la organización, la necesidad de alzar la voz y reclamar los justos derechos a la tierra, al agua, a la vida digna. Lo oyeron decir: “Los que sufren son los Paeces, yo soy Páez. Que más puedo hacer que estar con ellos? Un día yo aparezco estirado por ahí...”.
Fue posesionado como párroco de Toribío en 1977 y al mismo tiempo como administrador de las parroquias de Tacueyó y Jambaló. Entre los 34 mil feligreses indígenas y mestizos contaba con 200 afrocolombianos. Quiso rodearse de un consejo pastoral, donde confluían los diferentes grupos y fuerzas vivas de la parroquia. Se preocupó en buscar asesores para la formación de sus colaboradores, para que tomaran conciencia de la realidad que vivían y no se dejaran explotar y vencer por la injusticia. Esto pronto le acarreó críticas, presiones y problemas. Sabia escuchar a sus feligreses, en particular al equipo pastoral, y a las Misioneras Lauritas, que tenían mucha experiencia con los indígenas de la región.

Plan de pastoral
Al fin elaboró con su gente el plan de pastoral que entre otras cosas mencionaba: “Incrementar la auténtica comunidad de amor. Hacer sentir al indígena como responsable directo de la construcción de una iglesia nueva mediante el diálogo y la interacción participativa. Acompañar a los indígenas a identificar sus valores y antivalores. Despertar la conciencia indígena, de manera que sean ellos mismos los constructores de su propia historia, mediante la toma de sus propias decisiones. Recuperar las tierras de los resguardos, así como su unidad y cultura, patrimonio de los antepasados y garantía de la apropiación del futuro”.
Vivió en una época de violencia estructural realizada por fuerzas ilegales, desde las FARC a las AUC, sin olvidar que algunos miembros de la fuerza del orden provocaban no solo, sino atropello y muertes. El P. Álvaro, como pastor, no podía quedar indiferente y mucho menos buscar dudosas alianzas con los poderosos que abusan de los pobres.
Se aconsejaba y luego denunciaba con valentía en el nombre de Jesús. La oración era su fuerza, pero sabía decir: “Oración que no compromete no sirve ni para tiro de escopeta”. Tenía claros los objetivos del Evangelio, de la iglesia latinoamericana y de la diócesis. Miraba a la construcción de comunidades cristianas vivas marcadas por su propia cultura, ya que el anuncio del evangelio valoriza las culturas: “Cristo nunca estropea la cultura de un pueblo”. A los que lo acusaban respondía: “De política no entiendo mayor cosa, pero si sé lo que es y lo que exige el Evangelio… El camino es el evangelio y no la violencia y, no tengan miedo de decir la verdad… ella misma se encargara de liberarnos”.
El 8 de noviembre de 1984, el P. Álvaro fue a hablar  con los altos mandos militares sobre el maltrato que la policía y los militares daban a los campesinos. Habló inclusive sobre los heridos y los muertos que provocaron en su pueblo natal, entre ellos su hermana Gloria, madre de cuatro hijos, su tío Serafín Chocué, Angelino Baltazar y Antolino Chocué. Dos días después, el 10 de noviembre de 1984, en Santander del Quilichao, unos sicarios acabaron con su vida.