Pastores

P. Francisco José de Roux, S.J.


Francisco José de Roux, S.J. (Cali, 1943), es uno de los más reconocidos promotores de paz en Colombia por su compromiso a lo largo de los años en proyectos destinados a la salida concertada a los conflictos por la tierra y el apoyo a las poblaciones en situación de desplazamiento, entre otras muchas iniciativas por la justica y la paz.  

Por Carlos Cantor

Colombia ha sido reconocida en el 2016 por su proceso de paz y la búsqueda de la reconciliación de una sociedad que ha vivido algo más de medio siglo en una guerra revolucionaria de izquierdas, en un país tradicionalmente de derechas. La lucha militar se desarrolló en varios periodos presidenciales, siendo desestimada y negada en algunas ocasiones para permitir la continuación de procesos políticos que mantuvieran el sistema social, económico y político establecido. Esto solo logró profundizar  la desigualdad a todos los niveles, haciendo de la guerra el motor de años de represión indirecta, del narcotráfico y del uso del poder para mantener una clase política y económica totalmente despreocupada de las clases más humildes.
En ese escenario, el sacerdote jesuita P. Francisco de Roux ha vivido su servicio pastoral como impulsor y participante movimientos civiles que buscan la reconciliación y la paz desde y para la ciudadanía.
El P. Francisco de Roux Rengifo SJ,  es doctor en economía por la Universidad de la Sorbona en París, magister en economía por la Universidad de los Andes, y  filosofo y teólogo por la Universidad Javeriana de Bogotá. Fue ordenado como presbítero en 1975 y desde ese momento ha hecho de su sacerdocio un servicio directo a las comunidades donde ha servido pomo pastor y ha acompañado a colectivos ciudadanos en las luchas sociales que buscan dar respuesta a la violación de los derechos humanos y civiles de los colombianos.
En esa línea, fundó y dirigió el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, zona caracterizada por una violencia exacerbada, donde diferentes grupos armados se han enfrentado colocando a las comunidades en una situación de guerra.
Investigador del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), del que fuera posteriormente director, el P. de Roux hizo parte del Programa por la Paz de la Compañía de Jesús como director, liderando proyectos de economía campesina y créditos asociativos -como alternativas económicas en medio de la guerra- y el retorno de poblaciones desplazadas. También fue impulsor de las zonas de reserva campesina, como la del Valle del Río Cimitarra, y ha sido un incansable luchador en la búsqueda de salidas a los conflictos por la tierra, tema que en Colombia aún no está resuelto y es causa de asesinatos y persecuciones.
En 2008, el P. Francisco de Roux fue elegido superior provincial de la Compañía de Jesús en Colombia.
Originaria de Cali, la familia de Roux se ha destacado por su opción de ayudar a los sectores sociales menos favorecidos y más perseguidos, de manera especial el campesinado que ha tenido que vivir en carne propia los horrores de la guerra interna, el empobrecimiento y el desplazamiento a las ciudades para ir a engrosan diariamente los cinturones de miseria. Los hermanos del P. Francisco han servido en destacados cargos públicos y privados.  
En su trabajo sacerdotal, el P. Francisco de Roux ha enfrentado a las fuerzas que han desangrado el país, ha sido perseguido, sentenciado como objetivo militar, y se le ha tildado hasta de subversivo…, pero igualmente se le reconoce como un sacerdote comprometido con un Evangelio vivo, que se expresa en la solidaridad y en el apoyo a la organización de las comunidades para que defiendan su dignidad desde diferentes instancias de participación y convivencia pacífica.

 


Monseñor Gerardo Valencia Cano

Mons. Gerardo Valencia fue un hombre profundamente entregado a las poblaciones indias y afrocolombianas, que ante la opción por las armas prefirió la del crucifijo, la evangelización y la iluminación de las conciencias.

Gerardo Valencia Cano nació en Santo Domingo, Antioquia, el 26 de Agosto de 1917, siendo el mayor de 12 hermanos, 5 de los cuales se dedicaron a la vida religiosa. Desde muy pequeño sintió su vocación sacerdotal desempeñándose como monaguillo y participando activamente en todos los eventos organizadas por la parroquia.

En febrero de 1929 ingresó en el recién fundado Seminario de Vocaciones de Yarumal. Fue ordenado sacerdote en noviembre de 1942 e inmediatamente después fue nombrado profesor de seminario, donde se caracterizó por su rigor y su disposición para la oración y la reflexión profunda sobre la realidad social del país, y el papel transformador que debía jugar la iglesia Católica en este escenario. En 1944 viajó a Bogotá para hacer su especialización en Filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana.
Le marcó profundamente el asesinato del Caudillo Liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, quien había escrito que “el hambre, la miseria, la desnutrición, el paludismo, la anemia y la ignorancia no son liberales ni conservadoras, sino producto de la opresión oligárquica”. También le impactó la fundación de la OEA (Organización de Estados Americanos), tras la conferencia Panamericana en Bogotá, el 30 de abril de ese año, y la campaña de resistencia pacífica iniciada por Mahatma Ghandi en la India y su posterior asesinato el 30 de enero de ese mismo año. Se perfiló entonces su pensamiento dinámico y profundamente social, su visión crítica y de avanzada frente a la problemática de su país.
En 1949 el P. Gerardo Valenciafue  nombrado Prefecto Apostólico del Vaupés, con lo que por fin lograría realizar su ideal de trabajar en las misiones. Desarrolló una activa misión pastoral con los indígenas de las más variadas etnias, y llegó incluso a escribir el Himno de la Intendencia del Vaupés, un reclamo de atención al gobierno central hacia los desamparados y extensos territorios nacionales.
Como premio a su excelente labor a favor de los pobres, el papa Pío XII creó el Vicariato Apostólico de Buenaventura, y lo nombró como primer vicario en 1953. Con profundo pesar, abandonó su amado Vaupés para trasladarse a Buenaventura, convencido de que su misión era trabajar por los pobres.
En 1960, Mons. Valencia percibió los grandes problemas sociales del país como una bomba de tiempo que continuaría con la violencia antes iniciada con el fanatismo político, por lo que promovió la fundación del partido social cristiano en Latinoamérica.
Participó en las tres etapas del Concilio Vaticano II (1962 a 1964), en el que se acogieron la libertad religiosa, el ecumenismo y el papel de los seglares en la Iglesia, ideas que Mons. Valencia ya había promovido y abrazado con entusiasmo. En 1963 se realizó en Bogotá el congreso de sociología presidido por su amigo Camilo Torres, de quien apoya las ideas pero le pide prudencia y mesura. En este congreso Camilo Torres expuso los estudios sobre la violencia en el campo y en especial sobre Marquetalia.
En 1967 continúan los primeros movimientos de sacerdotes inquietos por las cuestiones políticas y redactan un documento llamado “Revoluciones para el bien común”, inspirado en la encíclica PopulorumProgressio.
En 1969 un grupo de sacerdotes españoles y colombianos, como Domingo Laín, el cura Pérez, y el propio Gerardo Valencia como asesor espiritual, influenciados por la teología de la liberación promulgada desde los textos de Hans Küng y Bernardo Bolf, y la pedagogía de Pablo Freire, se encuentran en la famosa Reunión de Golconda, donde suscriben un documento instando a la revolución del Evangelio, desde los ánimos y el servicio. Pérez, convencido del camino de las armas, se une a la guerrilla, y Laín se va a Nicaragua para unirse con Somoza en la lucha armada centroamericana.
Monseñor Valencia, renegando del camino de las armas, regresó a Buenaventura, desde donde inició su predicación social por la revolución pacífica. Aunque era conocido como el apóstol de los negros, fue allí donde la figura de Gerardo Valencia se proyectó a la vida pública nacional, y en círculos de la Iglesia empezó a llamársele el “obispo rojo”, por la abierta tendencia revolucionaria y liberal de sus prédicas. Llevaba casi 20 años luchando por los derechos de los negros, y ahora lo hacía por los pobres.
En 1972, el avión en que viajaba  Mons. Valencia de Yarumal a Buenaventura se estrelló en el Cerro San Nicolás, en oscuras circunstancias que nunca fueron aclaradas y que algunos consideraron como un atentado.
(Cf. Institución Educativa Monseñor Gerardo Valencia Cano - Medellín)


Mons. Alejandro Labaka, mártir  en la Amazonia ecuatoriana
La vida del martirio, que tantas veces pensamos solo es de épocas pasadas, se presenta también modernamente y de formas muy disímiles. En una de esas realidades murió monseñor Alejandro Labaka, obispo vasco de la congregación de los capuchinos, que desarrollaba su ministerio en la Prefectura Apostólica de Aguarico, en la Amazonia ecuatoriana. Estuvo sirviendo con diferentes acciones a los pueblos originales de los huaorani, sionas, secoyas, cofanes, quichuas y shuaras. Durante los 22 años que pasó en la Amazonia ecuatoriana, realizo el trabajo misionero de evangelización desde una perspectiva de compartir, no imponer, de reconocer y defender los derechos de las minorías étnicas y de su territorio, lo que le permitió convivir con los huaoranis.

El 21 de julio de 1987 viajó con la hermana Inés Arango, religiosa de origen colombiano, a la provincia de Orellana al encuentro con la comunidad Tagaeri, perteneciente al tronco cultural huaorani, que en ese momento se veía amenazada por los intereses de empresas petroleras. Un helicóptero los llevo al lugar cercano al punto de encuentro y se alejó. Al día siguiente en un sobrevuelo, observaron al obispo y a la religiosa muertos, atravesados por las lanzas de una comunidad que buscaba mantener su modo de vida, su territorio y su autonomía.
Más allá de las razones que pudiera tener esa comunidad indígena para su acción, esa tragedia fue el resultado del enfrentamiento de los intereses empresariales y políticos  de la explotación de petróleo y al despojo de las tierras de los pueblos ancestrales de la Amazonia.
Monseñor Labaka fue un sacerdote del Concilio Vaticano II y de las propuestas y acciones posconciliares. Inició su trabajo misionero en la China, donde permaneció 6 años en los tiempos de la posguerra mundial y del régimen maoista que combatía la presencia de la Iglesia Católica y por consiguiente de sus representantes. De allí viaja al Ecuador, donde dedicó algo más de dos décadas de su vida al servicio de los pueblos ancestrales y minorías étnicas, algunas de las cuales decidieron vivir aisladas de la propuesta occidental de  vida que se desarrollaba en el resto de Ecuador. Ese separarse de lo que se considera civilizado, también está aceptado por un estado social de derecho, pluricultural y multiétnico que reconoce las distintas etnias, su cultura y sus lenguas.
Estas realidades de luchas territoriales, de  explotación legal e ilegal de los recursos minero-energéticocos, soportan la economía global que basa su riqueza y crecimiento en la rentabilidad económica y financiera; no reconoce límites en sus procesos y métodos de explotación a través de empresas globales que tienen un mayor poder económico que los mismos países a donde llegan.
El padre Alejandro y la hermana Inés llegaron en un momento muy particular de esas luchas entre las comunidades y las multinacionales, convirtiendo su martirio en un dato periodístico y en un eslabón más de la cadena siempre creciente de victimas del poder financiero del mundo frente a la Palabra, a la vida de servicio, al respeto por la dignidad de las personas en su diferencia y a la naturaleza que nos permite existir. Aún no se ha dicho la última palabra frente a la idea occidental del uso y del abuso de las personas y de la biósfera, lo cierto es que la ruina generalizada del planeta tiene mucho que ver con las acciones del capitalismo y del martirio de tantos creyentes que se enfrentan a su supuesto ilimitado poder.
Monseñor Labaka inició su vida religiosa a los 17 años, en la lejana España que le vio nacer un 19 de abril de 1920, muriendo en América a los 67 años. Una vida en el servicio y en las luchas por la libertad, la dignidad y el reconocernos todos como hijos de un mismo Dios, aún en las diferencias culturales, sociales y geográficas que nos hacen ricos como la vida misma.
Carlos Cantor

 


P. Álvaro Ulcue Chocué
El P. Álvaro dio su vida por su pueblo indígena, los Páez (del cauca, Colombia), y por los demás fieles en el seguimiento de Jesús, que ofreció su vida por la humanidad.
Por P. Rafael Savoia (basado en “La utopía mueve las montañas”de Francisco Beltrán).

Álvaro Ulcue nació en Pueblo Nuevo, en el municipio de Caldono, en el Departamento del Cauca (Colombia), el 6 de julio de 1943.Creció en una familia de mucha fe y muy arraigada en las tradiciones indígenas. El papá, José Domingo Ulcué Yajué, era catequista y hombre de oración, recto y honesto. La madre, María Soledad Chocue Peña. Don José Domingo aceptó la vocación sacerdotal del hijo siempre que mantuviera estrecha relación con los indígenas, los pobres y los últimos. Decía Álvaro: “Mi familia es humilde, pero eso me honra” y “Jesús llegó al mundo pobre como un indígena. Él encontró paja y animales y el indígena hojas secas de plátano y perritos”.
Cursó la primaria en su pueblo, en la escuela de las Misioneras Lauritas, terminándola en Guadarrama (Antioquia) siempre con las mismas Hermanas. En el seminario de los Redentoristas en Popayán, se mantuvo fiel a los consejos recibidos en su pueblo y abrió sus horizontes a la realidad de los pueblos indígenas y al continente americano. Pero tuvo que retirarse por motivos económicos y fue a trabajar como maestro. Con el apoyo de las Misioneras Lauritas y del obispo,  ingresó más tarde al seminario diocesano.  Terminó la carrera de filosofía y teología en 1973, año de su ordenación sacerdotal (10 de junio).  Celebró la primera misa en la plaza de Pueblo Nuevo. En la estampita de recuerdo estaba escrito: “El Señor  me llamó de entre mis hermanos los Paeces para constituirme en favor de ellos en todo lo que se refiere a Dios”. Además decía : “Soy sacerdote y seguiré siendo indio. Mi gente espera mucho de mi”
Lo admiraban por su entereza y compromiso con Dios en la oración, con los compañeros y en el estudio. Supo conciliar,  sin dificultades, su ser indígena con el de sacerdote, ganándose el respeto de compañeros y superiores.
En los primeros años fue coadjutor del sacerdote afrocolombiano Ramón Rodríguez, en Santander de Quilichao. Enalteció los valores de su gente, dando y suscitando confianza en sus propias energías y especialmente insistió en la organización, la necesidad de alzar la voz y reclamar los justos derechos a la tierra, al agua, a la vida digna. Lo oyeron decir: “Los que sufren son los Paeces, yo soy Páez. Que más puedo hacer que estar con ellos? Un día yo aparezco estirado por ahí...”.
Fue posesionado como párroco de Toribío en 1977 y al mismo tiempo como administrador de las parroquias de Tacueyó y Jambaló. Entre los 34 mil feligreses indígenas y mestizos contaba con 200 afrocolombianos. Quiso rodearse de un consejo pastoral, donde confluían los diferentes grupos y fuerzas vivas de la parroquia. Se preocupó en buscar asesores para la formación de sus colaboradores, para que tomaran conciencia de la realidad que vivían y no se dejaran explotar y vencer por la injusticia. Esto pronto le acarreó críticas, presiones y problemas. Sabia escuchar a sus feligreses, en particular al equipo pastoral, y a las Misioneras Lauritas, que tenían mucha experiencia con los indígenas de la región.

Plan de pastoral
Al fin elaboró con su gente el plan de pastoral que entre otras cosas mencionaba: “Incrementar la auténtica comunidad de amor. Hacer sentir al indígena como responsable directo de la construcción de una iglesia nueva mediante el diálogo y la interacción participativa. Acompañar a los indígenas a identificar sus valores y antivalores. Despertar la conciencia indígena, de manera que sean ellos mismos los constructores de su propia historia, mediante la toma de sus propias decisiones. Recuperar las tierras de los resguardos, así como su unidad y cultura, patrimonio de los antepasados y garantía de la apropiación del futuro”.

Vivió en una época de violencia estructural realizada por fuerzas ilegales, desde las FARC a las AUC, sin olvidar que algunos miembros de la fuerza del orden provocaban no solo, sino atropello y muertes. El P. Álvaro, como pastor, no podía quedar indiferente y mucho menos buscar dudosas alianzas con los poderosos que abusan de los pobres.
Se aconsejaba y luego denunciaba con valentía en el nombre de Jesús. La oración era su fuerza, pero sabía decir: “Oración que no compromete no sirve ni para tiro de escopeta”. Tenía claros los objetivos del Evangelio, de la iglesia latinoamericana y de la diócesis. Miraba a la construcción de comunidades cristianas vivas marcadas por su propia cultura, ya que el anuncio del evangelio valoriza las culturas: “Cristo nunca estropea la cultura de un pueblo”. A los que lo acusaban respondía: “De política no entiendo mayor cosa, pero si sé lo que es y lo que exige el Evangelio… El camino es el evangelio y no la violencia y, no tengan miedo de decir la verdad… ella misma se encargara de liberarnos”.
El 8 de noviembre de 1984, el P. Álvaro fue a hablar  con los altos mandos militares sobre el maltrato que la policía y los militares daban a los campesinos. Habló inclusive sobre los heridos y los muertos que provocaron en su pueblo natal, entre ellos su hermana Gloria, madre de cuatro hijos, su tío Serafín Chocué, Angelino Baltazar y Antolino Chocué. Dos días después, el 10 de noviembre de 1984, en Santander del Quilichao, unos sicarios acabaron con su vida.


Hermana Dorothy Stang, Mártir

La hermana Dorothy Mae Stang era una estadounidense naturalizada brasileña religiosa.Pertenecía a las Hermanas de Notre Dame de Namur, una congregación religiosa fundada en 1804 por San Julia Billiart (1751-1816) y Françoise Blin de Bourdon (1756-1838). Esta congregación católica tiene más de dos mil mujeres que llevan a cabo el trabajo pastoral en los cinco continentes. Entró en la vida religiosa de 1948, emitió los votos perpetuos – la pobreza, la castidad y la obediencia en 1956. De 1951 a 1966 fue profesor en las escuelas de la congregación: San Víctor School (Calumet City, Illinois), Escuela de San Alejandro (Villa Park, Illinois ) y la Santísima Trinity School (Phoenix, Arizona). En 1966 comenzó su ministerio pastoral y social aquí en Brasil, en la ciudad de Coroatá en el estado de Maranhão. La hermana Dorothy estaba presente en la Amazonia de los años 70 con los trabajadores rurales de la región de Xingu. Su actividad pastoral y misionera trató de generar empleo e ingresos a través de proyectos de reforestación en áreas degradadas, con los trabajadores rurales en la zona de la autopista Trans-amazónica. Su trabajo se ha centrado también en la minimización de los conflictos de tierras en la región. Fue activo en los movimientos sociales en el párr. Participó de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB) desde su creación y ha seguido con la determinación y la solidaridad a la vida y la lucha de los trabajadores rurales. Defensora de una reforma agraria justa y consecuente,  la hermana Dorothy mantenía ocupada agenda de diálogo con los líderes campesinos, políticos y religiosos, en la búsqueda de soluciones a los conflictos relacionados con la propiedad y explotación de la tierra en la región amazónica de duración. Su participación en proyectos de desarrollo sostenible más allá de las fronteras de la pequeña ciudad de Sucupira en el municipio de Anapu en el estado de Pará, a 500 km de Belém do Pará, ganando reconocimiento nacional e internacional. En 2004 recibió el premio Orden de Abogados de Brasil (sección de Pará) por su lucha en defensa de los derechos humanos. La hermana Dorothy recibió varias amenazas de muerte, mientras que intimidar. Poco antes dijo que su asesinato:  “No voy a correr y no abandonar la lucha de estos agricultores que no están protegidas en el bosque que tienen el derecho sagrado a una vida mejor en la tierra donde puedan vivir y reproducirse con dignidad y sin devastador.”. Fue muerto con seis balas, una en la cabeza y cinco años en todo el cuerpo, de 73 años de edad, el 12 de febrero de 2005, a siete horas y treinta minutos de la mañana en un camino de tierra remota, 53 kilómetros de la cabecera del municipio de Anapu, en el estado de Pará. . De acuerdo con un testigo, antes de recibir los disparos que se cobró su vida, cuando se le preguntó si estaba armado, la hermana Dorothy dijo: “este es mi arma!” Y mostró la Biblia.También lee algunos extractos de este libro a quien poco después le dispararía. En el escenario de conflictos por la tierra en Brasil, su nombre se asocia con tantos otros hombres, mujeres y niños que han muerto y siguen muriendo sin tener respeten sus derechos. El cuerpo de la misionera está enterrada en Anapu, donde recibió y recibe los homenajes de tantos que reconoce las virtudes heroicas de la fe cristiana.

(evangelizadorasdelosapostoles.wordpress.com)


 Mons. Samuel Ruíz

En su visita del 2016 a México, el papa Francisco sacó un momento en su agenda para visitar la tumba de monseñor Samuel Ruiz, a quien los indígenas llamaban afectuosamente “Tatik”. En el sureño estado mexicano de Chiapas se conserva con gran aprecio la memoria de su obispo Samuel Ruiz, quien se entregó por entero al acompañamiento de los cientos de miles de indígenas que habitan una de las regiones más apartadas y pobres del país.  Nació en el estado de Guanajuato en 1924, proveniente de cuna humilde, como dicen los mexicanos. Tuvo la oportunidad de ingresar en el seminario, luego fue enviado a Roma en donde estudió teología y fue ordenado sacerdote. A su regreso,  prestó sus servicios en el seminario de León. Tenía 36 años cuando el papa Juan XXIII le nombró obispo de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas (México). Esta diócesis se caracterizaba por su extrema pobreza y por tener una población mayoritariamente indígena, de ascendencia maya, entre la que se cuentan comunidades tzotziles, tzeltales, zaques, tojolabales. 
En Chiapas, a los indígenas  les estaba prohibido sentarse en las sillas de las plazas públicas e incluso caminar por las aceras. La discriminación y marginalidad se extendían prácticamente a todos los ámbitos de la vida e incluso en los mismos templos se notaba la fuerte estratificación. Un reducido grupo de colonos mestizos y blancos mantenían a su favor una estructura jerárquica muy parecida al mundo feudal. Ellos eran los dueños y señores de inmensas extensiones de tierra. Los indígenas, tal cual pueblo de Israel en Egipto, sufrían la opresión, trabajaban bajo salarios de miseria y a sus hijos les esperaba la misma suerte.
Junto a los indígenas
Cuando monseñor Ruiz llegó a la diócesis fue muy bien recibido por estos terratenientes,quienes estaban acostumbrados a tener bajo su control a los líderes religiosos y les invitaban a bautizar a “sus indios”. Pero pronto, Mons. Ruiz entendió que su lugar evangélicamente correcto era estar más cercano a los indígenas. Aquellos fueron los tiempos del Concilio Vaticano II y la II Conferencia Latinoamericana de obispos en Medellín, del impulso pastoral y teológico de grandes profetas como Mons. Romero en El Salvador, Don Helder Cámara en Brasil Mons. Proaño en Ecuador y el padre Gustavo Gutiérrez en Perú. El trabajo pastoral se inundó de un profundo compromiso con la causa liberadora de los pueblos oprimidos del mundo. 
La Iglesia encarnó en muchos sectores los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas de los hombres y mujeres de su tiempo. De este modo se dio cabida a la participación activa de los laicos en la vida eclesial, pastoral y litúrgica. Esto llevó a Mons. Ruiz a entablar una gran promoción de traducción de los textos bíblicos y catequéticos a las distintas lenguas de su diócesis.
Para monseñor Ruiz la pastoral y la labor social estaban íntimamente unidas y debían impactar de forma positiva los procesos históricos de los pueblos marginados. Para ello era necesaria una auténtica inculturación que, siguiendo las líneas del Vaticano II, valorara las expresiones autóctonas de los pueblos indígenas y mestizos. En este sentido, se dio un gran impulso a la catequesis inculturada en las lenguas propias de las comunidades y se promovieron los servicios laicales y clericales, como por ejemplo los diáconos permanentes; este ministerio tuvo una gran acogida entre los pueblos indígenas de Chiapas a la vez que permitió ver los servicios eclesiales como una riqueza propia de toda la comunidad. 
El Tatik fue un gran impulsor de la Teología India que partía de la lectura de la historia de salvación no como un hecho aislado en el pasado del pueblo de Israel, sino como un constante presente en las luchas y esperanzas de los pueblos del mundo. En este sentido se confluía en la necesidad de una gran hermandad universal que debía verse reflejada en la equidad, la justicia y la fraternidad. Por este motivo se entendía que la Buena Nueva de Jesús de Nazaret era un llamado de conversión también para las clases sociales privilegiadas, no para que hicieran caridades y limosnas, sino para que reconocieran que sus riquezas estaban  fundamentadas en la explotación y la miseria de multitudes de seres humanos, lo cual era un grave pecado ante los ojos de Dios.
Promoción integral
Entre los grandes legados de Tatik se encuentra la promoción integral de los indígenas, con lo cual se buscaba que fueran sujetos activos en la sociedad y en la Iglesia.  La reflexión teológica y bíblica permitió considerar la pobreza y la marginación como un pecado social, por tanto la Iglesia, comunidad de hermanos y hermanas tenía la evangélica tarea de ser un signo evidente del Reino de Dios, no solo denunciando las injusticias, sino siendo ella misma promotora de vida e igualdad. De hecho los indígenas se muestran agradecidos con Monseñor Ruiz porque dicen: “Ya no caminamos encorvados! ¡Ya no bajaremos nunca más la cabeza ante el poderoso, gracias a ti!”.
En 1994, el gobierno de Ernesto Zedillo buscaba impulsar una vez más la privatización de la tierra para la explotación minera y agroindustrial de capitales nacionales y extranjeros. Esto llevó a la protesta del pueblo indígena y a la conformación del movimiento zapatista de liberación Nacional, que abogaba básicamente por una reforma agraria que contribuyera a sacar de la miseria a este amplio sector de la población. Monseñor Ruiz a pesar de las críticas de los terratenientes y de algunos sectores de la jerarquía católica mexicana jugó un papel determinante en los procesos de negociación. Don Samuel murió en 2011, a los 86 años de edad.