Pastores

Hermana Dorothy Stang, Mártir

La hermana Dorothy Mae Stang era una estadounidense naturalizada brasileña religiosa.Pertenecía a las Hermanas de Notre Dame de Namur, una congregación religiosa fundada en 1804 por San Julia Billiart (1751-1816) y Françoise Blin de Bourdon (1756-1838). Esta congregación católica tiene más de dos mil mujeres que llevan a cabo el trabajo pastoral en los cinco continentes. Entró en la vida religiosa de 1948, emitió los votos perpetuos – la pobreza, la castidad y la obediencia en 1956. De 1951 a 1966 fue profesor en las escuelas de la congregación: San Víctor School (Calumet City, Illinois), Escuela de San Alejandro (Villa Park, Illinois ) y la Santísima Trinity School (Phoenix, Arizona). En 1966 comenzó su ministerio pastoral y social aquí en Brasil, en la ciudad de Coroatá en el estado de Maranhão. La hermana Dorothy estaba presente en la Amazonia de los años 70 con los trabajadores rurales de la región de Xingu. Su actividad pastoral y misionera trató de generar empleo e ingresos a través de proyectos de reforestación en áreas degradadas, con los trabajadores rurales en la zona de la autopista Trans-amazónica. Su trabajo se ha centrado también en la minimización de los conflictos de tierras en la región. Fue activo en los movimientos sociales en el párr. Participó de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB) desde su creación y ha seguido con la determinación y la solidaridad a la vida y la lucha de los trabajadores rurales. Defensora de una reforma agraria justa y consecuente,  la hermana Dorothy mantenía ocupada agenda de diálogo con los líderes campesinos, políticos y religiosos, en la búsqueda de soluciones a los conflictos relacionados con la propiedad y explotación de la tierra en la región amazónica de duración. Su participación en proyectos de desarrollo sostenible más allá de las fronteras de la pequeña ciudad de Sucupira en el municipio de Anapu en el estado de Pará, a 500 km de Belém do Pará, ganando reconocimiento nacional e internacional. En 2004 recibió el premio Orden de Abogados de Brasil (sección de Pará) por su lucha en defensa de los derechos humanos. La hermana Dorothy recibió varias amenazas de muerte, mientras que intimidar. Poco antes dijo que su asesinato:  “No voy a correr y no abandonar la lucha de estos agricultores que no están protegidas en el bosque que tienen el derecho sagrado a una vida mejor en la tierra donde puedan vivir y reproducirse con dignidad y sin devastador.”. Fue muerto con seis balas, una en la cabeza y cinco años en todo el cuerpo, de 73 años de edad, el 12 de febrero de 2005, a siete horas y treinta minutos de la mañana en un camino de tierra remota, 53 kilómetros de la cabecera del municipio de Anapu, en el estado de Pará. . De acuerdo con un testigo, antes de recibir los disparos que se cobró su vida, cuando se le preguntó si estaba armado, la hermana Dorothy dijo: “este es mi arma!” Y mostró la Biblia.También lee algunos extractos de este libro a quien poco después le dispararía. En el escenario de conflictos por la tierra en Brasil, su nombre se asocia con tantos otros hombres, mujeres y niños que han muerto y siguen muriendo sin tener respeten sus derechos. El cuerpo de la misionera está enterrada en Anapu, donde recibió y recibe los homenajes de tantos que reconoce las virtudes heroicas de la fe cristiana.

(evangelizadorasdelosapostoles.wordpress.com)


 Mons. Samuel Ruíz

En su visita del 2016 a México, el papa Francisco sacó un momento en su agenda para visitar la tumba de monseñor Samuel Ruiz, a quien los indígenas llamaban afectuosamente “Tatik”. En el sureño estado mexicano de Chiapas se conserva con gran aprecio la memoria de su obispo Samuel Ruiz, quien se entregó por entero al acompañamiento de los cientos de miles de indígenas que habitan una de las regiones más apartadas y pobres del país.  Nació en el estado de Guanajuato en 1924, proveniente de cuna humilde, como dicen los mexicanos. Tuvo la oportunidad de ingresar en el seminario, luego fue enviado a Roma en donde estudió teología y fue ordenado sacerdote. A su regreso,  prestó sus servicios en el seminario de León. Tenía 36 años cuando el papa Juan XXIII le nombró obispo de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas (México). Esta diócesis se caracterizaba por su extrema pobreza y por tener una población mayoritariamente indígena, de ascendencia maya, entre la que se cuentan comunidades tzotziles, tzeltales, zaques, tojolabales. 
En Chiapas, a los indígenas  les estaba prohibido sentarse en las sillas de las plazas públicas e incluso caminar por las aceras. La discriminación y marginalidad se extendían prácticamente a todos los ámbitos de la vida e incluso en los mismos templos se notaba la fuerte estratificación. Un reducido grupo de colonos mestizos y blancos mantenían a su favor una estructura jerárquica muy parecida al mundo feudal. Ellos eran los dueños y señores de inmensas extensiones de tierra. Los indígenas, tal cual pueblo de Israel en Egipto, sufrían la opresión, trabajaban bajo salarios de miseria y a sus hijos les esperaba la misma suerte.

Junto a los indígenas
Cuando monseñor Ruiz llegó a la diócesis fue muy bien recibido por estos terratenientes,quienes estaban acostumbrados a tener bajo su control a los líderes religiosos y les invitaban a bautizar a “sus indios”. Pero pronto, Mons. Ruiz entendió que su lugar evangélicamente correcto era estar más cercano a los indígenas. Aquellos fueron los tiempos del Concilio Vaticano II y la II Conferencia Latinoamericana de obispos en Medellín, del impulso pastoral y teológico de grandes profetas como Mons. Romero en El Salvador, Don Helder Cámara en Brasil Mons. Proaño en Ecuador y el padre Gustavo Gutiérrez en Perú. El trabajo pastoral se inundó de un profundo compromiso con la causa liberadora de los pueblos oprimidos del mundo. 
La Iglesia encarnó en muchos sectores los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas de los hombres y mujeres de su tiempo. De este modo se dio cabida a la participación activa de los laicos en la vida eclesial, pastoral y litúrgica. Esto llevó a Mons. Ruiz a entablar una gran promoción de traducción de los textos bíblicos y catequéticos a las distintas lenguas de su diócesis.
Para monseñor Ruiz la pastoral y la labor social estaban íntimamente unidas y debían impactar de forma positiva los procesos históricos de los pueblos marginados. Para ello era necesaria una auténtica inculturación que, siguiendo las líneas del Vaticano II, valorara las expresiones autóctonas de los pueblos indígenas y mestizos. En este sentido, se dio un gran impulso a la catequesis inculturada en las lenguas propias de las comunidades y se promovieron los servicios laicales y clericales, como por ejemplo los diáconos permanentes; este ministerio tuvo una gran acogida entre los pueblos indígenas de Chiapas a la vez que permitió ver los servicios eclesiales como una riqueza propia de toda la comunidad.
El Tatik fue un gran impulsor de la Teología India que partía de la lectura de la historia de salvación no como un hecho aislado en el pasado del pueblo de Israel, sino como un constante presente en las luchas y esperanzas de los pueblos del mundo. En este sentido se confluía en la necesidad de una gran hermandad universal que debía verse reflejada en la equidad, la justicia y la fraternidad. Por este motivo se entendía que la Buena Nueva de Jesús de Nazaret era un llamado de conversión también para las clases sociales privilegiadas, no para que hicieran caridades y limosnas, sino para que reconocieran que sus riquezas estaban  fundamentadas en la explotación y la miseria de multitudes de seres humanos, lo cual era un grave pecado ante los ojos de Dios.

Promoción integral
Entre los grandes legados de Tatik se encuentra la promoción integral de los indígenas, con lo cual se buscaba que fueran sujetos activos en la sociedad y en la Iglesia.  La reflexión teológica y bíblica permitió considerar la pobreza y la marginación como un pecado social, por tanto la Iglesia, comunidad de hermanos y hermanas tenía la evangélica tarea de ser un signo evidente del Reino de Dios, no solo denunciando las injusticias, sino siendo ella misma promotora de vida e igualdad. De hecho los indígenas se muestran agradecidos con Monseñor Ruiz porque dicen: “Ya no caminamos encorvados! ¡Ya no bajaremos nunca más la cabeza ante el poderoso, gracias a ti!”.
En 1994, el gobierno de Ernesto Zedillo buscaba impulsar una vez más la privatización de la tierra para la explotación minera y agroindustrial de capitales nacionales y extranjeros. Esto llevó a la protesta del pueblo indígena y a la conformación del movimiento zapatista de liberación Nacional, que abogaba básicamente por una reforma agraria que contribuyera a sacar de la miseria a este amplio sector de la población. Monseñor Ruiz a pesar de las críticas de los terratenientes y de algunos sectores de la jerarquía católica mexicana jugó un papel determinante en los procesos de negociación. Don Samuel murió en 2011, a los 86 años de edad.