SURÁFRICA
A la sombra de Soweto
Apenas a 30 kilómetros de distancia,  Soweto y Orange Farm comparten algunos trazos de historia: muchos de los habitantes de este último municipio llegaron procedentes del mítico township hace décadas. También de allí proceden los misioneros combonianos que trabajan en esta misión desde hace casi tres años.
Por Javier Fariñas Martín y P. Jaume Calvera

Durante el apartheid, cualquier asen­tamiento similar a este, donde se ha­cinaban o a donde eran trasladados forzosamente miles de ciudadanos negros, recibía el nombre de town­ship. Hoy, con la herida de aquello todavía abierta, aunque oficial y le­galmente superada, prefieren hablar de una ciudad dormitorio. Matices lingüísticos a un lado, Orange Farm se fraguó en tiempos del Gobierno supremacista del Partido Nacional. Entre 1970 y 1980 comenzaron a lle­gar hasta aquí inmigrantes de Lesoto, Zimbabue o Mozambique, más miles de familias procedentes de otro de los townships míticos de los tiempos de la lucha racial: Soweto. Hoy son cerca de 400.000 las personas que viven en Orange Farm.
Aunque la brecha racial quedó en principio superada, uno de los tres misioneros combonianos que for­man la comunidad de Orange Farm, Ibercio Rojas, es escéptico: “Pasarán muchas generaciones hasta que se dé una integración plena de blancos y negros, porque en el cerebro esa diferencia está muy arraigada. Lo primero que hacen es mirar la raza, católicos y no católicos. La relación entre unos y otros está condicionada por la raza, definitivamente”.
Los Misioneros Combonianos lle­garon hasta aquí en enero de 2015. La parroquia, que había estado en manos de los Misioneros de África (PP. Blancos) hasta 2012, pasó des­pués a manos del clero diocesano. Pero el obispo de la diócesis pidió a los Combonianos que asumieran la parroquia, compuesta por ocho co­munidades, una de las cuales no tie­ne templo. Junto a Ibercio, peruano, trabaja un alemán, Benno Singer. Los dos recorrieron, como muchos de sus vecinos, el exiguo trayecto que une Orange Farm con Soweto, don­de estaban antes. El centro de la mi­sión, la última asumida por la con­gregación en tierras sudafricanas, es la parroquia de San Carlos Lwanga y compañeros mártires, donde la po­blación es abrumadoramente negra.
La mayoría de los vecinos de Orange Farm se encamina cada día a Johannesburgo al trabajo. Otros se acercan hasta el cinturón de platino, donde están empleados en las mi­nas. Una parte se gana la vida en el comercio formal o informal. Pero el 60 por ciento de la población está desocupado. El propio Ibercio seña­la consecuencias de esa causa: “Los problemas más graves de la zona vie­nen determinados por la violencia y las enfermedades, especialmente el sida, que está experimentando un aumento significativo”.

La huella del VIH
A pesar de alternarse con Nigeria en el primer puesto de la econo­mía continental, la errática políti­ca sanitaria sudafricana ha influido directamente en la elevada tasa de contagiados de VIH en el país. Los datos de infectados no son con­cluyentes, ya que mientras que en el país se anticipa una cifra de entre el 10 y el 12 por ciento de la población, algunos organismos internacionales la elevan hasta el 19 por ciento. Demasiado alta, en cualquier caso.
En lugares como Orange Farm, la cifra suele estar dos o tres puntos por encima de la media nacional. Por eso, la parroquia de San Carlos Lwan­ga cuenta con el proyecto Inkanyesi, que puede traducirse como ‘luz’, donde se ofrece información para la prevención de la enfermedad, para evitar el estigma y para realizar un seguimiento adecuado del trata­miento.
Otro de los debes de Orange Farm es la falta de formación por ausencia de medios y por poca empatía de las familias con la constancia en el es­tudio. Por ello, la parroquia ha asu­mido como propio un proyecto que beneficia cada año a unos 300 jóve­nes que se forman en carpintería, mecánica, contabilidad o idiomas. Además, esta ciudad dormitorio al sur de Johannesburgo sufre otra plaga común a muchos lugares de los países en vías de desarrollo: la fijación de las nuevas generaciones en los valores y costumbres de sus homólogos en el mundo occidental, con lo que ello conlleva de pérdi­da de sus tradiciones. “Hay –dice Ibercio Rojas– un problema de co­municación entre padres e hijos, ya que estos tienen otras expectativas. La integración racial en Sudáfrica hace que los jóvenes estén más en contacto con Occidente. Aprenden de allá, quieren vestirse como ellos, no quieren someterse a las normas de la cultura, hay un problema de relación entre las generaciones”.

Liturgia y evangelización
Participamos en la misa dominical en San Carlos Lwanga, en Orange Farm. Los miembros más jóvenes de la coral parroquial co­mienzan a entonar en sotho el can­to de entrada, que restalla cuando la procesión de entrada avanza por el pasillo central del templo. Ahora el coro de adultos, compuesto por 65 personas y dirigido por Phabang Paul Monokoa, amplifica el testigo de los jóvenes miembros de la Aso­ciación Santa Cecilia, en la que en­caja la coral parroquial. Con ropaje y actitud celebrativa, Phabang se afana subido a una silla para que los cantos de alabanza no se conviertan en un miserere fúnebre.
La celebración eucarística es el centro de la jornada dominical. Aun­que el templo se muestra rebosante, no es reflejo de lo que ocurre fuera: la población sudafricana que se declara católica no llega al ocho por ciento. Por eso, Ibercio Rojas considera que el principal reto de los combonianos en Orange Farm es la evangelización: “Los mismos católicos no están com­pletamente evangelizados, necesitan la Palabra. En el pasado, los misione­ros estuvimos junto a los negros en la lucha contra el apartheid, estuvimos bastante participativos en el ámbito político y social, pero ahora el reto es llevar el Evangelio. La evangelización es un reto tanto para los católicos co­mo para los que no lo son”.
Este misionero peruano llegó a Sudáfrica en 1992, con Nelson Man­dela ya en libertad y trabajando por la instauración de un país nuevo. Esos dos años antes de las eleccio­nes, en las que los sudafricanos cele­braron al primer presidente negro de su historia, le permitieron conocer los estertores de aquella lucha por la libertad, y anticipar también cuáles deberían ser los nuevos retos de la Iglesia a partir de entonces, sobre todo en zonas donde históricamente los privilegios eran casi una utopía. “No hay diferencias entre Soweto y Orange Farm. La principal es el idio­ma; la mayoría aquí habla sotho y es más pobre. Las zonas nuevas siem­pre son más pobres y más vulnera­bles”, remata Ibercio Rojas.