COLOMBIA
Misión entre los ‘ensoñadores’

‘Ensueño’ es el nombre que el padre Manolo Martínez ha dado al barrio de invasión que nació hace cuatro años dentro de su parroquia, Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, en el  sector Alpes de Bogotá. El sueño de sus habitantes es encontrar una sencilla casita en la que vivir en paz, libres de la violencia que cada año se cobra numerosas vidas en la zona. En medio de la inseguridad y la desconfianza, se están creando espacios de humanidad, donde la gente pueda compartir problemas y esperanzas.
Por Hno. Alberto Degan

La gente que invadía el barrio”, nos informa el padre Manolo, “venía de todas partes del país. Los otros los llamaban ‘invasores’, pero yo propuse otro nombre: ‘Ustedes son ensoñadores’, dije, ‘porque sueñan con tener un lugar en el que vivir una vida digna’. Así el barrio recibió el nombre oficial de ‘Ensueño’. El problema principal que vive esta gente es que pagaban sus lotes pero no les dejaban papeles, y así hasta hoy corren el riesgo que los desalojen. Otro gran problema es el de la violencia: en estos cuatro años ha habido muchos muertos. Por el otro lado, Ensueño es un barrio muy acogedor. Aquí todos encuentran refugio: no se excluye y no se rechaza a nadie”.
Entre los ensoñadores hay muchas familias: algunas desplazadas, y cada una con su historia de lucha y de dolor. Entre las ensoñadoras hay mujeres solas – abuelas o viudas – que sacan adelante familias con tres o cuatro hijos o nietos.
El sueño de esta gente es muy sencillo: encontrar un techo y una casa en la que vivir en paz. Y así cada uno ha construido su casita de lámina y madera sobres estos montes empinados y escabrosos, tan empinados que parece que estas casitas – frente a una fuerte lluvia - podrían deslizarse. También nuestra capillita está construída sobre un pequeño barranco.

Recrear el tejido comunitario
Aquí la gente viene de distintas partes - Chocó, Buenaventura, Tolima, Boyacá - y no se conoce; además, hay muchos hurtos, y así muchas veces prevalece la desconfianza recíproca
En estos últimos meses hemos conformado un grupito de mujeres afro: con ellas nos reunimos alrededor de la Palabra de Dios, y redescubrimos la belleza de sentirnos vecinos, de poder hacer algo juntos, de poder volver a confiar la una en la otra. En medio de un contexto en el que parece prevalecer la indiferencia y la violencia, hay que crear espacios de humanidad en donde la gente sienta que podemos hablar libremente de nuestros problemas y compartir nuestras esperanzas.

Cancelados del mapa
Tommaso, un amigo italiano, me ha dicho que ha intentado ver en google maps dónde queda el barrio Ensueño y no lo ha encontrado. Simplemente, este barrio no existe en el plano de la ciudad. Porque los pobres, para el sistema dominante, no existen: son invisibilizados. Estos desplazados, estos ensoñadores han sido borrados de los mapas y de la agenda política de los partidos: nadie se preocupa por ellos. Entonces, estar al lado de los pobres significa, ante todo, salvarlos de la no-existencia, mostrando sus rostros y contando sus historias.
En cierta manera, el barrio Ensueño nos revela la verdadera imagen del sistema que rige al mundo; por eso, no quieren mostrárnoslo en los mapas de google. Estas chozas construidas sobre cuestas empinadas que – frente a una fuerte lluvia - podrían deslizarse, son la representación ‘plástica’ de la ideología dominante, según la cual los pobres son ‘borrables’: los puedo explotar por un breve tiempo pero son fundamentalmente ‘deslizables’: podrían caer en el barranco, y para nosotros no cambiarìa nada: la polìtica no se ocupa de esta gente, porque piensa que hay cosas màs importantes...

Gente apasionada
A pesar de todas estas dificultades, cada vez que entro en el Ensueño, asisto a un milagro: estos pobres, que viven bajo la costante amenaza de ser desalojados, me transmiten... alegrìa. En ellos percibo una paciencia, una fuerza y un amor a la vida que no percibo en otros lugares: entre los jòvenes, los niños y los adultos.
En las celebraciones de la Semana Santa, dijimos que la palabra ‘pasión’ indica un amor fuerte, dispuesto a sufrir y a dar la vida. Y yo le doy gracias a Dios, porque en el Ensueño hay mucha pasión. ¡Cuántas fatigas y sufrimientos han aceptado los habitantes de este barrio, los ensoñadores, por amor de sus hijos y de su familia! La ‘pasión’ de esta gente, y su capacidad de resistencia, es sin duda un signo de resurrección, que me da esperanza.

Otras iniciativas
Cuando los habitantes del Ensueño se quejan que nadie piensa en ellos, por un lado tienen razón: no existe ningún proyecto político para estos barrios, nadie que se interrogue sobre qué se puede hacer para mejorar las condiciones de vida de esta población. Por el otro lado, sin embargo, tantas pequeñas iniciativas apuntan a romper el círculo de la soledad y de la desesperanza. Por ejemplo, al comienzo del año escolar, con la ayuda de algunos jóvenes voluntarios, hemos dado vida a una iniciativa de refuerzo escolar dirigido sobre todo a los niños afro del barrio. Además, hemos conformado un grupo de jóvenes afro, para ofrecerles un espacio ‘sano’ de encuentro, en el cual reflexionar sobre la situación de los jóvenes negros en los barrios marginales, ayudándoles a tomar conciencia de algunas injusticias y algunas problemáticas, y buscando juntos pistas de acción.

Transformar el dolor
Orando delante del Cristo negro de Bojayá, que se quedó sin brazos y sin piernas después de presenciar una masacre de decenas de personas, el papa Francisco dijo que este “Cristo roto y amputado... nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él aprendamos la fuerza del perdón y la grandeza del amor”.
Los pobres son de verdad maestros en la transformación del dolor. De hecho, sería imposible seguir viviendo en estos barrios marginales si la gente no lograra transformar todos los sufrimientos y heridas acumuladas a lo largo de tanto tiempo.
Cuando el apóstol Tomás pone sus dedos en las llagas de Jesús, siente el palpitar interior del Resucitado, algo que quien mira desde lejos sin dejarse involucrar nunca podrá percibir” (B. Gonzàlez-Buelta). De las heridas de Jesús sale una energía irrefrenable; una vitalidad que no se rinde a la muerte y va en búsqueda de nuevos senderos; una fuerza humanizadora capaz de transformar nuestro dolor en una esperanza audaz, en un anhelo irreprimible de paz y solidaridad, en un deseo abrumador de belleza que derrota toda injusticia y toda maldad.
Y pienso: ‘Es verdad, en el Ensueño hay tantas personas heridas, tantas historias de dolor, pero si Dios nos ayuda a transformarlo en un enèrgico deseo de fraternidad, ¡qué gran potencialidad de vida! ¡qué horizontes de inimaginable belleza y humanidad se podrán abrir en nuestro barrio!’
¡Que Dios nos ayude a ser aquellos verdaderos ensoñadores de lo que El tanto necesita!