Reportajes

SURÁFRICA
A la sombra de Soweto
Apenas a 30 kilómetros de distancia,  Soweto y Orange Farm comparten algunos trazos de historia: muchos de los habitantes de este último municipio llegaron procedentes del mítico township hace décadas. También de allí proceden los misioneros combonianos que trabajan en esta misión desde hace casi tres años. 
Por Javier Fariñas Martín y P. Jaume Calvera

Durante el apartheid, cualquier asen­tamiento similar a este, donde se ha­cinaban o a donde eran trasladados forzosamente miles de ciudadanos negros, recibía el nombre de town­ship. Hoy, con la herida de aquello todavía abierta, aunque oficial y le­galmente superada, prefieren hablar de una ciudad dormitorio. Matices lingüísticos a un lado, Orange Farm se fraguó en tiempos del Gobierno supremacista del Partido Nacional. Entre 1970 y 1980 comenzaron a lle­gar hasta aquí inmigrantes de Lesoto, Zimbabue o Mozambique, más miles de familias procedentes de otro de los townships míticos de los tiempos de la lucha racial: Soweto. Hoy son cerca de 400.000 las personas que viven en Orange Farm.
Aunque la brecha racial quedó en principio superada, uno de los tres misioneros combonianos que for­man la comunidad de Orange Farm, Ibercio Rojas, es escéptico: “Pasarán muchas generaciones hasta que se dé una integración plena de blancos y negros, porque en el cerebro esa diferencia está muy arraigada. Lo primero que hacen es mirar la raza, católicos y no católicos. La relación entre unos y otros está condicionada por la raza, definitivamente”.
Los Misioneros Combonianos lle­garon hasta aquí en enero de 2015. La parroquia, que había estado en manos de los Misioneros de África (PP. Blancos) hasta 2012, pasó des­pués a manos del clero diocesano. Pero el obispo de la diócesis pidió a los Combonianos que asumieran la parroquia, compuesta por ocho co­munidades, una de las cuales no tie­ne templo. Junto a Ibercio, peruano, trabaja un alemán, Benno Singer. Los dos recorrieron, como muchos de sus vecinos, el exiguo trayecto que une Orange Farm con Soweto, don­de estaban antes. El centro de la mi­sión, la última asumida por la con­gregación en tierras sudafricanas, es la parroquia de San Carlos Lwanga y compañeros mártires, donde la po­blación es abrumadoramente negra.
La mayoría de los vecinos de Orange Farm se encamina cada día a Johannesburgo al trabajo. Otros se acercan hasta el cinturón de platino, donde están empleados en las mi­nas. Una parte se gana la vida en el comercio formal o informal. Pero el 60 por ciento de la población está desocupado. El propio Ibercio seña­la consecuencias de esa causa: “Los problemas más graves de la zona vie­nen determinados por la violencia y las enfermedades, especialmente el sida, que está experimentando un aumento significativo”.
La huella del VIH
A pesar de alternarse con Nigeria en el primer puesto de la econo­mía continental, la errática políti­ca sanitaria sudafricana ha influido directamente en la elevada tasa de contagiados de VIH en el país. Los datos de infectados no son con­cluyentes, ya que mientras que en el país se anticipa una cifra de entre el 10 y el 12 por ciento de la población, algunos organismos internacionales la elevan hasta el 19 por ciento. Demasiado alta, en cualquier caso.

En lugares como Orange Farm, la cifra suele estar dos o tres puntos por encima de la media nacional. Por eso, la parroquia de San Carlos Lwan­ga cuenta con el proyecto Inkanyesi, que puede traducirse como ‘luz’, donde se ofrece información para la prevención de la enfermedad, para evitar el estigma y para realizar un seguimiento adecuado del trata­miento.
Otro de los debes de Orange Farm es la falta de formación por ausencia de medios y por poca empatía de las familias con la constancia en el es­tudio. Por ello, la parroquia ha asu­mido como propio un proyecto que beneficia cada año a unos 300 jóve­nes que se forman en carpintería, mecánica, contabilidad o idiomas. Además, esta ciudad dormitorio al sur de Johannesburgo sufre otra plaga común a muchos lugares de los países en vías de desarrollo: la fijación de las nuevas generaciones en los valores y costumbres de sus homólogos en el mundo occidental, con lo que ello conlleva de pérdi­da de sus tradiciones. “Hay –dice Ibercio Rojas– un problema de co­municación entre padres e hijos, ya que estos tienen otras expectativas. La integración racial en Sudáfrica hace que los jóvenes estén más en contacto con Occidente. Aprenden de allá, quieren vestirse como ellos, no quieren someterse a las normas de la cultura, hay un problema de relación entre las generaciones”.
Liturgia y evangelización
Participamos en la misa dominical en San Carlos Lwanga, en Orange Farm. Los miembros más jóvenes de la coral parroquial co­mienzan a entonar en sotho el can­to de entrada, que restalla cuando la procesión de entrada avanza por el pasillo central del templo. Ahora el coro de adultos, compuesto por 65 personas y dirigido por Phabang Paul Monokoa, amplifica el testigo de los jóvenes miembros de la Aso­ciación Santa Cecilia, en la que en­caja la coral parroquial. Con ropaje y actitud celebrativa, Phabang se afana subido a una silla para que los cantos de alabanza no se conviertan en un miserere fúnebre.

La celebración eucarística es el centro de la jornada dominical. Aun­que el templo se muestra rebosante, no es reflejo de lo que ocurre fuera: la población sudafricana que se declara católica no llega al ocho por ciento. Por eso, Ibercio Rojas considera que el principal reto de los combonianos en Orange Farm es la evangelización: “Los mismos católicos no están com­pletamente evangelizados, necesitan la Palabra. En el pasado, los misione­ros estuvimos junto a los negros en la lucha contra el apartheid, estuvimos bastante participativos en el ámbito político y social, pero ahora el reto es llevar el Evangelio. La evangelización es un reto tanto para los católicos co­mo para los que no lo son”.
Este misionero peruano llegó a Sudáfrica en 1992, con Nelson Man­dela ya en libertad y trabajando por la instauración de un país nuevo. Esos dos años antes de las eleccio­nes, en las que los sudafricanos cele­braron al primer presidente negro de su historia, le permitieron conocer los estertores de aquella lucha por la libertad, y anticipar también cuáles deberían ser los nuevos retos de la Iglesia a partir de entonces, sobre todo en zonas donde históricamente los privilegios eran casi una utopía. “No hay diferencias entre Soweto y Orange Farm. La principal es el idio­ma; la mayoría aquí habla sotho y es más pobre. Las zonas nuevas siem­pre son más pobres y más vulnera­bles”, remata Ibercio Rojas.


ASIA
Jóvenes, líderes y transformadores
Durante más de 10 años, “Fondacio Asia”, ayuda a los jóvenes, mediante distintos programas de formación, a convertirse en líderes de proyectos y misiones en la Iglesia y la sociedad. 
Por Rosabelle Ramirezi

Tugso, de 27 años, es originaria de las zonas montañosas de Mongolia. En 2014, esta joven inició un programa para capacitar a las mujeres que vivían en extrema pobreza en una zona rural de su país. Fabricando y comercializando productos de fieltro hechos a mano, las mujeres fueron capaces de aumentar sus ingresos y crear una comunidad de familias.
Martín, de 30 años y casado con Victoria, dirige un proyecto de cría de cabras, llamado “Pastos Verdes”, cerca de Mandalay, en Myanmar. La pareja también son los únicos maestros y catequistas en su pueblo. Observando la gran pobreza de la zona y la falta de escolarización de los niños, Martín decidió establecer el proyecto para fomentar la educación de los más jóvenes, proporcionando, al mismo tiempo, ingresos extra para las familias.
James, de 28 años y nacido en Laos, es el responsable de un programa que enseña a los jóvenes distintas disciplinas, como inglés, computación, administración, desarrollo profesional, establecimiento de pequeñas empresas, etc. El programa ayuda a los jóvenes a conseguir empleo y mantenerse por sí mismos, reduciendo el peligro de la migración y del tráfico de seres humanos, muy común en el país. Su esposa, Amala, trabaja también en una organización no-gubernamental que trabaja por el desarrollo de la población local.
Jhimus, un filipino de 24 años, sirve activamente en el ministerio juvenil en su diócesis de Legazpi y participa en la formación personal y en la catequesis de los jóvenes.
Tugso, Martín, James y Jhimus son alumnos del Instituto de Formación Fondacio Asia (IFFAsia).
Convertirse en discípulo misionero
IFFAsia comenzó como una pequeña semilla en Manila, en 2006, y ha germinado hasta llegar a otros países, contando ya con 180 jóvenes adultos graduados originarios de Camboya, Laos, Myanmar, Tailandia, Malasia, Brunei, Filipinas, Mongolia, China, Korea, Japón y Pakistán.

“La formación en IFFAsia no se trata solo de adquirir el conocimiento y las habilidades necesarias para convertirse en discípulos misioneros efectivos. Se trata también de crecer en la amistad con Jesucristo y de experimentar una conversión constante”, señala Alice Tan, la directora de IFFAsia. Y añade: “Esta amistad, central en la espiritualidad de Fondacio, es la que produce la transformación y humanización de las personas, de las relaciones y de la sociedad”.
Esa amistad se manifiesta en estos jóvenes líderes. Lo que continúa impulsando a Martín a desarrollar el programa de subsistencia y educación es el amor apasionado que siente por su pueblo, los pobres aldeanos y, de modo particular, los niños que se benefician del proyecto. Para él, todos los niños, no importa las limitaciones económicas de sus familias, se merecen tener una buena educación.
Los jóvenes salidos de IFFAsia trabajan en diferentes campos de misión en sus respectivos países e iglesias. Eso incluye ministerio con niños y jóvenes, catequesis, educación y evangelización.
En el campo de desarrollo social, los jóvenes trabajan con pobres rurales o urbanos, con migrantes y refugiados, con personas discapacitadas y con mujeres marginadas. Otros sirven en el ministerio de creación de comunidad, colaborando con parroquias y diócesis.
Ese trabajo misionero no está libre de desafíos y dificultades. Tugso y las mujeres de su aldea tuvieron que batallar con la baja calidad de sus productos iniciales, con el costo de los materiales que usaban y con la comercialización de los géneros que fabricaban… Jhimus cuenta con el apoyo total de su Obispo, quien, de hecho, le ha animado a implementar su programa de catequesis juvenil en todas las parroquias de su diócesis.
Solidaridad mutua
En el transcurso de los años, IFFAsia ha continuado estando presente en las vidas de los jóvenes misioneros mediante su red de pequeños grupos locales de Fondacio y con sus oficinas regionales. IFFAsia sabe que esos jóvenes necesitan cuidados pastorales para crecer como discípulos en el ministerio. Necesitan apoyo para su ministerio, como planificación, revisión, retroacción y formación continuada, especialmente cuando se ven obligados a trabajar solos. Martín y James cuentan con el apoyo de Fondacio para llevar adelante los programas y conseguir financiación.

Cuando es necesario, misioneros expertos proporcionan orientación y apoyo a los jóvenes alumnos para asegurar el desarrollo de su misión. Jóvenes voluntarios, principalmente de Europa, dedican de varios meses a un año apoyando y compartiendo sus habilidades –lengua, computación, administración- con los alumnos de IFFAsia. Mediante este intercambio, también los voluntarios toman conciencia de las realidades de la misión y se crea un sentido de solidaridad mutua.
IFFAsia revisó recientemente sus programas para ofrecer dos vías de especialización que ayuden a los jóvenes a responder mejor a las necesidades de la misión. La vía del liderazgo social se centra en el desarrollo comunitario, en los proyectos de subsistencia y en el fenómeno de la migración, los refugiados y el tráfico de seres humanos. La vía del liderazgo pastoral se enfoca más hacia el ministerio con la juventud, la vida de familia y la alegría del Evangelio.
“A través de todo esto, queremos llamar a los jóvenes y a los laicos a una amistad viva y aun discipulado con Jesús, para ayudarles a descubrir que la misión cristiana es parte de sus vidas y que estamos en Fondacio para apoyarles en todo lo que podamos”, concluye Alice Tan.


COLOMBIA
Misión entre los ‘ensoñadores’

‘Ensueño’ es el nombre que el padre Manolo Martínez ha dado al barrio de invasión que nació hace cuatro años dentro de su parroquia, Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, en el  sector Alpes de Bogotá. El sueño de sus habitantes es encontrar una sencilla casita en la que vivir en paz, libres de la violencia que cada año se cobra numerosas vidas en la zona. En medio de la inseguridad y la desconfianza, se están creando espacios de humanidad, donde la gente pueda compartir problemas y esperanzas.
Por Hno. Alberto Degan

La gente que invadía el barrio”, nos informa el padre Manolo, “venía de todas partes del país. Los otros los llamaban ‘invasores’, pero yo propuse otro nombre: ‘Ustedes son ensoñadores’, dije, ‘porque sueñan con tener un lugar en el que vivir una vida digna’. Así el barrio recibió el nombre oficial de ‘Ensueño’. El problema principal que vive esta gente es que pagaban sus lotes pero no les dejaban papeles, y así hasta hoy corren el riesgo que los desalojen. Otro gran problema es el de la violencia: en estos cuatro años ha habido muchos muertos. Por el otro lado, Ensueño es un barrio muy acogedor. Aquí todos encuentran refugio: no se excluye y no se rechaza a nadie”.
Entre los ensoñadores hay muchas familias: algunas desplazadas, y cada una con su historia de lucha y de dolor. Entre las ensoñadoras hay mujeres solas – abuelas o viudas – que sacan adelante familias con tres o cuatro hijos o nietos.

El sueño de esta gente es muy sencillo: encontrar un techo y una casa en la que vivir en paz. Y así cada uno ha construido su casita de lámina y madera sobres estos montes empinados y escabrosos, tan empinados que parece que estas casitas – frente a una fuerte lluvia - podrían deslizarse. También nuestra capillita está construída sobre un pequeño barranco.
Recrear el tejido comunitario
Aquí la gente viene de distintas partes - Chocó, Buenaventura, Tolima, Boyacá - y no se conoce; además, hay muchos hurtos, y así muchas veces prevalece la desconfianza recíproca

En estos últimos meses hemos conformado un grupito de mujeres afro: con ellas nos reunimos alrededor de la Palabra de Dios, y redescubrimos la belleza de sentirnos vecinos, de poder hacer algo juntos, de poder volver a confiar la una en la otra. En medio de un contexto en el que parece prevalecer la indiferencia y la violencia, hay que crear espacios de humanidad en donde la gente sienta que podemos hablar libremente de nuestros problemas y compartir nuestras esperanzas.
Cancelados del mapa
Tommaso, un amigo italiano, me ha dicho que ha intentado ver en google maps dónde queda el barrio Ensueño y no lo ha encontrado. Simplemente, este barrio no existe en el plano de la ciudad. Porque los pobres, para el sistema dominante, no existen: son invisibilizados. Estos desplazados, estos ensoñadores han sido borrados de los mapas y de la agenda política de los partidos: nadie se preocupa por ellos. Entonces, estar al lado de los pobres significa, ante todo, salvarlos de la no-existencia, mostrando sus rostros y contando sus historias.

En cierta manera, el barrio Ensueño nos revela la verdadera imagen del sistema que rige al mundo; por eso, no quieren mostrárnoslo en los mapas de google. Estas chozas construidas sobre cuestas empinadas que – frente a una fuerte lluvia - podrían deslizarse, son la representación ‘plástica’ de la ideología dominante, según la cual los pobres son ‘borrables’: los puedo explotar por un breve tiempo pero son fundamentalmente ‘deslizables’: podrían caer en el barranco, y para nosotros no cambiarìa nada: la polìtica no se ocupa de esta gente, porque piensa que hay cosas màs importantes...
Gente apasionada
A pesar de todas estas dificultades, cada vez que entro en el Ensueño, asisto a un milagro: estos pobres, que viven bajo la costante amenaza de ser desalojados, me transmiten... alegrìa. En ellos percibo una paciencia, una fuerza y un amor a la vida que no percibo en otros lugares: entre los jòvenes, los niños y los adultos.

En las celebraciones de la Semana Santa, dijimos que la palabra ‘pasión’ indica un amor fuerte, dispuesto a sufrir y a dar la vida. Y yo le doy gracias a Dios, porque en el Ensueño hay mucha pasión. ¡Cuántas fatigas y sufrimientos han aceptado los habitantes de este barrio, los ensoñadores, por amor de sus hijos y de su familia! La ‘pasión’ de esta gente, y su capacidad de resistencia, es sin duda un signo de resurrección, que me da esperanza.
Otras iniciativas
Cuando los habitantes del Ensueño se quejan que nadie piensa en ellos, por un lado tienen razón: no existe ningún proyecto político para estos barrios, nadie que se interrogue sobre qué se puede hacer para mejorar las condiciones de vida de esta población. Por el otro lado, sin embargo, tantas pequeñas iniciativas apuntan a romper el círculo de la soledad y de la desesperanza. Por ejemplo, al comienzo del año escolar, con la ayuda de algunos jóvenes voluntarios, hemos dado vida a una iniciativa de refuerzo escolar dirigido sobre todo a los niños afro del barrio. Además, hemos conformado un grupo de jóvenes afro, para ofrecerles un espacio ‘sano’ de encuentro, en el cual reflexionar sobre la situación de los jóvenes negros en los barrios marginales, ayudándoles a tomar conciencia de algunas injusticias y algunas problemáticas, y buscando juntos pistas de acción.
Transformar el dolor
Orando delante del Cristo negro de Bojayá, que se quedó sin brazos y sin piernas después de presenciar una masacre de decenas de personas, el papa Francisco dijo que este “Cristo roto y amputado... nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él aprendamos la fuerza del perdón y la grandeza del amor”.
Los pobres son de verdad maestros en la transformación del dolor. De hecho, sería imposible seguir viviendo en estos barrios marginales si la gente no lograra transformar todos los sufrimientos y heridas acumuladas a lo largo de tanto tiempo.

Cuando el apóstol Tomás pone sus dedos en las llagas de Jesús, siente el palpitar interior del Resucitado, algo que quien mira desde lejos sin dejarse involucrar nunca podrá percibir” (B. Gonzàlez-Buelta). De las heridas de Jesús sale una energía irrefrenable; una vitalidad que no se rinde a la muerte y va en búsqueda de nuevos senderos; una fuerza humanizadora capaz de transformar nuestro dolor en una esperanza audaz, en un anhelo irreprimible de paz y solidaridad, en un deseo abrumador de belleza que derrota toda injusticia y toda maldad.
Y pienso: ‘Es verdad, en el Ensueño hay tantas personas heridas, tantas historias de dolor, pero si Dios nos ayuda a transformarlo en un enèrgico deseo de fraternidad, ¡qué gran potencialidad de vida! ¡qué horizontes de inimaginable belleza y humanidad se podrán abrir en nuestro barrio!’
¡Que Dios nos ayude a ser aquellos verdaderos ensoñadores de lo que El tanto necesita!


BURKINA FASO
Proyecto CLIMA, una apuesta agrícola con sentido

La extensión del acaparamiento de tierras, más el escaso rédito que genera la agricultura, está provocando que el campo burkinés se vacíe. Para hacer frente a este fenómeno, los Hermanos de La Salle en Burkina Faso han puesto en marcha un proyecto que pretende hacer atractivo el sector primario en el país.
Por Josean Villalabeitia

Lo más llamativo de cuanto ha ocurrido en los últimos tiempos en el Centro Lasaliano de Iniciación a los Oficios Agrícolas (CLIMA, por sus siglas en francés), de Beregadugú (Burkina Faso), ha sido la visita del ministro de Recursos Animales y Pesqueros, Sommanogo Koutou, con su variopinto séquito de autoridades. La aparición de la noticia en la televisión estatal y en varios periódicos de la región ha permitido al CLIMA gozar de cierta relevancia pública que este centro de formación, perdido en un rincón de la sabana burkinesa, apenas conoce.
Sin embargo, lo que sí impresiona es la historia del nacimiento del centro, que relata con simpatía su actual director, el hermano Abel Dembelé, un entusiasta ingeniero agrícola que ha vivido muy de cerca el desarrollo del CLIMA, desde su concepción, hace ahora unos 15 años: “Los Hermanos de La Salle queríamos comprometernos en la educación de los pobres de nuestra tierra, según nos recomienda nuestro carisma. Lo teníamos muy difícil en las escuelas, ya que el Estado únicamente sostiene la educación pública. Por ello, nos planteamos que fuera de las escuelas también podíamos servir a los pobres mediante la educación; y, entre los más pobres y desamparados de nuestro país los agricultores ocupan un lugar destacado”.
A estos primeros datos se añadían algunos más, según Dembelé: “Tras un discernimiento prolongado, vimos la trascendencia de la agricultura para nuestra gente, en un momento en el que el mundo rural se halla en declive, mientras las multinacionales tratan de hacerse con tierras de cultivo para explotarlas de acuerdo con sus intereses globales, que nada suelen tener que ver con las necesidades de la población local”.
Una escuela diferente
Se quería un centro de formación, pero no una escuela profesional al uso. El objetivo iba a ser jóvenes –casados o no– que, tras dejar la escuela, se afanasen por los vericuetos de la agricultura y la ganadería. Se trataba de dar una respuesta apropiada a las dificultades y problemas que encontraban todos los días, y abrirles caminos a nuevos planteamientos que les permitieran obtener mejores resultados. Ello exigía que estuvieran internos en el Centro durante, al menos, una campaña agrícola.

En esa fase localizaron una amplia propiedad del Estado burkinés que hasta la revolución de Sankara había servido para una explotación piscícola. La falta de agua, junto con el aumento de los gastos para procurársela –bombas, canalización, combustible…– dieron al traste con el proyecto, de modo que sus tierras quedaron abandonadas. Así que se iniciaron las gestiones para hacerse con el terreno. La propiedad se hallaba en las afueras de Beregadugú, al sudoeste de Burkina Faso, cerca de la frontera marfileña.
Todo lleva su tiempo, y más en las Administraciones africanas, pero el navío terminó por llegar a buen puerto, de manera que el terreno pasó a manos de los Hermanos de la Salle y pudieron comenzar las obras. Concluía el año 2003 cuando el proyecto recibe su nombre: CLIMA que, como se ha apuntado, nada tiene que ver con el significado de sus siglas en castellano. En abril de 2007, con todo a punto, pudo recibirse a los primeros alumnos, con sus niños, para el primer curso, que finalizaría en vísperas de Navidad del mismo año.
A cada alumno le esperaba una casita capaz de acoger a una familia de varios miembros, con agua, una letrina, energía eléctrica, cocina y huerto.
En verano de 2017, cuando visitamos el Centro, los alumnos eran 17, entre solteros y casados.
Alumnos de hoy y de mañana
La organización del trabajo en el CLIMA es muy sencilla. El Centro imparte una formación intensiva muy concreta, en relación con las explotaciones agropecuarias más importantes de la región. En el dominio agrícola, maíz y plátanos; en el ganadero, gallinas y cerdos. Algunos días, pocos, tienen clases teóricas sobre agricultura; los demás, van al campo a trabajar.

El Centro encarga por parejas –un matrimonio o dos alumnos solteros– el cuidado de una finca de media hectárea, para lo que aporta herramientas, semillas y demás productos necesarios; además, es el CLIMA el que decide lo que hay que plantar allí. En este cultivo obligatorio se practica lo recibido en clase.
La cosecha de estos huertos, permanentemente supervisados por los profesores, quedará en el CLIMA y constituirá el alimento principal de los alumnos del año próximo, de la misma manera que los alumnos se alimentan este curso de lo que cultivaron los alumnos del año pasado.
Y luego cada cual puede solicitar al Centro el terreno que desee para cultivar, decidir qué pone en él y trabajar para su propio provecho.
Como complemento educativo, al final de la tarde se dan cursos de puericultura, higiene y francés. El Centro cuida también, de manera particular, la formación cristiana de los interesados, además de asegurar una Eucaristía semanal, tiempo para la oración y otras actividades relacionadas con la evangelización.
Dentro del equipo del Centro está un hermano enfermero que desarrolla una actividad muy apreciada por los alumnos del CLIMA –en especial las madres con sus niños– y la población de los alrededores.
Un complemento muy interesante son las explotaciones agropecuarias, pensadas para la autosuficiencia económica del Centro, aunque sin olvidar su benéfica influencia en los alumnos más lanzados. Así, el CLIMA ha montado varias explotaciones, de manera más o menos industrial, de lechones, gallinas ponedoras, pintadas así como una piscifactoría con tilapias y peces gato africanos.
Los alumnos visitan estas explotaciones, conocen en ellas nuevas técnicas agropecuarias –como el riego por goteo o formas para incubar huevos–, aprenden los secretos del éxito en cada especialidad, y alguno hasta se anima a intentarlo.
Por otro lado, estos últimos años el CLIMA ha comenzado una fructífera colaboración con las universidades burkinesas especializadas en agricultura y ganadería. De hecho, recibe todos los años a varios universitarios que disponen de tierras y granjas para completar sus estudios.


MOZAMBIQUE 
Escuela Politécnica Comunitaria Femenina

Con casi 20 años de vida, la Escuela Politécnica Comunitaria Femenina de Nacala, que dirigen las Misioneras Combonianas, se ha convertido en una referencia en el país. Su objetivo es formar a la mujer mozambiqueña, un reto para un país en el que las jóvenes tienen dificultades para acceder a una educación de calidad. 

Por  P. Jaume Calvera
 


Nacala  es una ciudad portuaria situada al noreste de Mozambique, en la costa del océano Índico, en la provincia de Nampula. Sus 165.000 habitantes hacen de esta ciudad la cuarta más poblada del país. La urbe ha crecido a lo largo de unos 15 kilómetros de costa y en estos últimos años ha cobrado mucha actualidad debido a la construcción y puesta en funcionamiento de una terminal para la descarga de carbón que, transportado en tren desde las minas de Moatize en un recorrido de casi 1.000 kilómetros, ha dado al puerto y a la ciudad un empuje industrial considerable. La carretera de entrada a la ciudad está rodeada de grandes naves industriales, típicas de las zonas portuarias. A la industria del carbón se le añaden la del cemento y la que procesa nueces del anacardo. En medio de este ambiente portuario, en el barrio de Ontupaia, donde predomina un tipo de viviendas sencillas habitadas principalmente por trabajadores del puerto, surge un espacio donde el orden, la limpieza y la alegría juvenil rompen el ambiente más bien sucio y desestructurado de la zona. Es la Escuela Politécnica Comunitaria Femenina de Nacala. Después de cruzar una amplia cancela se tiene la impresión de haber entrado en un lugar diferente del resto del barrio. En primer lugar sorprende el bullicio de un nutrido grupo de chicas jóvenes que, después de las clases, están ocupadas en diferentes labores: lavan su ropa, pasean por las instalaciones del recinto, simplemente juegan o se entretienen... Edificios bien definidos, parterres que marcan con claridad lo que es jardín y lo que son paseos y una serie de edificios hexagonales con un original techo construido con ladrillos destinados a dormitorio de las alumnas. Entrando más adentro está la casa donde vive un grupo de seis misioneras combonianas, encargadas de que la Escuela funcione y de que todas las chicas reciban una formación integral adecuada. Casi 20 años de historia La Escuela Politécnica Comunitaria Femenina de Nacala nació en 1998, con tan solo 25 alumnas; hoy tiene 350. Las Misioneras Combonianas detectaron que era necesario dar un mayor espacio a la educación de la mujer para que mejorara su nivel académico y se incrementaran sus expectativas futuras. La Escuela, como su largo nombre indica, ofrece primordialmente estudios técnicos; conserva un espíritu comunitario que se mantiene gracias a una buena colaboración entre las misioneras combonianas, los 21 profesores que componen la plantilla docente y las alumnas, de las que 191 son internas y 159 externas. El centro es exclusivamente femenino porque las combonianas han querido privilegiar la educación en el ámbito de la mujer. De hecho, es la única escuela femenina en todo Mozambique. En estas casi dos décadas de existencia, el centro no ha dejado de crecer hasta llegar al número actual de alumnas. Son muchas las solicitudes de entrada, pero el espacio disponible limita a 80 las admisiones anuales. Los estudios técnicos, que empezaron en 2005, tienen una duración de tres años. Tal como están planteados, posibilitan que las chicas encuentren trabajo más fácilmente de cara al futuro. La oferta actual incluye cursos de Contabilidad, Matemáticas y Gestión Administrativa. Además, tanto externas como internas, pueden completar varios cursos de Secundaria. La mayoría de alumnas proceden de la provincia de Nampula, aunque también las hay de Tete, Maputo y Cabo Delgado. La situación y el origen de su entorno es tan variado como su procedencia: llegan a Nacala chicas con familias estructuradas,  otras de hogares monoparentales y no son pocas las que han crecido con sus abuelos porque son huérfanas. 

Una comunidad misionera

  Las Misioneras Combonianas llegaron a Mozambique en 1954. Son en la actualidad 48 hermanas en todo el país, distribuidas en 12 comunidades. La Escuela Politécnica es una de las perlas que cultivan con especial cariño. Las seis hermanas que forman la comunidad –tres italianas, una ecuatoriana, una etíope y una costarricense, la Hna. Maureen Ivana Mora Agüero, que actualmente es la directora del centro– están directamente implicadas en la gestión del centro. Excepto los 21 profesores que conforman el claustro, apenas tienen personal externo para el funcionamiento de la escuela. Tres de las religiosas imparten clases de Inglés, Biología, Técnicas de Estudio, Comunicación Social y Moral e Informática. Las otras tres hermanas se ocupan de labores más domésticas, como la enfermería o las labores de mantenimiento y orden. Para hacer todo esto posible, la escuela –que es propiedad de las Misioneras Combonianas– cuenta con algunas ayudas que reciben del Estado, especialmente el pago de los salarios de los profesores, y la colaboración de bienhechores que apoyan el proyecto. La Escuela Politécnica Comunitaria Femenina, mantiene una clara línea de formación cristiana, aunque entre sus alumnas haya jóvenes musulmanas, dado que en la ciudad de Nacala y en algunos de los lugares de origen de las chicas, la mayoría de la población es musulmana. Este grupo de seis combonianas se ocupan de la educación religiosa tanto en la escuela como en la parroquia de Nacala. 

Formación integral 

Hablamos al final del día con la directora de la escuela, la Hna.  Maureen Ivana Mora Agüero, que como todos los días ha desarrollado una intensa actividad escolar y extraescolar. “Los estudios que ofrecemos son para que las muchachas puedan salir con una buena preparación teórica y práctica para poder encontrar trabajo enseguida y ayudar así a sus familias”, nos dice la directora, convencida de la validez de este trabajo. Aunque el plan de estudios incluye asignaturas obligatorias como Portugués, Biología, Química y Matemáticas, más otras optativas como Mecanografía, Agropecuaria o Informática, Maureen Ivana subraya que en un ambiente portuario como Nacala, Contabilidad tiene un espacio muy importante en el currículo, y se abre a otras posibilidades: “Tratar más sobre temas aduaneros ante una realidad cambiante como la que se experimenta en el próspero puerto industrial de Nacala”. El bullicio normal de una escuela con internado se va apagando poco a poco al final del día. Las internas se han ido a dormir. Mañana después del desayuno, empezará una nueva jornada. Las alumnas formarán en el patio durante el izado de la bandera de Mozambique. Uno de los profesores guiará una corta oración y la directora se dirigirá a las jóvenes con palabras de aliento que se renuevan día a día: “Cuando salgáis de la escuela os van a respetar por lo que sois y por lo que sabéis”. 


SUDÁN DEL SUR 

Misión en medio de la guerra

El pueblo de Sudán del Sur ha sufrido los estragos de la Guerra más allá de todo lo soportable. El país obtuvo su independencia del norte árabe en 2011 después de una guerra civil de 21 años, pero continúa sufriendo debido a la lucha por el por de sus propios líderes. En medio de este drama, la población puede contar con el apoyo de los misioneros y de la comunidad internacional, que actúa a través de sus agencias. 

Por  P. José António Mendes Rebelo, mccj. 

Al llegar al aeropuerto de Juba, capital de Sudán del Sur, se observa que la gran mayoría de los aviones aparcados alrededor de la pista de aterrizaje pertenecen a agencias de las Naciones Unidas y a organizaciones no-gubernamentales internacionales. La misión de la ONU en el país está compuesta por 13.490 uniformados y más de 1.000 civiles desplazados para garantizar la seguridad en los numerosos campamentos para desplazados a causa de la guerra civil y para mantener las operaciones humanitarias de ese organismo. Además, más de 100 organizaciones internacionales ofrecen ayuda humanitaria y asistencia al desarrollo en distintas zonas de Sudán del Sur.
El país va hacia atrás. Juba, de tener 60.000 habitantes ha pasado a más de 1 millón. Sus calles están llenas de agujeros y no son recomendables para el tránsito de vehículos pequeños. No hay electricidad y en la noche es una ciudad oscura. El petróleo escasea, aunque el país sea productor del mismo; pero no tiene refinerías y el crudo sale a través de un oleoducto hasta Port Sudán, en país vecino del norte, y vuelve ya refinado a través del puerto keniano de Mombasa, a unos 1600 kilómetros al sur.  

La única esperanza 

La causa principal de la situación de pobreza e inestabilidad que sufre Sudán del Sur es la lucha por el poder entre los principales líderes del país: el presidente Salva Kiir y su antiguo primer vice-presidente Riek Machar, pertenecientes a los dos principales grupos étnicos, Dinka y Nuer respectivamente. Los enfrentamientos entre las tropas leales a cada uno de ellos ha causado cientos de miles de muertos y el desplazamiento de más de un millón de personas de uno y otro bando hacia los países vecinos. A lo largo de los años, los misioneros han permanecido junto a la gente, sufriendo privaciones y adversidades; a veces han tenido que poner en riesgo sus vidas para mantener la esperanza entre la población. El P. Daniel Moschetti, hasta hace poco superior provincial de los Misioneros Combonianos en Sudán del Sur, afirmaba: “Estamos con la Iglesia local, el único punto de referencia y esperanza para mucha gente traumatizada y aterrorizada por la violencia y los saqueos. Las personas vienen a nosotros y a las parroquias en busca de protección cuando son atacadas”. Los misioneros no son inmunes al miedo. En una carta escrita después de uno de los frecuentes ataques, el P. Raimundo Rocha, un comboniano brasileño que vive en Juba, compartía sus sentimientos: “En una situación de conflicto e intensos combates, cada persona reacciona de una forma diferente. Sin embargo, un sentimiento común es el miedo: miedo a ser atacado físicamente, a ser alcanzado por una bala perdida o un misil, a ser robado, o a ver tu casa asaltada y destruida, y el miedo a la muerte.  Es una reacción muy humana”. 

Misión entre los nuer 

La población de Sudán del Sur viene a ser de 11.500.000 personas, pertenecientes a 64 tribus distintas. Los dinka son unos 4 millones y los nuer 1.500.000. Estos últimos viven en áreas rurales porque son agricultores y ganaderos.  De las 10 comunidades que los Misioneros Combonianos tienen en el país, dos están en la diócesis de Malakal, entre los nuer: Old Fangak y Leer. Los nuer son uno de los puntos focales en la guerra. El Unity State (Estado de la Unidad) y el Upper Nile State (Estado del Alto Nilo) son las dos regiones productoras de petróleo sobre las que depende la economía de Sudán del Sur y son, a la vez, las fortalezas del líder nuer Riek Machar. El gobierno del presidente Salva Kiir, con la ayuda de mercenarios de Darfur, atacó esos dos estados a principios de 2014. Los misioneros –padres, hermanas y hermanos- tuvieron que abandonar la misión de Leer y ocultarse en la selva con grupos de cristianos hasta que fueron evacuados tres semanas más tarde. Poco tiempo después volvieron a la misión de Leer, pero tuvieron que volver abandonarla al año siguiente porque la ciudad estaba bajo constantes ataques. Los misioneros han continuado con sus actividades pastorales desde Nyal, un  poblado situado en un rincón de la misión y protegido por zonas pantanosas. Nyal era una pequeña localidad, pero ahora se ha convertido en una ciudad porque muchas personas que huyen de la guerra han encontrado refugio allí. Se calcula que tiene más de 55.000 habitantes. La misión tiene unas 250 comunidades, muchas de ellas en pequeñas islas en medio de los pantanos. Para visitarlas, los misioneros se trasladan a pie o en canoa. Old Fangak, la otra misión entre el pueblo nuer, no fue tan directamente afectada por la guerra por encontrarse rodeada de pantanos. Su territorio tiene unos 100 kilómetros de largo y 50 de ancho. La población es de 120.000 personas, diseminadas en numerosos poblados. Las comunidades cristianas de la misión son unas 60, agrupadas en 21 centros con capilla y otras estructuras, que los misioneros visitan con cierta frecuencia. Las comunidades están lideradas por un catequista y por un comité de personas elegidas por los cristianos para encargarse de las cosas prácticas. El catequista dirige la oración dominical, enseña el catecismo y preside las reuniones de la comunidad. El P. Cristian Carlassare, un misionero comboniano italiano destinado en Old Fangak, donde trabaja con el P. Gregor Schmidt, alemán, y el P. Alfred Mawadri, ugandés, comenta: “La Iglesia en Fangak comenzó en los años 1979-80, pero la verdadera expansión se produjo entre 1989 y 1991. Era una Iglesia de laicos –nunca habían tenido entre ellos a un sacerdote- y los catequistas, que habían conocido el cristianismo trabajando en Jartum, comenzaron sus propias comunidades. Querían compartir el Evangelio, pero también ser líderes de las comunidades; los nuer quieren ser líderes y no tener a nadie por encima de ellos”. El primer sacerdote en llegar a la zona en 1997, primero de visita y después para quedarse, fue el misionero comboniano italiano P. Antonio La Bracca. “Fue una gran ocasión para nosotros entrar en este tipo de nueva misión, en una Iglesia que ya estaba allí gracias al compromiso de los laicos”, –señala el P. Cristian. “En otros lugares ya existía la misión, la iglesia, la escuela, el hospital, etc. Aquí había una Iglesia que nos pedía que se le predicara el Evangelio, no trabajo de desarrollo humano. No había ni estructuras ni mentes colonizadas. Estaban deseando recibir formación y orientación”. 

Misión en los pantanos 

La evangelización entre el pueblo nuer se lleva a cabio a través de “safaris”. Como la población se encuentra diseminada a lo largo y ancho de una extensa región, los misioneros se ponen en camino para visitar los distintos centros sin volver a la misión central por un largo período de tiempo. Normalmente, se quedan en cada centro durante una semana y seguidamente se trasladan al siguiente, caminando entre 20 y 30 kilómetros y acompañados por guías locales para evitar perderse en los bosques y pantanos. Durante los “safaris”, los misioneros preparan a los cristianos y catecúmenos para recibir los sacramentos, confiesan y celebran la Eucaristía, imparten cursos de formación para los catequistas y otros líderes, etc. La guerra es una tragedia. Muchas personas han tenido que abandonar sus casas y campos, y se esconden en las zonas pantanosas. Hay una gran necesidad de sanación y reconciliación, fe y esperanza. La gente encuentra fuerza en Jesucristo y su mensaje, la fe les da esperanza. La guerra también ha alterado el trabajo de los misioneros y creado nuevas necesidades que exigen una respuesta pastoral. El P. Fernando González Galarza, comboniano mexicano con muchos años de experiencia en Sudán del Sur, dice: “Hemos estado organizando oraciones y misas especiales por la paz y la reconciliación. Hemos dado cursos sobre la sanación de traumas, especialmente para los jóvenes, y convocado marchas por la paz. Estamos ayudando a las comunidades a superar la ira y a no perder la esperanza”. Esta no es una misión fácil y no todo el mundo tiene el valor para vivir en una situación tan precaria. El P. Fernando explica: “Esta es nuestra vocación. Nuestra vida es permanecer junto a las comunidades, disfrutando el estar con ellas, rezando con ellas y trabajando juntos por el Reino de Dios. Nos damos el ciento por cien a los nuer y a nuestra labor en medio de ellos”.




                                                                        La misión en Asia hoy

Un misión en transformación continua. El compromiso de proclamar la verdad y la justicia. Los migrantes como testigos del Evangelio. Hablamos sobre la misión hoy con el cardenal Luis Antonio Tagle, Arzobispo de Manila y Presidente de Caritas Internacional. 

M. – South World   

¿Qué tipo de misión es posible hoy? 

Creo que la respuesta a esta pregunta se puede dar en dos niveles diferentes. Primero, la misión es siempre “posible” porque es una acción del Espíritu Santo y un mandato que viene de nuestro Señor Jesucristo. Es, por lo tanto, una parte integrante de nuestro ser discípulos. Ir a todos los pueblos para compartir con ellos el Evangelio es un hecho que se hace posible por nuestro ser discípulos guiados por el Espíritu Santo. El discípulo, hombre o mujer, anuncia a todos la Buena Noticia del Señor, a quien ellos han escuchado y tocado. Todo encuentro humano es, por lo tanto, una posible misión. Junto con eso – y este es el segundo nivel– nosotros necesitamos hoy estudiar y entender cómo está cambiando el escenario global. Con los muchos fenómenos que vemos desarrollarse en el mundo, especialmente el miedo a “los otros” o a los extranjeros y también la violencia, debemos encontrar maneras de ser misioneros de la bondad y la misericordia de Dios. Creo que este mundo herido en que vivimos ha hecho incluso más posible y urgente el compromiso de los cristianos a proclamar la verdad, la justicia, la misericordia, el amor y la paz, que son las cosas que más necesita la humanidad hoy.  

 ¿Está cambiando el papa Francisco la manera de pensar sobre la misión? 

El papa Francisco nos está recordado continuamente los principios y el estilo de misión que han acompañado a la Iglesia desde el Concilio Vaticano II e, incluso, antes de él. En un sentido, el Papa no ha “inventado” nada nuevo sobre la misión. Podemos ver como él ha reformulado orientaciones que ya se encuentran en los documentos del Vaticano II y en la exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi” del papa Pablo VI. El papa Francisco nos ofrece nuevas expresiones e imágenes que expresan esas mismas enseñanzas en una forma diferente, más adaptada al mundo de hoy. Por eso las consideramos sus “aportaciones personales” a la misión. Por ejemplo, la imagen de la Iglesia misionera que es capaz de ir más allá de sí misma, una “Iglesia en salida”, una Iglesia que va a las periferias existenciales antes que permanecer en un centro o asiento de poder y comodidad, una Iglesia que se manifiesta jubilosa en su misión, una Iglesia que se compromete a ir al encuentro de la persona y no permanecer atada por la burocracia. Estas ideas no son, pero la forma en que se expresan ahora pertenece verdaderamente al papa Francisco. Y, por encima de todo, él vive esas enseñanzas, sin a hablar de ellas. 

¿Cuáles son los nuevos caminos que la misión en Asia está siguiendo hoy? 

La declaración fundamental y programática ya pronunciada por los obispos de Asia en 1974 es todavía válida para la misión en este continente hoy: el modo de ser misioneros en Asia es el del diálogo. El diálogo de vida se lleva a cabo en tres áreas principales: con las distintas religiones, con las culturas y con los pobres. Es una visión que no ha perdido nada de su relevancia. Sin embargo, hay nuevos elementos que se derivan de las situaciones emergentes en el Asia contemporánea: un creciente fundamentalismo religioso y político, el terrorismo organizado,  la migración de personas, el tráfico humano, las nuevas formas de esclavitud, la polución del medioambiente, la debilitación de las culturas asiáticas tradicionales, la influencia de los medios de comunicación y la tendencia a dejar que la tecnología y la ciencia remodelen la vida diaria. Estas son algunas de las nuevas religiones y nuevas pobrezas con las que nos encontramos hoy. ¿Cómo podemos dialogar con ellas? ¿Cómo podemos fortalecer una cultura de diálogo en un mundo que está fundamentalmente dividido? Estas preocupaciones ocupan un lugar central en nuestra reflexión sobre la misión en Asia hoy. 

¿Cómo vive la Iglesia Filipina la misión ad gentes? 

Hay un tiempo para recibir y un tiempo para compartir y dar. No recibimos el Evangelio para quedárnoslo; al contrario, lo recibimos solamente para ser capaces de compartirlo un día. Ahora es el tiempo de hacer crecer este regalo en una tierra nueva. Esto es imperativo para la Iglesia en las Filipinas dado que la mitad de los cristianos de toda Asia se encuentra en este país. Desde dentro de nosotros, deben salir más misioneros para Asia y el resto el mundo. Sin embargo, también hemos entendido en años recientes que nuestros mejores misioneros son nuestros trabajadores migrantes. Ellos dejan nuestro país en busca de trabajo, pero siempre encuentran una misión en los sitios donde van a trabajar. Gracias a ellos, las iglesias están llenas de fieles, música y sonrisas. Necesitamos darles una formación sólida para que puedan ser verdaderos misioneros dondequiera que vayan.  




                                                                                  COLOMBIA

                                                                      Pequeñas comunidades afro

El P. Franco Nascimbene lleva ya casi tres años viviendo en el barrio El Oasis de los Altos de Casucá, en Soacha. Desde su llegada, se ha dedicado a visitar las cerca de 500 familias afro del sector y con un grupo de ellas ha nacido una comunidad cristiana que se reúne cada semana. Últimamente, se han ido creando otros grupos en distintos lugares de la zona que permiten vislumbrar el futuro con esperanza.

 Francisco Carrera

 Los miembros de la pequeña comunidad, acompañados por el P. Franco, leen y estudian la Biblia, reflexionan juntos sobre la historia del pueblo negro, han creado un fondo común que  les permite apoyarse unos a otros en caso de necesidad, ayudar a otras personas y financiar sus actividades. También celebran periódicamente Eucaristías con elementos y ritmos afros. Después de un año de camino, tres de los miembros de la comunidad aceptaron la propuesta de comprometerse como catequistas y junto con unas Hermanas comenzaron, de acuerdo con el párroco de la zona, unos grupitos de catequesis afro de primera comunión y de confirmación. Hace unos meses, 13 adolescentes afro recibieron junto a otros jóvenes del barrio el sacramento de la confirmación de manos de Mons. José Daniel Falla Robles, obispo de Soacha. De vez en cuando, se organizan actividades conjuntas para muchachos y adultos afros y mestizos de la zona para que no se aíslen,  sino se enriquezcan mutuamente a partir de las riquezas propias de cada cultura. Desde el mes de enero de este año, está en proceso la formación de un  grupo afro con los chicos y chicas que recibieron la confirmación recientemente. Dos estudiantes Combonianos que están subiendo al barrio todos los fines de semana colaboran en este proyecto de pastoral juvenil. 

Dificultades
 

El P. Franco explica que, durante estos años de presencia en El Oasis, ha intentado promover otras comunidades afros en los alrededores del barrio, pero todas han fracasado tras  cuatro o cinco meses de encuentros. Según el misionero, existen dos problemas principales que dificultan el impulso de actividades comunitarias. El  primero es que casi todos los negros del barrio trabajan en el norte de Bogotá, lo que significa que cada día se añaden 5 horas de viaje, de pie en el bus, a las 8-9 horas laborales. Comprensiblemente, esto hace imposible cualquier tipo de actividades durante la semana. El segundo problema es el ambiente de racismo existente en el barrio,  que hace difícil para las personas negras conseguir casa y trabajo, e incluso viajar en el bus sin ser objeto de insultos. Eso las lleva a encerrarse y, a veces, responder con violencia a tanta  discriminación. Las cosas empeoraron cuando un grupo de paracos empezó a armar y a usar a jóvenes afros para el narcotráfico y la delincuencia, haciendo empeorar la imagen de los afros frente a los demás. En el último año, el P. Franco ha intentado abrir su experiencia de pastoral afro a nuevos barrios de la diócesis de Soacha: desde agosto de 2017 hay un grupito que se reúne en la parroquia de San Bernardino de Bosa y desde hace unos pocos meses hay otro grupo que se encuentra en la casa de pastoral de los Padres Jesuitas, en Altos de la Florida.  Se espera que ambos se puedan fortalecer a lo largo de 2018. 

Pastoral afro nacional 

Del 4 al 6 del pasado mes de diciembre, el P. Franco participó en Cali en un encuentro de delegados y delegadas diocesanos de Pastoral Afro, organizado por el departamento de Etnias de la Conferencia Episcopal de Colombia y celebrado en el Centro de Formación para la Evangelización y Escuela de Discipulado Misionero. Los delegados y delegadas dedicaron  un tiempo al intercambio de experiencias que están teniendo lugar en las distintas circunscripciones eclesiásticas donde se realiza un trabajo de pastoral afro en el país. Los participantes también se ocuparon en la preparación del próximo encuentro continental de pastoral Afro (EPA), que se tendrá del 15 al 19 de julio 2018 en la "San Buenaventura" de Cali con el tema de la profundización de la espiritualidad afro en todo el continente. Mons. Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali, que inauguró el encuentro, dijo sobre ese próximo EPA: “Espero que no sea un Encuentro de tradición sino de proceso, que enriquezca y proyecte… En los territorios ancestrales la participación afro en la Iglesia es buena, mientras que en los de llegada de los desplazados no se ve acogida, más bien desarraigo y división interna… Es una experiencia de mucha discriminación”. Se espera que en el EPA de Cali participen unos 250 delegados y delegadas de toda América y el P. Franco indica que la organización ha invitado a la diócesis de Soacha a que asista con una delegación de tres personas que lleven un tiempo en el proceso de la pastoral afro.  Experiencias anteriores atestiguan que los EPA dan a los participantes formación y les infunden un gran entusiasmo y ganas de seguir siendo promotores de pastoral afro.