Revista Digital
de los Misioneros Combonianos
en América

Fraternidad, Ecología y Evangelio: Ejes de la Misión en nuestro tiempo

Los tres canteros de Chartres y el sentido de la Misión en el nuevo mundo que está naciendo

El magisterio del Papa Francisco nos da elementos muy valiosos que nos orientan hacia una nueva síntesis, un nuevo horizonte misionero, una nueva “catedral” que, en este momento, constaría de dos grandes “naves” y una maravillosa “cúpula”: El sueño de una fraternidad universal (Fratelli tutti), en comunión con toda la creación (Laudato sì) y el Evangelio como alegría liberadora e iluminadora de todo el edificio (Evangelii gaudium).

Antonio Villarino Rodríguez - Bogotá

Muchos hemos escuchado la famosa historia de los tres canteros y la catedral. La recuerdo brevemente en una de las múltiples versiones que circulan por las redes sociales. Sucedió en Chartres, donde un número considerable de obreros se afanaban trabajando en lo que terminaría siendo la bellísima catedral de aquella ciudad francesa.
Dice la historia que un viandante curioso se acercó a uno de los canteros y le preguntó qué estaba haciendo, a lo que él respondió secamente: “¿No lo ves? Estoy picando una piedra”. El viandante siguió adelante y preguntó a un segundo cantero, que también estaba ocupado con una piedra, y le repitió la misma pregunta que al primero; pero el segundo trabajador le respondió con orgullo: “Estoy tallando una piedra para construir con ella un elegante muro”. En la misma zona, pero un poco más adelante, el caminante preguntó lo mismo a un tercer trabajador, el cual, levantando los ojos brillantes, le dijo con emoción y entusiasmo: “Estoy tallando una piedra que hará parte de la más bella catedral del mundo”.
Como he dicho, muchos hemos oído varias veces esta historia que nos ayuda a reflexionar sobre la importante diferencia que hay entre trabajar en algo concreto, pero sin sentido del todo, y realizar la misma obra, pero con un sentido global de la meta y el horizonte en el que se encuadran nuestras pequeñas o grandes acciones. Ciertamente es importante trabajar cada piedra en sí misma; con los planos del arquitecto no se construye nada si no se cuida una piedra tras otra. Pero tampoco se puede levantar una catedral sino existe un plano global y, además, el trabajo sobre cada piedra tiene más valor humano y da más felicidad cuando somos conscientes del por qué y el para qué de nuestro esfuerzo.
Pasando de la historieta a nuestra vida misionera, si, en el día de hoy, un periodista se acercase a nosotros, misioneros del siglo XXI, para preguntarnos a qué dedicamos nuestra vida, ¿qué responderíamos?
Un primer grupo probablemente diría: “Yo trabajo en una escuela popular”; “Yo organizo y hago funcionar una parroquia”; “Yo edito una revista”, y así sucesivamente hasta nombrar las muchas y múltiples actividades que realizamos en diversas partes del mundo, con mayor o menor acierto, con mejores o peores resultados, siempre con dedicación y generosidad. Pero quizá alguno dudaría a la hora de describir en qué “muro”, es decir, en qué opción ministerial se integraría esa “piedra” que está tallando.
Un segundo grupo quizá diría: “Yo me dedico a promover la justicia, la paz, el respeto a la Creación”; “yo trabajo en la pastoral afro o indígena”; “yo con los nómadas de África”; “yo me dedico a las periferias urbanas”… Estos misioneros tienen claro que trabajan en la construcción de un “muro”, es decir, una opción pastoral determinada o, como decimos ahora, una ministerialidad específica. Y dentro de ese “muro” incluyen con gozo tantas “piedras” o actividades que ellos y otros misioneros realizan.
Pero quizá un periodista avezado podría seguir preguntando un poco más a fondo: ¿Pero estos misioneros, que trabajan en tantas “piedras” preciosas, que construyen “muros” interesantes, a veces sólidos y bellos, no tiene un proyecto global en sus cabezas, un proyecto que integre todas las piedras y todos los muros en una bella catedral, armoniosa y llena de vida, que acoja a muchas personas y se eleve al cielo como un monumento de humanidad renovada e integrada?
En ese caso, el periodista se estaría preguntando por el sentido global de todo lo que estos misioneros hacen, la motivación profunda de lo que construyen y por lo que se fatigan. Se preguntaría por la motivación y el horizonte de la misión.

El horizonte en un nuevo paisaje

¿Cuál es el horizonte global de la misión hoy?  En cada época de la historia la Iglesia se ha hecho esa pregunta, renovando frecuentemente la respuesta o, por lo menos, la verbalización de la misma, según los cambios culturales y el mismo progreso de la misión y de la teología. Me parece que hoy en día tenemos bastante claras las “piedras”, es decir, las actividades concretas de la misión, y hasta podríamos decir que también están claros los “muros” u opciones ministeriales. Pero nos puede pasar como con aquel árbol al que se le secó la raíz; por algún tiempo siguió teniendo hojas y dando frutos buenos, pero poco a poco se fue secando, sus frutos se fueron agotando y murió. Ningún árbol puede dar fruto por mucho tiempo si se le seca raíz; de la misma manera, la misión dejará de dar frutos si se seca la raíz, es decir, la motivación profunda: el por qué y el para qué de la misma. O, usando otra metáfora, si no se avizora el horizonte hacia el que se dirige.
A lo largo de la historia, se ha ido definiendo este horizonte con algunos principios teológicos que eran evidentes en sí mismos (para aquel tiempo) y reflejaban en una determinada etapa de la historia la profundidad de las motivaciones y finalidades que movían a los misioneros a abandonar familia y patria y atravesar sin miedo ni pereza montes y ríos, culturas y lenguas. Algunos de estos axiomas cristalizaron en breves y contundentes expresiones: el mandato misionero de Jesús (“Vayan por el mundo, anuncien, bauticen”); “Salvar almas de la condenación eterna”; “Implantar la Iglesia”; “Dar a conocer a Jesucristo”; “Anunciar el Evangelio”; “Promover la justicia”; “Liberar a los más pobres y abandonados”; “Misión ad gentes”; “Misión inter-gentes”; “Misión a las periferias”; “Iglesia en salida”.
Toda esa variedad de expresiones, que han sido utilizadas en la misionología y que han motivado a miles y miles de personas, recoge y expresa distintas dimensiones de la misión, alguna de las cuales se enfatizaba más en una determinada época que en otra, según las cambiantes sensibilidades.  Pero hay que reconocer que la mayoría de ellas se han vuelto frágiles o demasiado parciales en los últimos años, restando contundencia y fuerza a la motivación misionera global, de tal manera que preferimos refugiarnos en los frutos concretos de la misión, los servicios que podemos prestar, valiosos en sí mismos (como una piedra bien tallada), pero sin saber muy bien qué “muro” contribuirán a construir o si saldrá de ahí alguna “catedral”, que perdure en el tiempo. Todo lo contrario de lo que experimentó San Daniel Comboni, quien, aunque su obra fuera pequeña y frágil, trabajaba para un proyecto fuerte, grandioso y claro. Por eso no tenía miedo a ser solamente el fundamento enterrado bajo tierra; no importaba, porque estaba seguro de que detrás de él vendrían otros que construirían la “catedral” que había soñado. Por eso creía que, aunque él moría, su obra seguiría adelante.
Cierto que establecer hoy ese horizonte global, el plano de la nueva “catedral” de la misión no es nada fácil, porque estamos en un período de transición en todas las dimensiones de la historia humana, incluida la misionología. Los combonianos -y otros institutos- llevamos años tratando de definir este horizonte global y, si acaso, hemos llegado a programar los “muros”, es decir, las opciones ministeriales. Pero nos cuesta soñar una “catedral”, un nuevo sueño de humanidad, que dé sentido y sea horizonte, que aunque lejano, da sentido a nuestros esfuerzos y dedicación, incluso cuando no se ven los resultados inmediatos.

Alumbrar un mundo nuevo (La propuesta del Papa Francisco)

Cuando estábamos en medio de lo más duro de la pandemia del Covid 19, muchas voces decían: Esperemos que salgamos de esto mejor de lo que entramos. No será fácil, porque, una vez superado el miedo, volveremos a lo de siempre: la desconfianza, el orgullo, el egoísmo, la exclusión, la indiferencia, la falta de fe... Pero el Evangelio es precisamente el anuncio de que algo nuevo ha nacido en el mundo (“el Reino está entre ustedes”) y de que algo nuevo puede nacer en cada época de la historia, como en un parto doloroso pero lleno de esperanza.
En este sentido me parece que el magisterio del Papa Francisco nos da elementos muy valiosos que nos orientan hacia una nueva síntesis, un nuevo horizonte misionero, una nueva “catedral” que, en este momento, constaría de dos grandes “naves” y una maravillosa “cúpula”: El sueño de una fraternidad universal (Fratelli tutti), en comunión con toda la creación (Laudato sì) y el Evangelio como alegría liberadora e iluminadora de todo el edificio (Evangelii gaudium).

1.- El sueño de una humanidad fraterna (Fratelli tutti)

El comboniano Ezequiel Ramín, cuya vida fue truncada en Brasil a los 32 años por violentos cazadores de tierra, es recordado por los campesinos de Cacoal, sobre todo, por una expresión que les repetía como un mantra: “Tengan un sueño en su vida”. Es que tener un sueño es muy importante para ser alguien. Si un sueño la vida se vuelve rutinaria, anodina y sin sentido. Por eso es tan significativa la encíclica del Papa que nos reta a acoger el sueño de una humanidad fraterna, una fraternidad universal.
El mismo Papa Francisco declaraba al respecto:
“Este es el momento para soñar en grande, para repensar nuestras prioridades —lo que queremos, lo que buscamos— y para comprometernos en lo pequeño y actuar en función de lo que hemos soñado. Lo que oigo en este momento es semejante a lo que Isaías le oyó decir a Dios a través de él: «Vení, hablemos sobre esto. Atrevámonos a soñar».
Hoy, más que nunca, ha quedado expuesta la falacia de convertir el individualismo en el principio rector de nuestra sociedad. ¿Cuál será nuestro nuevo principio? Hace falta un movimiento popular que sepa que nos necesitamos mutuamente, que tenga un sentido de responsabilidad por los demás y por el mundo. Necesitamos proclamar que ser compasivos, tener fe y trabajar por el bien común son grandes metas de vida que requieren valentía y reciedumbre; mientras que la vanidad, la superficialidad y la burla a la ética no nos han hecho ningún bien. La era moderna —que tanto desarrolló y proyectó la igualdad y la libertad— ahora necesita añadir, con el mismo impulso y tenacidad, la fraternidad para enfrentar los desafíos que tenemos por delante. La fraternidad dará a la libertad y a la igualdad su justa sinfonía”.
(Francisco, Soñemos juntos, Conversaciones con Austen Ivereigh, ed. Plaza y Janés, 2020, p. 6)
En el mundo de la globalización, super-inter-conectado, en el que puedo participar en reuniones en cinco continentes sin moverme de mi casa, las posibilidades de incrementar los conocimientos, cultivar los afectos, mejorar las relaciones, crecer como seres humanos… son casi infinitas. Pero también son muchas las trampas y las tentaciones auto-destructivas. El Papa nombra algunas en un lúcido y realista análisis de la realidad de nuestro tiempo: Mientras hay quien sueña  con una nueva era de progreso insospechado y hasta de llegar a una especie de “transhumanismo”, algunos aprovechan para incrementar su poder económico, político y cultural con total indiferencia hacia los más vulnerables; otros, movidos por el miedo a perder su raíces y su identidad, se encierran en un pasado supuestamente idílico, atrincherándose en sí mismos y en sus patrias o tradiciones religiosas. En términos bíblicos podemos recordar a Adán, que cayó en la tentación de ser como Dios, Caín que elimina al hermano competidor o los constructores de Babel que transformaron n sueño de “trans-humanismo”, antes de tiempo, en un gran fiasco de confusión, división y dispersión.
Para unos, como decía ya hace mucho tiempo la novela de un escritor nigeriano, refiriéndose al África de la colonización, “el mundo se derrumba”. Para otros, persiste la tentación de la auto-divinización.
Frente a la tentación de esa doble polarización (auto-divinización o auto-destrucción), la humanidad necesita el sueño que hemos heredado de Jesús, el sueño de una humanidad fraterna, el sueño de personas reales, concretas y limitadas, pero con aspiraciones grandes, que no se sienten dioses ni esclavos, sino hijos y, por tanto, hermanos, que prestan especial atención a los más vulnerables.
Desde este horizonte cambia bastante la perspectiva misionera. El icono correspondiente a esta etapa de la misión no sería tanto el “Buen Pastor”, que, aunque oliendo a oveja, se pone al frente del rebaño y lo guía con autoridad y conocimiento mayor, actitudes difíciles de aceptar en el día de hoy. El modelo adecuado para hoy sería el “Buen Samaritano”, que, como compañero de camino, expuesto a los mismos riesgos y fragilidades, sabe bajarse del caballo y ayudar a un “hermano en humanidad”, tendido en el camino.
Desde esta perspectiva del Buen Samaritano y con este horizonte de una humanidad sin fronteras, como “catedral” a construir en nuestro tiempo, se pueden ir tallando muchas “piedras” (acciones misioneras) y diseñar muchos “muros” (opciones ministeriales). Pero ya no serán acciones aisladas ni esfuerzos encerrados en sí mismos sin un sentido global, sino trabajos fructíferos, encaminados a un gran objetivo, que podemos compartir todos los obreros, sea cual sea nuestra especialidad y sea cual sea el tiempo limitado que cada uno dedique a una tarea que nos supera a todos.
El Papa nos recuerda en la encíclica algunas de estas “piedras” y “muros”. No me voy a detener en ellos para no alargar demasiado esta reflexión. Pero todo tenemos en mente algunos: la inmigración, el diálogo inter-religioso, la justicia y la paz, las periferias, el valor del trabajo, la tensión entre lo local y lo universal, la valoración de las culturas, la educación, etc.
La piedra angular de esta nueva construcción es, por un lado, el amor y, por otro, la conciencia de la inalienable dignidad de todo ser humano. Todo ello tiene que ver con una visión “holística”, que nos remite a la creación como un gran proyecto de vida, en el que se integra armónicamente el ser humano con todos los demás seres. Ha pasado la era de una visión consumística, antropocéntrica y materialista de lo creado. Ha llegado el tiempo de re-descubrir la espiritualidad de la Creación. Esta es la segunda “nave” de nuestra “catedral”.

2.- En sintonía con toda la creación (Laudato sì)

Los problemas relacionados con el cambio climático, la escasez de agua, la carrera hacia la acumulación de tierras, la contaminación global causada, sobre todo, por las energías fósiles, al sobre población urbana y otros problemas ecológicos son hoy tema de conversación transversal en todos los rincones de nuestra humanidad, signo de que la preocupación es universal. Muchos científicos, políticos y emprendedores están ya buscando soluciones técnicas a estos problemas. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que se trata solamente de un asunto técnico. Se trata también y, sobre todo, de nuestro estilo de vida.Ç
Después de una época en que el progreso casi infinito era una especie de axioma “científico” y liberal, por fin re-descubrimos que la tierra no es ilimitada y que nosotros somos parte de todo un inmenso cosmos frágil, sin el cual no podemos vivir y en el cual debemos integrarnos armónicamente, con respeto y cuidado.
En este sentido, el Papa supo coger el momento cultural que estamos viviendo y, en fraternidad con otras muchas personas e instituciones, ofrecer, desde nuestra experiencia humana y religisoa, una respuesta concreta, que implica una vuelta al sentido teológico y humano de la Creación, recuperando el extraordinario valor educativo de los relatos bíblicos.
«Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado» (LS 66).
El núcleo de la propuesta de la Encíclica -en su capítulo cuarto- es una ecología integral como nuevo paradigma de justicia, una ecología que «incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea».
«El análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma» (141), porque «no hay dos crisis separadas, una ambiental y la otra social, sino una única y compleja crisis socio-ambiental» (139).
También en esta encíclica el Papa nos ofrece muchas “piedras” concretas a tallar y muchos “muros” a levantar para que la nueva “catedral”, el sueño de una humanidad nueva se haga realidad. Pero lo más importante es esta visión global del mundo, que nos permite recuperar el respeto por  nosotros mismos y por el mundo, en un contexto de libertad, creatividad, responsabilidad y sentido del límite.

3.- El Evangelio como testimonio de una Presencia (Evangelii gaudium)

La “cúpula” que ilumina esta nueva “catedral”, esta nueva era misionera, no puede ser otra que la Buena Noticia de una Presencia trascendente pero encarnada, experimentada en la propia vida, más allá de las culturas, las filosofías y las estructuras religiosas o morales de cada época o lugar; no siempre fácil de explicar en palabras, pero muy real en las vivencias más auténticas de los creyentes. El sueño de la fraternidad y de una Creación armónica puede quedar en nada si falta esta luz que lo ilumina todo, esa referencia suprema que es Logos (Palabra-Razón-Sentido), Shekkinah (sombra divina, Espíritu), Abba (Padre-Madre), siempre presente como Origen y Meta de todo lo que somos.
No se trata de “valores innegociables”, ni de una supuesta superioridad moral, ni de una estructura religiosa muy perfeccionada… Se trata de una luz recibida gratuitamente, que se transmite honesta, humilde y sinceramente, a pesar de las propias oscuridades; se trata de una esperanza experimentada en propia carne, incluso entre fracasos y caídas; se trata de testimoniar la gracia recibida, la transformación que acontece en nosotros, incluso en la experiencia de pecado superado en la misericordia. Como diría San Pablo, “El Padre ha revelado en mí a su Hijo, me transformó y me envió”.

María Fianú: “Quiero vivir bajo la luz del Dios grande”

Permítaseme a este punto recordar una experiencia personal de mis tiempos de misión africana. Sucedió en Abor, un pueblo del sur de Ghana, no muy lejos de la frontera con Togo. Un día me mandan un mensaje de una señora que vivía en una aldea cercana al centro parroquial. Me dicen que esta señora, que era sacerdotisa de uno de los vodús –de los muchos que hay en la zona–, quería bautizarse.
Yo, joven sacerdote llegado recientemente al país, había oído que era muy difícil que la gente de vodú se convirtiese y pensé que la señora más bien buscaba algún beneficio material: ropa, medicinas, dinero… Por eso no me apresuré en ir a visitarla; esperaba que ella, ante mi indiferencia, se olvidase del asunto. Pero ella insistió varias veces y al final me decidí a visitarla.
Me encontré con una mujer de unos 60 años, enferma pero lúcida. Yo, bastante arrogantemente, le dije que no tenía ropa ni medicinas ni dinero, así que no esperase ningún beneficio. Ella me miró con infinita sabiduría y me dijo:
-Sólo un blanco puede ser tan orgulloso y estúpido como tú eres. ¿Para qué quiero tus cosas? Ya soy vieja y no necesito nada. Lo que necesito es algo que tú tienes, pero no te pertenece. Me dí be mano Mawu ga fe kekeli me (Lo que quiero es vivir bajo la luz del Dios Grande).
Y la señora continuó:
Hasta ahora he vivido en la mentira, lo que quiero ahora es vivir en la verdad de Dios. Todo lo demás no me importa nada.
Bauticé a aquella señora que se llamaba Adjoa Fianú. Le puse el nombre de María. Delante de su familia renunció a la mentira, a la venganza, al deseo de poseer cosas, al odio, al vodú… Todos le dimos la paz y le deseamos felicidad.

Dos días después regresé a visitarla, un poco preocupado porque nadie en su familia era cristiano y pensé que podría afrontar oposición. Tenía miedo por ella. Pero lo que me encontré no fue miedo, ni angustia ni tensión…. Lo que me encontré fue paz, serenidad, alegría… los frutos del espíritu Santo. Tuve la sensación de que el Espíritu de Dios había descendido sobre aquella casa, como lo cuentan los Hechos de los Apóstoles.
Sus cuatro hijas “paganas” se deshacían en dar gracias en nombre de su mamá, liberada e introducida en un ámbito donde reinaba “la luz del Dios grande”. Les invito a comparar esta historia con la del carcelero que “se alegra con toda su familia por haber creído en Dios” (Hechos 16, 25-34).
En aquella aldea comprendí que yo mismo no era consciente del don que se me había concedido de vivir “bajo la luz del Dios grande”. ¡Cuánto debo yo a aquella señora y a otras personas parecidas, que me hicieron tomar conciencia del tesoro que tenía sin apreciarlo ni gozarlo debidamente!
Después de un período espiritualista de la misión (con el objetivo declarado de “salvar almas para el cielo”), en las últimas décadas se ha abierto un tiempo en que se valoran especialmente las acciones concretas y palpables(salud, educación, derechos humanos, etc.). También Jesús realizó una misión de “signos mesiánicos” muy concretos (curaciones, sanaciones, resurrecciones, liberaciones del maligno). Ciertamente la misión conlleva muchas iniciativas liberadoras en el campo de la salud, la educación, la justicia, etc., como las del Buen Samaritano. Estos “signos mesiánicos” tienen un valor enorme en cuanto precisamente signos de una realidad que los trasciende, un amor que da sentido a la vida. Pero el énfasis en las acciones concretas puede hacernos olvidar que “no solo de pan vive el hombre”; también son importantes las palabras que ayudan a dar sentido a nuestra vida, la cercanía humana que es transparencia de una presencia que nos supera, un Amor que va mucho más allá de nuestro limitadísimo amor.

La alegría de la Evangelii Gaudium (EG) y las motivaciones misioneras

La publicación de la EG vino a ratificar el ambiente de sorpresa, de novedad y de cambio de paradigma, que representó la llegada del Papa Francisco, con un acento puesto, no tanto en la doctrina, cuanto en la vida, en la experiencia de fe como experiencia de alegría y la misión de la Iglesia como una actitud de salir al encuentro de los demás desde la propia experiencia de alegría.
Ya no hay “puntos innegociables” de doctrina, sino un mensaje de misericordia y la buena noticia de una experiencia liberadora.
El Papa no se olvida de las motivaciones tradicionales (el mandato misionero), pero enfatiza las motivaciones experienciales, básicamente dos:

  1. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría…
  1. El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

La EG además aduce una serie de motivaciones misioneras ligadas a la realidad del prójimo, serían las razones del Buen Samaritano:

  1. El derecho de todos a recibir el Evangelio y el deber de los cristianos: “Todos tienen derecho de recibir el Evangelio y los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie.”
  2. La importancia el contagio: “Lo bueno atrae y se contagia, la luz ilumina y la sal da sabor: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción”.
  3. El Reino es para todos: “Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios”.

Esta misionología “experiencial”, tanto en cuanto al sujeto enviado como al sujeto que acoge, está más en conexión con la de Pablo, expresada en Gal 1, “EL Padre tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, transformarme y enviarme”.
Ya no se trata de un mandato jurídico, indiferente a mi experiencia de vida, sino de una experiencia personal que me transforma y me hace testigo. Revelación (llamado), conversión (transformación) y Misión (envío) son tres dimensiones de la misma y única experiencia de fe y de una manera de entender la vida.

El Reino: Consecuencias sociales del anuncio

Leyendo las Escrituras queda por demás claro que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra respuesta de amor tampoco debería entenderse como una mera suma de pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una «caridad a la carta», una serie de acciones tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia. La propuesta es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de respeto a la Creación, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Es decir, el Evangelio es una propuesta de transformación social.

Conclusión

 Así esta “cúpula luminosa”, el Evangelio, ilumina, da armonía y sentido a todos los esfuerzos de “construir” nuestra “catedral” con sus maravillosa “piedras” de bondad (hospitales, escuelas, comunidades, paz, justicia, cuidado por el agua…) que se organizan en “naves” de fraternidad y de comunión con todo lo creado.
El Padre de Jesús es el mismo de todos los seres humanos (sea cual sea la estructura religiosa que se hayan dado en la historia concreta de cada porción de la humanidad) y el origen y meta de toda la energía que da forma a la Creación. Por eso nada humano –y nada de lo creado– nos es ajeno. En todo ello encontramos las huellas y las voces que resuenan en la luminosa palabra y acción de Jesús de Nazaret, “a quien Dios ungió con Espíritu Santo y. poder, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos” (Hech 10 38). Los misioneros no somos ajenos a nada ni superiores a nadie, solo compañeros de camino de una humanidad en busca de fraternidad y armonía, de plenitud de vida, frecuentemente herida y aturdida, como nosotros mismos, pero siempre iluminada por la luz de la Palabra, impulsada por el Espíritu, amada por un Padre-Madre que siempre nos espera, nos acoge y nos lanza a la vida.

Antonio Villarino Rodríguez - Bogotá