Familia Abierta

P. Jaime Restrepo

La presencia de la Virgen María en el hogar


La tradición eclesial ha dedicado el mes de mayo a honrar a la Santísima Virgen María, la madre de Jesús y madre nuestra. ¿Por qué lo hacemos? dice el Papa emérito: “Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo?” (Papa Benedicto XVI). Luego no se trata de una simple acción emotiva o sentimental, es muy importante saber comprender el ser y la misión de la madre de Jesús en la Iglesia, en el mundo y en nuestra familia.
María en el misterio de la Iglesia. “si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen –Crux, Hostia et Virgo. Estos son los tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar, fecundar, santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia Jesucristo. Son tres misterios para contemplar en silencio” (R. Sarah, La fuerza del silencio, n. 57).
Desde los inicios de la vida de la Iglesia, la devoción y el culto a la Virgen María están presentes en ella. En los textos evangélicos puede observarse la atención especial que Jesús tenía con su Madre, así como el cariño y respeto que debían profesarle los discípulos desde que en el Calvario recibió su misión maternal y fue encomendada a San Juan. La Iglesia siempre ha venerado a la Santísima Virgen con el título de Madre de Dios, a cuya protección acudimos los hijos de Dios. Las expresiones de amor y cariño de los cristianos a María comenzaron pronto a sucederse y esto permitió que, por tal continuidad, estos gestos de amor se convirtieran en actos de confianza filial y devoción hacia Nuestra Señora.  El culto mariano tiene sin duda un carácter muy particular y especial, y ha de servir para la gloria de la Trinidad, pues no en vano se venera a “María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como la Santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial”, tal y como se afirmó en el Concilio Vaticano II, por tanto, “venerar a la Virgen es también adorar a Dios que la llenó de gracias pues iba a ser la madre de Cristo”.  “La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo misterio solamente encuentra verdadera luz el misterio del hombre, (124) como prenda y garantía de que en una simple criatura -es decir, en Ella- se ha realizado ya el proyecto de Dios en Cristo para la salvación de todo hombre. (Pablo VI, Marialis cultus 57) La presencia de María en las familias. Hoy en día es urgente que en las familias continuemos promoviendo la devoción y el amor a María nuestra madre, que tenga un lugar especial en nuestros corazones y en nuestros hogares para que ella, sea nuestra mejor intercesora ante Dios, nuestro Padre.
Son muchas las advocaciones que acompañan la piedad popular para honrar a la Santísima Virgen María. Pero no podemos olvidar que se trata de la única bienaventurada Virgen María, madre de Dios y madre nuestra. Dicen que todo buen hijo se parece a su madre. Pero en el caso de la maternidad de María sucede lo contrario: es la madre que se parece a su Hijo. María dona a su hijo los rasgos físicos, pero es Jesús quien regala a su madre su bello e iluminado rostro. Es el resplandor de la presencia de Dios en el alma. Por eso el ángel llamó a María la “Llena de Gracia”. Esta venerable imagen nos recuerda que la Virgen es poderosa intercesora y una ventana que ilumina nuestra vida con la claridad del cielo. Siempre se nos ha enseñado que “familia que reza unida, permanece unida”. Esta unión familiar se ha dado especialmente por el rezo del Santo Rosario. Lamentablemente las circunstancias actuales han obligado a las familias a renunciar a esta buena práctica, que permitió a muchas generaciones crecer firmes en la fe y seguras en la unidad familiar, por la intercesión de la Santísima Virgen María. Sin embargo, no podemos renunciar a este bien espiritual. Las familias necesitan la fuerza de la oración para poder cumplir a cabalidad la importante misión que tienen en la Iglesia y en el mundo. Dice el Papa Francisco: «Ella (María) que supo «transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Evangelii Gaudium, 286) y nos recibió como hijos cuando una espada le atravesaba el corazón, a su Hijo, Ella nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseña a rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son preocupaciones de Dios» (6 julio 2015)