Teología Visual

TEOLOGÍA VISUAL

Dra. Li Mizar Salamanca B. /Universidad Javeriana

UNA TEOLOGÍA VISUAL… TRAS LA BELLEZA

Una teología visual se concibe expresamente bajo el signo de lo bello. Dios es bello. Desde el principio, vio todo lo que había hecho y era muy bello (Gen 1, 31), nos hizo a su imagen y semejanza y sus acciones nos embellecen. Captamos en la Revelación esa belleza, expresión visible del bien que se entrega y, en su acontecer, comprendemos aquello que de vedad merece ser vivido.
En este marco, no se trata de la belleza cosmética del look  y tampoco de la belleza interior que desprecia la exterior como garantía de santidad. La llamada es  a existir hermosamente de manera integral.  Nuestra cultura está ávida de una espiritualidad que se haga cargo  del  ver junto con la  emoción de acoger  a Dios, quien nos dice: eres amorosa e incondicionalmente acogido en esta tierra! Atender a esta sensibilidad, ofrece sabiduría para afincar nuestra existencia con confianza;  anima a correr riesgos;  revela el sentido de experiencias y la capacidad de participar en formas de vida enriquecida,  serenamente conscientes de nuestras convicciones y retos. 
Contamos con ejemplos de personas bellas en realidades marginales  extremadamente duras que con profunda libertad, necesaria para un diálogo creativo con la experiencia propia y de otros, transforman el horror, la desilusión, el cansancio, en posibilidad de vida digna y fecunda; pues aquello  que no es bello conduce al sinsentido. En el empeño por restaurar la belleza, se hacen artífices del mensaje del pastor bueno  que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11), testimonio de la belleza que salva.  
Intentemos verlo en una obra de Rothko (sin título, 1956), a la izquierda: Se trata de planos flotantes que interactúan entre sí, sobre un fondo cálido, como si estuviese iluminado desde dentro.  La luz se concentra en la franja amarilla y la sombra, en un rectángulo negro en la parte superior. Siguiendo nuestra teología visual, el rojo, color de lo humano y del amor, contiene el esplendor del amarillo:   la belleza; también contiene el cuadrado  negro amenazante: una noche oscura, ausente la belleza o quizá violentada…  Se crea tensión. El esplendor de la belleza  no deja de irradiar. Al contrario, se intensifica más por el contraste del amarillo con el negro que se cierne sobre  ella.
La belleza de Dios seguirá fascinando y tenemos nostalgia de ella. Queda de nuestra parte apostar entusiasmados por proyectos de embellecimiento para que no fallezca la esperanza.