KENIA
El Hermano del agua

El hermano misionero comboniano Darío Laurencing ha pasado más de 40 años al servicio de la misión en África, dedicándose de manera especial a proveer agua a los pueblos nómadas de Kenia y los países vecinos.
Por P. Andrew Bwalya
“Cuando me acerco a una corriente de agua subterránea, el palo en mi mano comienza a rotar”, afirma el hermano Darío Laurencig, de 64 años de edad. Usando esa técnica, ha encontrado agua y perforado cientos de pozos en Kenia. Tan solo en los últimos diez años tiene registrados más de mil pozos.
Debido a la hambruna que golpeó a Kenia, Uganda, Sudán y Etiopía en 1979-1980, el hermano Darío descubrió que tenía la habilidad de detectar agua subterránea. Durante la hambruna, la Cruz Roja Internacional llegó al territorio del Pokot Occidental, en el Valle del Rift de Kenia, para asistir a la población local que no solo sufría la hambruna sino también una epidemia de cólera.
La Cruz Roja perforó pozos de agua para ayudar a mitigar la desesperada situación de la región. Cuando la emergencia terminó, los miembros del equipo internacional tuvieron que retornar a sus países de origen. Se necesitaba una persona que continuara supervisando el proyecto de pozos de agua que ellos habían establecido y eligieron al hermano Darío, que por aquel entonces ya llevaba seis años trabajando en la región de Turkana, en el noroeste de Kenia.
Inicialmente, el hermano Darío no aceptó la propuesta. “En aquellos momentos me encontraba muy ocupado con muchos otros proyectos de desarrollo”, recuerda el misionero. Sin embargo, el equipo de la Cruz Roja Internacional insistió tanto que Darío se decidió a aceptar. Así que, en 1982, se trasladó al Pokot Occidental y se estableció en Amakuriat, donde se le unieron otros dos misioneros combonianos.
El don de descubrir agua
“Cuando comenzamos a perforar en el Pokot Occidental, lo hacíamos en los lugares sugeridos por los hidrólogos. Pero resultó que los primeros pozos resultaron secos. Entonces me dije que estábamos gastando energías y dinero inútilmente”, recuerda el hermano.

Después, recordó que, en el pasado, algunas personas de su aldea natal en el Friùli italiano eran capaces de descubrir corrientes de agua usando unos palos. Medio en broma, se decidió a imitar lo que había observado de niño.  “Tomé un  palo en mi mano, me puse a caminar, sentí algo y el palo comenzó a rotar. Perforamos en ese punto y encontramos agua”, dice Darío. A partir de ese momento, continuó, usando el palo y encontrando agua en muchos otros lugares. “Podía ver resultados inmediatos, por lo que seguí utilizando ese método y ganando experiencia”, señala.
Compartiendo el don
Cuando le preguntamos cuánto cobra por sus servicios, afirma rotundamente que nada en absoluto porque entiende que es un don que Dios le ha dado: “No lo pedí. No lo compré. No fui a la escuela para aprenderlo. Lo recibí gratuitamente de Dios y lo comparto gratuitamente…”.

La fama del hermano Darío va más allá de las fronteras de Kenia. Lo invitan a detectar agua en Uganda, Sudán y Etiopía. Con una gran sonrisa, dice que cuando la gente lo ve él, ve agua. En la actualidad, el misionero es de hecho el principal consejero en cuestiones de agua en la región Turkana, donde se han descubierto recientemente dos grandes acuíferos.
Pasión por la misión
Como se ha dicho, el hermano Darío es originario del Friùli, en la región montañosa del nordeste de Italia, en la frontera con Eslovenia. Pertenece a una minoría eslovena radicada en Italia.

Darío se unió a los Misioneros Combonianos movido por el deseo de ir a las misiones a ayudar a la gente más necesitada. Eligió a los Combonianos porque su carisma es la misión. Enseguida sintió la llamada ser hermano misionero y se especializó en mecánica industrial, estudiando también electricidad, electrónica, diseño y arquitectura. Todas esas materias le han sido muy útiles en sus 42 años de vida misionera en África.
Darío llegó al continente africano por primera vez en 1975. Como hermano misionero, además de la perforación de pozos de agua, ha trabajado construyendo misiones y escuelas. Lo que más valora de sus muchos años en África es el haber podido permanecer en medio de la gente nómada, compartiendo sus alegrías y sufrimientos.