RD CONGO
Misioneras en el corazón de la tormenta

Diez años casi exactos han pasado desde que la hermana María Presentación López abandonara la misión que las religiosas de San José de Gerona promueven en Rubare, al este de la inmensa República Democrática de Congo. No se marchó por propia voluntad: la expulsó la guerra, hiriéndola de extrema gravedad. Pero ha vuelto.
Texto y fotografías: Josean Villalabeitia

Octubre de 2008. Los alrededores de la misión de las Hermanas de San José de Gerona en Rubare (RDC) eran teatro de operaciones del conflicto que enfrentaba a los rebeldes del general Laurent Nkunda contra el Ejército congoleño. Rubare se hallaba en medio, de modo que lo que todo el mundo se temía terminó sucediendo: una bomba alcanzó de lleno la comunidad de las misioneras y la hermana Presentación –Presen–, que se hallaba en su interior, perdió ambas piernas.
La religiosa, que había perdido mucha sangre, se hallaba cerca del coma, por lo que apenas recuerda lo que sucedió después. Urbana la llevó al hospital de Rutshuru, a unos ocho kilómetros de la misión, en donde le realizaron una cirugía de urgencia. En el hospital se hallaba un médico español de paso que, atrapado por los combates, operaba a los heridos que llegaban. Cuando reconoció a Presen advirtió a Urbana de que la veía muy mal, que si no la trasladaban con rapidez no habría nada que hacer.
Ante tales expectativas, la hermana Urbana se presentó en el cuartel general de Naciones Unidas (MONUC) en la región, que se hallaba en Goma, a unos 70 kilómetros de Rutshuru. Aunque MONUC no evacuaba heridos civiles, la insistencia de la religiosa junto a la intervención de la embajada de España en RDC y la implicación directa de algún alto cargo del Gobierno español consiguieron el milagro: Presen fue trasladada en avión a Sudáfrica donde, tras superar unos críticos primeros momentos, se recuperó con relativa rapidez.
El regreso a casa
La ortopedia consigue en nuestros días auténticos milagros y Presen no fue la excepción. Aunque no tenía piernas, en poco tiempo, con la ayuda de dos prótesis, una muleta y poco más, consiguió llevar una vida razonablemente normal.
«En mi oración jamás olvidé a la gente de Rubare; siempre los tuve muy presentes. Pero volver a la misión, regresar allí, me parecía que no sería posible», confiesa Presen con sinceridad.
Esta religiosa de San José de Gerona se equivocaba, porque la insistencia de algún amigo, junto con la generosidad de sus superioras, consiguieron que una década después del «accidente», a mediados del pasado julio, regresara a Rubare. «Para mí es una gracia del cielo», repetía emocionada durante sus primeros días. Allí se reencontraría con Urbana, su ángel protector, que continuaba al pie del cañón. La mayoría de las religiosas de la comunidad eran ahora nativas, congoleñas y ruandesas, continuadoras de la obra que sus hermanas españolas iniciaran en 1992.
El regreso de la hermana Presen causó revuelo en la región. El primer día que acudió al centro de salud de Rubare, su antiguo puesto de misión, el entusiasmo desbordó las previsiones más optimistas. Trabajadores y pacientes recibieron a la religiosa con danzas y gritos de júbilo, y no dudaron en cubrir con sus vestidos el suelo por el que esta había de pasar. Si Presen acudía a la parroquia, o a algunas capillas de los alrededores, tenía que subir al presbiterio para saludar a los fieles.
En una de aquellas celebraciones eucarísticas, el párroco de Rutshuru recordó que durante la guerra, poco antes del «accidente», todo el mundo –incluido él mismo, entonces un sacerdote recién ordenado– había escapado para refugiarse. Pero las hermanas, que eran extranjeras, despreciaron el peligro y se quedaron.
Apariencia de cambio
Un decenio es mucho tiempo, pero seguro que a su regreso a Rubare la hermana Presen se encontró con un panorama conocido. La religiosa española tuvo que circular por la misma carretera, llena de baches y controles militares, que antaño recorriera, al borde de la muerte, en sentido contrario. «Antes se veían más bicicletas y no había tantos móviles; ahora hay muchas motos, y las casas parecen más consistentes –nos dice–; junto a la carretera se ha construido sobre antiguas tierras de cultivo, mientras que, en el interior, poblados enteros están desapareciendo». Son efectos de la inseguridad generalizada, perceptibles para la religiosa.
Para tratar –sin éxito– de contrarrestarla, de seis de la tarde a seis de la mañana está prohibido utilizar la carretera general, aunque fuera de ella los bandidos campan por sus fueros. Proliferan las milicias, armadas hasta los dientes, de todo tipo y condición.
Inestabilidad en la región
Uno de los primeros gestos de Presen fue trasladarse al campo de desplazados de Kiwanja, a unos 10 kilómetros de la misión, para solidarizarse con los refugiados y repartir un poco de ayuda humanitaria. Hablamos de un campo que depende de la parroquia católica de Rutshuru, por lo que las Hermanas echan una mano siempre que pueden. Según cuenta uno de sus responsables, en Kiwanja hay 2.150 familias de Lubero y Kibirizi, escenario de violentos enfrentamientos entre facciones rivales y venganzas de corte tribal, con la consecuencia inevitable de un interminable reguero de muerte y crueldad.
Una misión que evoluciona
Si por los alrededores de Rubare las cosas apenas parecen haber cambiado, la misión de Rubare que Presen conoció en 2008 se asemeja poco a la que ahora ha encontrado. El centro de salud, germen de todo, continúa muy activo y se ha convertido en hospital de referencia de la comarca. Cuenta con laboratorio clínico, banco de sangre, farmacia y una amplia sección de maternidad; en él se realizan cirugías sencillas, sobre todo cesáreas. Lo dirige la hermana Françoise, congoleña, a la que apoyan las hermanas Urbana y Elena Maeso. Además, las religiosas continúan colaborando en la promoción femenina y en muchas actividades de la parroquia. Hasta aquí las tareas conocidas, pero los campos de apostolado de la comunidad de San José de Gerona no han dejado de ampliarse.
Una comunidad entusiasta y convencida, que vio cómo lo que en un principio parecía el fin de su presencia en Rubare, con la destrucción de la comunidad y el grave atentado contra la vida de una de sus miembros, se convirtió, en realidad, en el inicio de una nueva etapa, no menos complicada quizás, pero abierta por completo a la esperanza. Así es como el Reino de Dios se abre camino en la historia.