Monseñor Samuel Ruiz

En su visita del 2016 a México, el papa Francisco sacó un momento en su agenda para visitar la tumba de monseñor Samuel Ruiz, a quien los indígenas llamaban afectuosamente “Tatik”. En el sureño estado mexicano de Chiapas se conserva con gran aprecio la memoria de su obispo Samuel Ruiz, quien se entregó por entero al acompañamiento de los cientos de miles de indígenas que habitan una de las regiones más apartadas y pobres del país.  Nació en el estado de Guanajuato en 1924, proveniente de cuna humilde, como dicen los mexicanos. Tuvo la oportunidad de ingresar en el seminario, luego fue enviado a Roma en donde estudió teología y fue ordenado sacerdote. A su regreso,  prestó sus servicios en el seminario de León. Tenía 36 años cuando el papa Juan XXIII le nombró obispo de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas (México). Esta diócesis se caracterizaba por su extrema pobreza y por tener una población mayoritariamente indígena, de ascendencia maya, entre la que se cuentan comunidades tzotziles, tzeltales, zaques, tojolabales.
En Chiapas, a los indígenas  les estaba prohibido sentarse en las sillas de las plazas públicas e incluso caminar por las aceras. La discriminación y marginalidad se extendían prácticamente a todos los ámbitos de la vida e incluso en los mismos templos se notaba la fuerte estratificación. Un reducido grupo de colonos mestizos y blancos mantenían a su favor una estructura jerárquica muy parecida al mundo feudal. Ellos eran los dueños y señores de inmensas extensiones de tierra. Los indígenas, tal cual pueblo de Israel en Egipto, sufrían la opresión, trabajaban bajo salarios de miseria y a sus hijos les esperaba la misma suerte. Junto a los indígenas Cuando monseñor Ruiz llegó a la diócesis fue muy bien recibido por estos terratenientes,quienes estaban acostumbrados a tener bajo su control a los líderes religiosos y les invitaban a bautizar a “sus indios”. Pero pronto, Mons. Ruiz entendió que su lugar evangélicamente correcto era estar más cercano a los indígenas. Aquellos fueron los tiempos del Concilio Vaticano II y la II Conferencia Latinoamericana de obispos en Medellín, del impulso pastoral y teológico de grandes profetas como Mons. Romero en El Salvador, Don Helder Cámara en Brasil Mons. Proaño en Ecuador y el padre Gustavo Gutiérrez en Perú. El trabajo pastoral se inundó de un profundo compromiso con la causa liberadora de los pueblos oprimidos del mundo. La Iglesia encarnó en muchos sectores los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas de los hombres y mujeres de su tiempo. De este modo se dio cabida a la participación activa de los laicos en la vida eclesial, pastoral y litúrgica. Esto llevó a Mons. Ruiz a entablar una gran promoción de traducción de los textos bíblicos y catequéticos a las distintas lenguas de su diócesis. Para monseñor Ruiz la pastoral y la labor social estaban íntimamente unidas y debían impactar de forma positiva los procesos históricos de los pueblos marginados. Para ello era necesaria una auténtica inculturación que, siguiendo las líneas del Vaticano II, valorara las expresiones autóctonas de los pueblos indígenas y mestizos. En este sentido, se dio un gran impulso a la catequesis inculturada en las lenguas propias de las comunidades y se promovieron los servicios laicales y clericales, como por ejemplo los diáconos permanentes; este ministerio tuvo una gran acogida entre los pueblos indígenas de Chiapas a la vez que permitió ver los servicios eclesiales como una riqueza propia de toda la comunidad. El Tatik fue un gran impulsor de la Teología India que partía de la lectura de la historia de salvación no como un hecho aislado en el pasado del pueblo de Israel, sino como un constante presente en las luchas y esperanzas de los pueblos del mundo. En este sentido se confluía en la necesidad de una gran hermandad universal que debía verse reflejada en la equidad, la justicia y la fraternidad. Por este motivo se entendía que la Buena Nueva de Jesús de Nazaret era un llamado de conversión también para las clases sociales privilegiadas, no para que hicieran caridades y limosnas, sino para que reconocieran que sus riquezas estaban  fundamentadas en la explotación y la miseria de multitudes de seres humanos, lo cual era un grave pecado ante los ojos de Dios. Promoción integral Entre los grandes legados de Tatik se encuentra la promoción integral de los indígenas, con lo cual se buscaba que fueran sujetos activos en la sociedad y en la Iglesia.  La reflexión teológica y bíblica permitió considerar la pobreza y la marginación como un pecado social, por tanto la Iglesia, comunidad de hermanos y hermanas tenía la evangélica tarea de ser un signo evidente del Reino de Dios, no solo denunciando las injusticias, sino siendo ella misma promotora de vida e igualdad. De hecho los indígenas se muestran agradecidos con Monseñor Ruiz porque dicen: “Ya no caminamos encorvados! ¡Ya no bajaremos nunca más la cabeza ante el poderoso, gracias a ti!”. En 1994, el gobierno de Ernesto Zedillo buscaba impulsar una vez más la privatización de la tierra para la explotación minera y agroindustrial de capitales nacionales y extranjeros. Esto llevó a la protesta del pueblo indígena y a la conformación del movimiento zapatista de liberación Nacional, que abogaba básicamente por una reforma agraria que contribuyera a sacar de la miseria a este amplio sector de la población. Monseñor Ruiz a pesar de las críticas de los terratenientes y de algunos sectores de la jerarquía católica mexicana jugó un papel determinante en los procesos de negociación. Don Samuel murió en 2011, a los 86 años de edad.