SUDÁN DEL SUR 

Misión en medio de la guerra

El pueblo de Sudán del Sur ha sufrido los estragos de la Guerra más allá de todo lo soportable. El país obtuvo su independencia del norte árabe en 2011 después de una guerra civil de 21 años, pero continúa sufriendo debido a la lucha por el por de sus propios líderes. En medio de este drama, la población puede contar con el apoyo de los misioneros y de la comunidad internacional, que actúa a través de sus agencias. 

Por  P. José António Mendes Rebelo, mccj. 


Al llegar al aeropuerto de Juba, capital de Sudán del Sur, se observa que la gran mayoría de los aviones aparcados alrededor de la pista de aterrizaje pertenecen a agencias de las Naciones Unidas y a organizaciones no-gubernamentales internacionales. La misión de la ONU en el país está compuesta por 13.490 uniformados y más de 1.000 civiles desplazados para garantizar la seguridad en los numerosos campamentos para desplazados a causa de la guerra civil y para mantener las operaciones humanitarias de ese organismo. Además, más de 100 organizaciones internacionales ofrecen ayuda humanitaria y asistencia al desarrollo en distintas zonas de Sudán del Sur.
El país va hacia atrás. Juba, de tener 60.000 habitantes ha pasado a más de 1 millón. Sus calles están llenas de agujeros y no son recomendables para el tránsito de vehículos pequeños. No hay electricidad y en la noche es una ciudad oscura. El petróleo escasea, aunque el país sea productor del mismo; pero no tiene refinerías y el crudo sale a través de un oleoducto hasta Port Sudán, en país vecino del norte, y vuelve ya refinado a través del puerto keniano de Mombasa, a unos 1600 kilómetros al sur.  

La única esperanza 

La causa principal de la situación de pobreza e inestabilidad que sufre Sudán del Sur es la lucha por el poder entre los principales líderes del país: el presidente Salva Kiir y su antiguo primer vice-presidente Riek Machar, pertenecientes a los dos principales grupos étnicos, Dinka y Nuer respectivamente. Los enfrentamientos entre las tropas leales a cada uno de ellos ha causado cientos de miles de muertos y el desplazamiento de más de un millón de personas de uno y otro bando hacia los países vecinos. A lo largo de los años, los misioneros han permanecido junto a la gente, sufriendo privaciones y adversidades; a veces han tenido que poner en riesgo sus vidas para mantener la esperanza entre la población. El P. Daniel Moschetti, hasta hace poco superior provincial de los Misioneros Combonianos en Sudán del Sur, afirmaba: “Estamos con la Iglesia local, el único punto de referencia y esperanza para mucha gente traumatizada y aterrorizada por la violencia y los saqueos. Las personas vienen a nosotros y a las parroquias en busca de protección cuando son atacadas”. Los misioneros no son inmunes al miedo. En una carta escrita después de uno de los frecuentes ataques, el P. Raimundo Rocha, un comboniano brasileño que vive en Juba, compartía sus sentimientos: “En una situación de conflicto e intensos combates, cada persona reacciona de una forma diferente. Sin embargo, un sentimiento común es el miedo: miedo a ser atacado físicamente, a ser alcanzado por una bala perdida o un misil, a ser robado, o a ver tu casa asaltada y destruida, y el miedo a la muerte.  Es una reacción muy humana”. 

Misión entre los nuer 

La población de Sudán del Sur viene a ser de 11.500.000 personas, pertenecientes a 64 tribus distintas. Los dinka son unos 4 millones y los nuer 1.500.000. Estos últimos viven en áreas rurales porque son agricultores y ganaderos.  De las 10 comunidades que los Misioneros Combonianos tienen en el país, dos están en la diócesis de Malakal, entre los nuer: Old Fangak y Leer. Los nuer son uno de los puntos focales en la guerra. El Unity State (Estado de la Unidad) y el Upper Nile State (Estado del Alto Nilo) son las dos regiones productoras de petróleo sobre las que depende la economía de Sudán del Sur y son, a la vez, las fortalezas del líder nuer Riek Machar. El gobierno del presidente Salva Kiir, con la ayuda de mercenarios de Darfur, atacó esos dos estados a principios de 2014. Los misioneros –padres, hermanas y hermanos- tuvieron que abandonar la misión de Leer y ocultarse en la selva con grupos de cristianos hasta que fueron evacuados tres semanas más tarde. Poco tiempo después volvieron a la misión de Leer, pero tuvieron que volver abandonarla al año siguiente porque la ciudad estaba bajo constantes ataques. Los misioneros han continuado con sus actividades pastorales desde Nyal, un  poblado situado en un rincón de la misión y protegido por zonas pantanosas. Nyal era una pequeña localidad, pero ahora se ha convertido en una ciudad porque muchas personas que huyen de la guerra han encontrado refugio allí. Se calcula que tiene más de 55.000 habitantes. La misión tiene unas 250 comunidades, muchas de ellas en pequeñas islas en medio de los pantanos. Para visitarlas, los misioneros se trasladan a pie o en canoa. Old Fangak, la otra misión entre el pueblo nuer, no fue tan directamente afectada por la guerra por encontrarse rodeada de pantanos. Su territorio tiene unos 100 kilómetros de largo y 50 de ancho. La población es de 120.000 personas, diseminadas en numerosos poblados. Las comunidades cristianas de la misión son unas 60, agrupadas en 21 centros con capilla y otras estructuras, que los misioneros visitan con cierta frecuencia. Las comunidades están lideradas por un catequista y por un comité de personas elegidas por los cristianos para encargarse de las cosas prácticas. El catequista dirige la oración dominical, enseña el catecismo y preside las reuniones de la comunidad. El P. Cristian Carlassare, un misionero comboniano italiano destinado en Old Fangak, donde trabaja con el P. Gregor Schmidt, alemán, y el P. Alfred Mawadri, ugandés, comenta: “La Iglesia en Fangak comenzó en los años 1979-80, pero la verdadera expansión se produjo entre 1989 y 1991. Era una Iglesia de laicos –nunca habían tenido entre ellos a un sacerdote- y los catequistas, que habían conocido el cristianismo trabajando en Jartum, comenzaron sus propias comunidades. Querían compartir el Evangelio, pero también ser líderes de las comunidades; los nuer quieren ser líderes y no tener a nadie por encima de ellos”. El primer sacerdote en llegar a la zona en 1997, primero de visita y después para quedarse, fue el misionero comboniano italiano P. Antonio La Bracca. “Fue una gran ocasión para nosotros entrar en este tipo de nueva misión, en una Iglesia que ya estaba allí gracias al compromiso de los laicos”, –señala el P. Cristian. “En otros lugares ya existía la misión, la iglesia, la escuela, el hospital, etc. Aquí había una Iglesia que nos pedía que se le predicara el Evangelio, no trabajo de desarrollo humano. No había ni estructuras ni mentes colonizadas. Estaban deseando recibir formación y orientación”. 

Misión en los pantanos 

La evangelización entre el pueblo nuer se lleva a cabio a través de “safaris”. Como la población se encuentra diseminada a lo largo y ancho de una extensa región, los misioneros se ponen en camino para visitar los distintos centros sin volver a la misión central por un largo período de tiempo. Normalmente, se quedan en cada centro durante una semana y seguidamente se trasladan al siguiente, caminando entre 20 y 30 kilómetros y acompañados por guías locales para evitar perderse en los bosques y pantanos. Durante los “safaris”, los misioneros preparan a los cristianos y catecúmenos para recibir los sacramentos, confiesan y celebran la Eucaristía, imparten cursos de formación para los catequistas y otros líderes, etc. La guerra es una tragedia. Muchas personas han tenido que abandonar sus casas y campos, y se esconden en las zonas pantanosas. Hay una gran necesidad de sanación y reconciliación, fe y esperanza. La gente encuentra fuerza en Jesucristo y su mensaje, la fe les da esperanza. La guerra también ha alterado el trabajo de los misioneros y creado nuevas necesidades que exigen una respuesta pastoral. El P. Fernando González Galarza, comboniano mexicano con muchos años de experiencia en Sudán del Sur, dice: “Hemos estado organizando oraciones y misas especiales por la paz y la reconciliación. Hemos dado cursos sobre la sanación de traumas, especialmente para los jóvenes, y convocado marchas por la paz. Estamos ayudando a las comunidades a superar la ira y a no perder la esperanza”. Esta no es una misión fácil y no todo el mundo tiene el valor para vivir en una situación tan precaria. El P. Fernando explica: “Esta es nuestra vocación. Nuestra vida es permanecer junto a las comunidades, disfrutando el estar con ellas, rezando con ellas y trabajando juntos por el Reino de Dios. Nos damos el ciento por cien a los nuer y a nuestra labor en medio de ellos”.