TESTIGOS

El maíz dulce  y la moto de John  

Por P. Ramón Navarro Catalán - desde Haro Wato (Etiopía)

 Es una lástima que no hiciera un vídeo del barrizal. Hace unos meses, me fui con Armando a Awasa. La carretera estaba en muy mal estado. No pusimos nuestras vidas en más peligro que el que supone los resbalones en el barro, los agujeros en los que te puedes quedar con el coche en el aire porque los bajos te tocan y las ruedas no agarran. Unos cuantos se habían parado antes de aventurarse y quedarse atrapados; dos autobuses habían descargado a la gente, y con una soga, tiraban para sacarlos del atolladero y así continuar el viaje. 
En ambos sitios, me bajé del coche, me puse mis katiuskas, examiné cómo y por dónde pasar. Después de todo, no fue difícil, aunque en ambas partes la zona inferior del vehículo quedó dañada un poco. Venía con nosotros la cocinera, que iba a pasar unos días de vacaciones con su familia y le dije: «No te vuelvas en autobús, espera que volvamos para recogerte, así no te arriesgas a pasar toda la noche en la carretera». Se tranquilizó porque tenía la intención de volverse en autobús. 
Aunque la carretera supone un riesgo, la lluvia es una bendición; así que damos gracias a Dios. La semana pasada llovió con fuerza. El primer día pensé: «¿Será esto el inicio de la estación de las lluvias o el final?». Hasta ahora no podemos decir que la estación ha sido lluviosa como debía ser. La noche del viernes, mientras estaba viendo la BBC, el hombre del tiempo me dio la clave: «Las lluvias se desplazan hacia el Sur del Ecuador y por nuestras zonas tropicales van disminuyendo». ¡Menos mal que el maíz ya está madurando y el café, a punto de ponerse rojizo! El maíz ya lo comemos fresco y dulce; el café llenará los bolsillos de la gente y los bares serán un hervidero. Estos días no para de llover y la gente empieza a temer por la cosecha de maíz pues puede estropearse por tanta agua. 
Mi compañero John se ha pasado dos largos fines de semana visitando las aldeas más alejadas. Fue con la moto y casi no la pudo usar de lo que llovió. Las fotos que me ha enseñado son impresionantes: unos cuantos jóvenes la pasaban a hombros por un río que les cubría hasta el cuello. Pero esto fue en vano porque, luego, la tuvo que dejar en una casa al otro lado; el barro le impidió usarla. Lo único que hizo fue pegarse caminatas de hasta 11 horas diarias para, al final, volverse a casa dando un rodeo tremendo porque el río aún había crecido más y le fue imposible cruzarlo con ella a cuestas. 
Yo, por mi parte, me conformo con llegar a las aldeas a las que se puede acceder con el coche. Son ya más que suficientes porque en estos últimos tiempos se han ido mejorando mucho las carreteras y se han construido los puentes necesarios para poder moverse. Lo cierto es que va en aumento el goteo de las personas que caen por resbalones de los puentes construidos a base de  troncos y acaban ahogándose. Me contaron que la semana pasada cuatro personas fallecieron en uno de los ríos por atreverse a cruzarlos. La corriente es tan fuerte que los cuerpos aparecen luego a centenares de kilómetros. Sigue lloviendo y por tanto nuestras carreteras se han convertido en trampas, aunque, con suerte y paciencia, se consigue pasar. Digo con suerte porque si te encuentras un camión o una furgoneta empantanada no tienes otro remedio que esperar a que la saquen tirando de ella, excavando o como sea. Y digo con paciencia porque en muchas ocasiones se necesita más que la del santo Job para llegar a tu destino.