Testigos

El reto de acompañar en primera persona
Fidel García Gutiérrez - desde La Paz (Bolivia)

Desde hace 25 años trabajo con Cáritas, primero la madrileña y ahora la española. Mi labor tiene su origen en mi sensibilidad hacia el mundo de la marginación. Todavía recuerdo cuando trabajé con las parroquias del barrio de San Blas, en Madrid, donde vivía mucha gente con problemas de adicción a la droga. Acompañamos también a las familias pobres, a los jóvenes con fracaso escolar y a los que salían de la cárcel. Ayudamos a que se hicieran independientes, a través de la formación en electricidad y otros oficios que les sirvieran para llevar el día a día. Con Cáritas atendimos a los inmigrantes y a las mujeres que ejercían la prostitución.
Me mudé con mi familia a Guatemala, donde estuve de 1989 a 1992 y de 1999 a 2003. Participamos en el proceso de retorno de los refugiados guatemaltecos que estaban en México; pero, como al final se rompieron las conversaciones entre los refugiados y el gobierno, nos quedamos allí para trabajar con la población indígena colaborando en tareas educativas.
Junto con Cáritas boliviana, estamos acompañando a la población de la zona de la Amazonía en la defensa de sus derechos, su cultura y su desarrollo. Uno de los casos que nos ocupa es Tipnis, una zona de reserva en la que, por ley, está prohibido establecer estructuras que estropeen el medio ambiente. Sin embargo, en los últimos días, las compañías petrolíferas quieren construir una carretera que dividiría la zona por la mitad y dejaría incomunicadas a las comunidades. La Iglesia boliviana, junto con Cáritas Española, estamos luchando contra esta invasión hacia el pueblo indígena, por lo que significa esta tierra para la cultura y la vida de sus comunidades.
He tenido la oportunidad de estar con los grupos campesinos en las zonas más abandonadas, alejadas de las ciudades y de los medios de comunicación, donde escasea la comida. Estamos intentando promover la agricultura y el ganado con la implicación directa de las propias familias. Sobre todo, involucramos mucho a los grupos de mujeres. Ya que aquí las mujeres son las que sostienen a la mayoría de las familias, creemos que es importante que tengan sus propios recursos y que sean económicamente autosuficientes.
Las Cáritas diocesanas de Bolivia están acostumbradas a que la ayuda llegue de fuera. Estamos trabajando para que sean independientes y que busquen sus propios recursos a través de las aportaciones de las comunidades cristianas y la creación de pequeños proyectos locales que puedan generar recursos. Se entiende que la relación entre Cáritas Española y las de otros países tiene que ser de apoyo, pero nunca de sustitución. Ya que nuestra presencia es por un tiempo limitado, no podemos sustituir el esfuerzo y la implicación de las comunidades locales. Los mensajes del papa Francisco están ayudando mucho a que las comunidades locales se involucren en primera persona y que ellas mismas den de comer a los más necesitados. Así, en colaboración con los párrocos, ya tenemos pequeñas iniciativas como vender el pan, comida, los textiles locales u objetos artesanales.
La realización de esta labor sería imposible sin el apoyo de mi familia, que vive en Madrid. Considera que es parte de su misión apoyar a los más necesitados y que mi misión en Bolivia es la extensión de todo lo que hemos venido haciendo desde que salimos de Guatemala. Es una oportunidad para que ellos vivan esta dimensión desde la distancia, aunque conectados.


Las puertas de la iglesia se abren temprano
Lucía Fonts - desde Quito (Ecuador)

Santa Elena es un pueblo situado en el noreste de Ecuador. Es una zona rodeada de bellas montañas verdes, con un clima tropical que trae algunos mosquitos. A este pueblo no suelen ir los sacerdotes, sino que es una catequista la que acompaña a la comunidad. Las familias en su mayoría viven del cuidado de grandes fincas y del ganado vacuno, un trabajo muy exigente y poco rentable. Hace unos meses tuve mi primera experiencia fuera de Quito, donde continúo mi formación misionera.
Ibedh, una joven de 19 años que nos acompañó durante este tiempo me dijo: «Vamos a la cancha. Invitémoslos a un encuentro, ya que no ha llegado ningún adulto». Era por la tarde, ya habíamos acabado de comer y estábamos sentadas charlando delante de la puerta de la iglesia esperando a la gente que iba a participar en una celebración. Al rato, un grupito de adolescentes se acercó a la pista de deportes, que está justo enfrente del templo. «Es verdad –pensé–, los adultos suelen trabajar en el campo hasta muy tarde y no suelen venir a los encuentros de oración». Es así como Ibedh y yo nos fuimos a la cancha mientras la hermana Elvira se quedaba en la iglesia por si llegaba algún adulto. Los jóvenes, de algún modo, nos estaban esperando. A pesar de que al comenzar el día hicimos una invitación general por el altavoz de la parroquia, y también con unos carteles que escribimos a mano y pegamos en los lugares más concurridos del pueblo, los jóvenes no habían ido a la iglesia. Ahí estaban, frente a nosotras, jugando como quien no quiere la cosa.
Aquella tarde, cuando nos reunimos, descubrí que estos jóvenes están sedientos de Dios, que quieren ser valorados por su comunidad, que tienen una gran necesidad de estar acompañados. Compartieron con nosotras muchas historias de familias rotas, de sufrimientos callados, de violencia y abusos por parte de los familiares y compañeros… Les escuchamos y les hablamos del Evangelio. Eso nos permitió establecer una relación con estos chicos, que comenzaron a participar en las iniciativas de la parroquia.
A lo largo de esa semana visitamos a las familias de Barrio Lindo, unos encuentros en los que descubrí la necesidad de meternos de lleno en la realidad de la gente sin miedo a perder el lustre de nuestros zapatos ni a que nos afectase el sufrimiento de este pueblo que lucha por el pan de cada día y que en ocasiones no encuentra en la Iglesia la respuesta a su clamor. Comprobamos la soledad en la que viven las personas mayores; en concreto, me impactó conocer al señor Juan, un hombre soltero de edad avanzada, que vive en el interior de la montaña y que tiene como único compañero a su asno.
Nuestra presencia en Santa Elena, una iglesia que había estado cerrada mucho tiempo, hizo posible que estuviera de nuevo accesible para los feligreses de la zona. Entonces entendí por qué era importante para la hermana Elvira que la puerta de la iglesia se quedara abierta desde bien temprano.
A la vuelta de mi experiencia, ya de regreso a Quito, me he dado cuenta de nuevo de lo inmensa que es la mies, y de los escasos que son los obreros.


El Maíz Dulce  y La Moto De John  
Por P. Ramón Navarro Catalán - Desde Haro Wato (Etiopía)

Es una lástima que no hiciera un vídeo del barrizal. Hace unos meses, me fui con Armando a Awasa. La carretera estaba en muy mal estado. No pusimos nuestras vidas en más peligro que el que supone los resbalones en el barro, los agujeros en los que te puedes quedar con el coche en el aire porque los bajos te tocan y las ruedas no agarran. Unos cuantos se habían parado antes de aventurarse y quedarse atrapados; dos autobuses habían descargado a la gente, y con una soga, tiraban para sacarlos del atolladero y así continuar el viaje. 
En ambos sitios, me bajé del coche, me puse mis katiuskas, examiné cómo y por dónde pasar. Después de todo, no fue difícil, aunque en ambas partes la zona inferior del vehículo quedó dañada un poco. Venía con nosotros la cocinera, que iba a pasar unos días de vacaciones con su familia y le dije: «No te vuelvas en autobús, espera que volvamos para recogerte, así no te arriesgas a pasar toda la noche en la carretera». Se tranquilizó porque tenía la intención de volverse en autobús. 
Aunque la carretera supone un riesgo, la lluvia es una bendición; así que damos gracias a Dios. La semana pasada llovió con fuerza. El primer día pensé: «¿Será esto el inicio de la estación de las lluvias o el final?». Hasta ahora no podemos decir que la estación ha sido lluviosa como debía ser. La noche del viernes, mientras estaba viendo la BBC, el hombre del tiempo me dio la clave: «Las lluvias se desplazan hacia el Sur del Ecuador y por nuestras zonas tropicales van disminuyendo». ¡Menos mal que el maíz ya está madurando y el café, a punto de ponerse rojizo! El maíz ya lo comemos fresco y dulce; el café llenará los bolsillos de la gente y los bares serán un hervidero. Estos días no para de llover y la gente empieza a temer por la cosecha de maíz pues puede estropearse por tanta agua. 
Mi compañero John se ha pasado dos largos fines de semana visitando las aldeas más alejadas. Fue con la moto y casi no la pudo usar de lo que llovió. Las fotos que me ha enseñado son impresionantes: unos cuantos jóvenes la pasaban a hombros por un río que les cubría hasta el cuello. Pero esto fue en vano porque, luego, la tuvo que dejar en una casa al otro lado; el barro le impidió usarla. Lo único que hizo fue pegarse caminatas de hasta 11 horas diarias para, al final, volverse a casa dando un rodeo tremendo porque el río aún había crecido más y le fue imposible cruzarlo con ella a cuestas. 
Yo, por mi parte, me conformo con llegar a las aldeas a las que se puede acceder con el coche. Son ya más que suficientes porque en estos últimos tiempos se han ido mejorando mucho las carreteras y se han construido los puentes necesarios para poder moverse. Lo cierto es que va en aumento el goteo de las personas que caen por resbalones de los puentes construidos a base de  troncos y acaban ahogándose. Me contaron que la semana pasada cuatro personas fallecieron en uno de los ríos por atreverse a cruzarlos. La corriente es tan fuerte que los cuerpos aparecen luego a centenares de kilómetros. Sigue lloviendo y por tanto nuestras carreteras se han convertido en trampas, aunque, con suerte y paciencia, se consigue pasar. Digo con suerte porque si te encuentras un camión o una furgoneta empantanada no tienes otro remedio que esperar a que la saquen tirando de ella, excavando o como sea. Y digo con paciencia porque en muchas ocasiones se necesita más que la del santo Job para llegar a tu destino.