Fraternidad humana

El papa Francisco y el Gran Imán de la universidad islámica de Al Azhar, de El Cairo,  Ahmad Al Tayyib, firmaron el 4 de febrero en Abu Dabi el “Documento sobre la Fraternidad Humana, por la paz mundial y la convivencia común”.
Nacido en el contexto de un encuentro interreligioso internacional dedicado a la fraternidad humana, el documento constituye un gran paso adelante en la historia del diálogo entre el Cristianismo y el Islam y en el empeño de promover conjuntamente la paz en el mundo. Ya con su viaje histórico a Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, del 3 al 5 del mes pasado, Francisco se convertía en el primer pontífice en visitar la península arábiga y señalaba la mejora significativa que se está produciendo en las relaciones entre las dos grandes religiones.
Este documento sobre la fraternidad no solo busca mejorar la convivencia en cristianos y musulmanes, sino que propone una renovación espiritual de la humanidad basada en la fraternidad, en la común vocación de todos los seres humanos de ser hermanos en cuanto hijos e hijas de Dios.
Ya de vuelta en Roma, el papa Francisco explicó el sentido más profundo del encuentro interreligioso de Abu Dabi y del documento: “Hemos querido dar un signo más, claro y decidido, de que, por el contrario, es posible encontrarse, es posible respetarse y dialogar, y de que, incluso en la diversidad de las culturas y de las tradiciones, el mundo cristiano y el mundo islámico aprecian y tutelan valores comunes: la vida, la familia, el sentimiento religioso, el honor para los ancianos, la educación de los jóvenes, y otros más”.
El Documento sobre la Fraternidad Humana condena toda forma de violencia, especialmente la violencia revestida de motivaciones religiosas, y compromete a los creyentes de las dos religiones a la difusión de los valores auténticos y de la paz en el mundo. Además, el papa y el Gran Imán piden a los líderes mundiales que se comprometan seriamente para difundir la cultura de la tolerancia, de la convivencia y de la paz; intervenir lo antes posible para detener el derramamiento de sangre inocente y poner fin a las guerras, a los conflictos, a la degradación ambiental y a la decadencia cultural y moral que el mundo vive actualmente.
Sorprendentemente, el documento menciona abiertamente  la libertad de credo y  condena la actitud de obligar a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, haciendo referencia a ciertas interpretaciones más extremistas del Corán.  
Otro punto significativo del documento es la defensa del derecho de las mujeres a la educación, al trabajo y a la participación civil y política. El texto insiste en que los seguidores de ambas religiones deben trabajar para liberarlas de presiones históricas y sociales contrarias a los principios de la propia fe y dignidad, como la explotación sexual y otras prácticas y costumbres inhumanas que impiden a las mujeres disfrutar plenamente de sus derechos.
Francisco y Ahmad Al Tayyib concluyen pidiendo que “el Documento sea objeto de investigación y reflexión en todas las escuelas, universidades e institutos de educación y formación, para que se ayude a crear nuevas generaciones que traigan el bien y la paz, y defiendan en todas partes los derechos de los oprimidos y de los últimos”.  En una reciente audiencia general en el Vaticano, el Papa aconsejó a los fieles que lean y conozcan el documento, que impulsa a seguir adelante en el diálogo sobre la fraternidad humana.


Dos santos para Iglesia en salida

El pasado día 14 de octubre el papa Francisco presidió en la Plaza de San Pedro la ceremonia de canonización de siete nuevos santos (ver página 6). Entre ellos se encontraban  el papa Pablo VI y monseñor Oscar Arnulfo Romero, dos grandes referentes de la Iglesia surgida del Concilio Vaticano II (1962-1965). 
El papa Montini asumió la responsabilidad de relanzar y conducir hasta el final el concilio convocado por su predecesor Juan XXIII. Dirigió a la Iglesia en la difícil tarea de renovación mediante la puesta en práctica de las directrices del Vaticano II con la creación, entre otras muchas cosas, del Sínodo de Obispos como organismo permanente de consulta. Fue el primer Papa “viajero”, saliendo del Vaticano para llevar el Evangelio a los cinco continentes, y promovió el diálogo y la reconciliación entre las diferentes Iglesias cristianas. 
Mons. Oscar Arnulfo Romero vivió hasta las últimas consecuencias el nuevo rumbo que el Concilio Vaticano II había marcado para la misión de la Iglesia: apertura a las realidades del mundo y cercanía con las personas más necesitadas, los marginados de la sociedad. El arzobispo de San Salvador se distinguió por la defensa de los pobres y la denuncia de los abusos de los derechos humanos que sufría la gran mayoría de la población de su país. Las amenazas de los militares no lo desviaron de su camino ni lograron silenciar su voz. El 23 de marzo de 1980, durante la homilía que predicó en la catedral, pidió a los soldados que dejaran de asesinar a civiles inocentes e indefensos. Al día siguiente, mientras celebraba la Eucaristía, fue asesinado de un balazo por un francotirador del ejército. 
Los caminos de estos dos nuevos santos se cruzaron en momentos decisivos para la vida del salvadoreño. En 1937, Oscar Romero ingresó en el Seminario de San José de la Montaña, en San Salvador, y ese mismo año fue enviado a Roma para terminar sus estudios de teología en el Colegio Pío Latinoamericano, la actual Universidad Gregoriana. Varios biógrafos apuntan que allí tuvo como profesor al por entonces Mons. Giovanni Batista Montini, el futuro Pablo VI. Lo cierto es que Mons. Romero siempre prestó una atención muy especial a las enseñanzas de su antiguo profesor, sobre todo cuando éste llegó a la cátedra de Pedro. 
Fue Pablo VI quien elevó a Oscar Romero al ministerio episcopal, nombrándolo obispo auxiliar de San Salvador en 1970, obispo de la diócesis de Santiago María en 1974 y, finalmente, arzobispo de San Salvador en 1977.  El Papa confió en la capacidad y “espíritu conciliar” del obispo Romero para liderar a la Iglesia salvadoreña en un momento crítico para el país, dominado por un  régimen militar dictatorial. Cuando sectores allegados al gobierno salvadoreño, incluidos miembros de la Iglesia, acusaron y calumniaron al arzobispo ante el Vaticano, tachándolo de comunista, Pablo VI le  manifestó públicamente su apoyo y confianza.  
En junio de 1978, unas pocas semanas antes de la muerte del Papa, Pablo VI y Mons. Oscar Romero mantuvieron un encuentro privado en Roma. El pastor salvadoreño reflejó en su diario las palabras que el Pontífice le dirigió: “Comprendo su difícil trabajo. Es un trabajo que puede ser no comprendido, necesita tener mucha paciencia y mucha fortaleza… proceda con ánimo, con paciencia, con fuerza, con esperanza”.