Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
en Colombia y Ecuador

ANGOLA
Las capillas tienen nombre de árbol

P. Luiz Antonio de Brito desde Luacano (Angola)

Los Misioneros de la Consolata llevamos cinco años en Angola. Empezamos con dos parroquias en las periferias de la capital, Luanda, aunque hace dos años comenzamos una nueva misión en el interior del país, en Luacano, en la provincia de Moxico y diócesis de Luena, a casi 1.400 kilómetros de Luanda, adonde me trasladé para asumir la tarea de párroco. Luacano es, en todos los sentidos, una misión de primera evangelización. Según las estadísticas, más del 50 % de los angoleños son católicos. En cambio, en Luena solo el 8 % se manifiesta como tal, aunque el número de los practicantes es, en realidad, muy inferior. El municipio de Luacano, que coincide con el territorio de la parroquia, tiene unos 13.600 km² y cerca de 28.000 habitantes, de los cuales los católicos bautizados no llegan a 300. Cuando llegas aquí, lo primero que percibes es la pobreza, no solo material, sino sobre todo intelectual, de falta de ideales… Esta zona fue escenario de intensas batallas durante la guerra de independencia y la posterior guerra civil. Gran parte de la población migró a Zambia y República Democrática de Congo. Incluso hoy, después del regreso de las familias, la gente sigue sufriendo las consecuencias de aquello. Benedictinos portugueses evangelizaron esta zona. En torno a 1937 levantaron las primeras capillas y escuelas, pero su labor fue interrumpida por la guerra en 1968. Desde entonces, las comunidades católicas no han estado acompañadas, excepto en aquellos sitios en los que han estado presentes los catequistas. La situación pastoral de Luacano empezó a cambiar en 2008 cuando el actual obispo, Jesús Tirso Blanco, comenzó a visitar a las comunidades al menos una vez al año. Con la llegada de los Misioneros de la Consolata empezó con muchas dificultades el trabajo de recuperar a las comunidades. Seis meses después de mí, llegó el P. John Kyara, de Tanzania. Actualmente acompañamos a siete comunidades, aunque solo dos de ellas tienen capilla. En las demás comunidades nos reunimos debajo de los árboles. Estamos intentando organizar los grupos de la parroquia, trabajar en la recuperación de los terrenos de la Iglesia y renovar la capilla, que ahora usamos como sede parroquial. Hace seis meses empezamos la formación de los catequistas y visitamos los pueblos. Invertimos en la formación religiosa de los fieles, empezando por enseñar la oración del Rosario y las respuestas de la Misa. Además, hacemos un gran esfuerzo para celebrar la Eucaristía en las lenguas nativas para que todos puedan participar. La promoción humana es la tarea que más nos desafía. La gente tiene muchas expectativas en torno a lo que la Iglesia pueda aportar aquí, pero contamos con unos recursos humanos y económicos muy limitados. Los niños y las madres jóvenes que no pueden ir a la escuela, o los jóvenes sin formación profesional ni empleo, son algunos de los retos más urgentes con los que nos encontramos. Hace poco formamos un pequeño grupo para enseñar a los niños a leer y escribir, un trabajo que ya empieza a dar sus frutos porque los chavales están muy motivados para aprender. También estamos pensando crear un espacio de estudio donde los jóvenes puedan hacer sus tareas escolares, aprender algún oficio y así alejarse de la delincuencia. En el tiempo que llevo aquí he visto que la gente tiene muchas capacidades, pero faltan personas que les puedan acompañar y les animen para que puedan cumplir sus sueños.