Familia Abierta


P. Jaime Restrepo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La alegría de ser padres hoy

 En el comentario de este mes queremos considerar la figura del padre. Profundicemos esta realidad tan importante en la configuración de la familia y de la sociedad.

  1. El hombre: esposo y padre: «Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio n. 25). En estas palabras del Papa se descubre la profunda identidad y vocación del hombre como esposo y padre. Jesús nos reveló el rostro del Padre Dios. Desde ahí la vida de los hombres adquiere una nueva dimensión, la relación Dios-hombre es la relación Padre-hijo. Jesús siempre quiere que nosotros conozcamos al Padre, “si conocieran al Padre”. Nos enseñó a tener una buena relación con El: se hizo obediente hasta la muerte, siempre manifestó su íntima unión con el Padre, “Yo hago lo que el Padre me dice”. Esta paternidad de Dios es el modelo para la identidad de aquellos que han sido llamados a ser padres en esta tierra.

 El Papa Francisco nos ayuda a completar este perfil del padre desde la perspectiva de la fe: «Un buen padre sabe esperar y sabe perdonar desde el fondo del corazón. Cierto, sabe también corregir con firmeza: no es un padre débil, complaciente, sentimental. El padre que sabe corregir sin humillar es el mismo que sabe proteger sin guardar nada para sí» (Febrero 4 de 2015).

  1. Paternidad responsable: «Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio n. 25). No podemos hablar de los padres sin hablar de la responsabilidad en el ejercicio de la paternidad. Qué importante reflexionar sobre este aspecto, en medio de una realidad que ha ido promoviendo solo el aspecto del control natal como único indicativo de una paternidad responsable. La paternidad es una realidad más integral que contempla la capacidad que la persona tiene de entregar su vida con generosidad para acompañar en todos los momentos de su existencia a los hijos que ha engendrado.

Nos enseña el Papa Francisco: “«Padre» es una palabra conocida por todos, una palabra universal. Indica una relación fundamental cuya realidad es tan antigua como la historia del hombre. Hoy, sin embargo, se ha llegado a afirmar que nuestra sociedad es una «sociedad sin padres». En otros términos, especialmente en la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida” (Enero 28 de 2015). La mejor manera de enfrentar esta dura corriente del mundo contemporáneo en relación con la figura del padre en el hogar es retomar el sentido de una paternidad ejercida con gozo y con mucho sentido humano.

La verdadera paternidad responsable tiene que ver con la vivencia del amor conyugal que se proyecta en nuevas vidas, con el acompañamiento paciente y pedagógico al crecimiento de los hijos, con la fidelidad en el amor a la mujer-madre y a los hijos engendrados, con una educación integral y con un testimonio de vida espiritual que enriquece toda la vida del hogar. No podemos dejar imponer modelos que nos llegan de fuera y que lo único que aportan son familias incompletas y nuevas generaciones sin sentido de vivir, porque no han tenido la experiencia gozosa y gratificante de un amor paterno o materno.

  1. Recuperación de la imagen del padre: «La primera necesidad, por lo tanto, es precisamente esta: que el padre esté presenteen la familia. Que sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando son despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente, siempre. Decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres demasiado controladores anulan a los hijos, no los dejan crecer» (Papa Francisco, febrero 4 de 2015). La época actual está exigiendo una presencia más efectiva del papá en el seno de la familia. Pareciera que hay signos positivos en esta recuperación, pues empieza a hacerse sentir una generación de padres más cercanos, más integrados en toda la vida del hogar.

 Un aspecto que no puede faltar en esta reflexión tiene que ver con los padres ancianos, con los abuelos. Muchos de ellos tienen que vivir tristemente en la “sociedad del descarte”, pues no pueden disfrutar de una ancianidad serena y espiritual. Las dinámicas sociales llevan a muchos padres y abuelos a vivir alejados de sus hijos y nietos. En muchos casos es una sociedad que educa para acoger la riqueza de estos hombres han forjado el presente con la entereza de su esfuerzo y la consagración de todo su ser.

 A todos los padres de familia y a todos los abuelos un saludo de felicitación y muchas bendiciones de los alto.

 


La Virgen María en el hogar

La tradición eclesial ha dedicado el mes de mayo a honrar a la Santísima Virgen María, la madre de Jesús y madre nuestra. ¿Por qué lo hacemos? dice el Papa emérito: “Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo?” (Papa Benedicto XVI). Luego no se trata de una simple acción emotiva o sentimental, es muy importante saber comprender el ser y la misión de la madre de Jesús en la Iglesia, en el mundo y en nuestra familia. 
María en el misterio de la Iglesia. “si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen –Crux, Hostia et Virgo. Estos son los tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar, fecundar, santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia Jesucristo. Son tres misterios para contemplar en silencio” (R. Sarah, La fuerza del silencio, n. 57).
Desde los inicios de la vida de la Iglesia, la devoción y el culto a la Virgen María están presentes en ella. En los textos evangélicos puede observarse la atención especial que Jesús tenía con su Madre, así como el cariño y respeto que debían profesarle los discípulos desde que en el Calvario recibió su misión maternal y fue encomendada a San Juan. La Iglesia siempre ha venerado a la Santísima Virgen con el título de Madre de Dios, a cuya protección acudimos los hijos de Dios. Las expresiones de amor y cariño de los cristianos a María comenzaron pronto a sucederse y esto permitió que, por tal continuidad, estos gestos de amor se convirtieran en actos de confianza filial y devoción hacia Nuestra Señora.  El culto mariano tiene sin duda un carácter muy particular y especial, y ha de servir para la gloria de la Trinidad, pues no en vano se venera a “María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como la Santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial”, tal y como se afirmó en el Concilio Vaticano II, por tanto, “venerar a la Virgen es también adorar a Dios que la llenó de gracias pues iba a ser la madre de Cristo”.  “La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo misterio solamente encuentra verdadera luz el misterio del hombre, (124) como prenda y garantía de que en una simple criatura -es decir, en Ella- se ha realizado ya el proyecto de Dios en Cristo para la salvación de todo hombre. (Pablo VI, Marialis cultus 57) La presencia de María en las familias. Hoy en día es urgente que en las familias continuemos promoviendo la devoción y el amor a María nuestra madre, que tenga un lugar especial en nuestros corazones y en nuestros hogares para que ella, sea nuestra mejor intercesora ante Dios, nuestro Padre.
Son muchas las advocaciones que acompañan la piedad popular para honrar a la Santísima Virgen María. Pero no podemos olvidar que se trata de la única bienaventurada Virgen María, madre de Dios y madre nuestra. Dicen que todo buen hijo se parece a su madre. Pero en el caso de la maternidad de María sucede lo contrario: es la madre que se parece a su Hijo. María dona a su hijo los rasgos físicos, pero es Jesús quien regala a su madre su bello e iluminado rostro. Es el resplandor de la presencia de Dios en el alma. Por eso el ángel llamó a María la “Llena de Gracia”. Esta venerable imagen nos recuerda que la Virgen es poderosa intercesora y una ventana que ilumina nuestra vida con la claridad del cielo. Siempre se nos ha enseñado que “familia que reza unida, permanece unida”. Esta unión familiar se ha dado especialmente por el rezo del Santo Rosario. Lamentablemente las circunstancias actuales han obligado a las familias a renunciar a esta buena práctica, que permitió a muchas generaciones crecer firmes en la fe y seguras en la unidad familiar, por la intercesión de la Santísima Virgen María. Sin embargo, no podemos renunciar a este bien espiritual. Las familias necesitan la fuerza de la oración para poder cumplir a cabalidad la importante misión que tienen en la Iglesia y en el mundo. Dice el Papa Francisco: «Ella (María) que supo «transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Evangelii Gaudium, 286) y nos recibió como hijos cuando una espada le atravesaba el corazón, a su Hijo, Ella nos enseña a dejar nuestras familias en manos de Dios; nos enseña a rezar, encendiendo la esperanza que nos indica que nuestras preocupaciones también son preocupaciones de Dios» (6 julio 2015)