Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
en Colombia y Ecuador

Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión

Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” – cuando el Papa Francisco pronunció estas palabras, en ocasión del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (17 de octubre de 2015), la mayoría de nosotros ni nos enteramos y por ende no fuimos capaces de captar su hondura profética como se nos está revelando hoy día. 

P. Rafael González Ponce MCCJ

La “sinodalidad” (syn – odós = “caminar juntos”, “construyendo el camino juntos”) es una realidad tan antigua como el mismo discipulado cristiano, toca las fibras más íntimas de la Iglesia y su testimonio misionero. De hecho, la identidad de la Iglesia es ser “pueblo-comunidad-familia”, convocada por el Espíritu Santo, para “caminar” tras las huellas de Jesucristo (vocación) y para “caminar” hacia los hermanos y hermanas (misión), hasta los últimos rincones del mundo – sobre todo hacia los más pobres y descartados - pregonando la Buena Noticia del Amor del Padre.   
Sin duda, para comprender la “sinodalidad” como “el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”, debemos cimentarla sobre las siguientes cuatro columnas
a)    la Realidad que nos desafía; 
b)    la Palabra de Dios como su fuente; 
c)    la Persona de Jesucristo y su proyecto del Reino de Dios, como camino a seguir; 
d)    la Eclesiología de Comunión como peregrinación del Pueblo de Dios en alianza bautismal para la construcción de un cielo y una tierra nuevos (cf Ap 21,1-5).   
-       El sínodo sobre la sinodalidad se da en un contexto muy particular de la historia humana: la pandemia del Covid19 y las de la corrupción, injusticia, violencia y destrucción de la madre tierra que nos están golpeando a nivel global. Lo mismo, nuestras fragilidades como comunidad de creyentes, el debilitamiento de la fe en muchas regiones, en particular el escándalo de los abusos a menores y los demás abusos de poder, clericalismo y manipulación de conciencias, el aumento de la persecución religiosa y el martirio. Hoy más que nunca es urgente que nos duela el dolor humano para asumir el único antídoto posible: la fraternidad. Este mundo – como solía afirmar san Pablo VI – “tanhermoso y dramático”, nos pide ser faro de esperanza creíble.   
-       La Sagrada Escritura ilumina nuestras certezas al mostrarnos el ser humano – creado a imagen y semejanza de Dios – como “viajero” (homo Viator) hacia el misterio de la vida, hacia el encuentro con los demás y la creación entera, y sobre todo hacia Dios como su culmen y plenitud. La exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco nos presenta una Iglesia toda en movimiento (camino sinodal) y comprometida en la trasformación de las relaciones humanas, según la alegría del Evangelio. Reporto solamente un párrafo: o   En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de ‘salida’ que Dios quiere provocar en los creyentes. Abrahán aceptó la llamada a salir hacia una tierra nueva (cf Gén 12,1-3). Moisés escuchó la llamada de Dios: ‘Ve, yo te envío’ (Éx 3,10) e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf Éx 3,17). A Jeremías le dijo: ‘Adonde quiera que yo te envíe irás’ (Jer 1,7). Hoy, en este ‘id’ de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva ‘salida’ misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (FT 20)   
-       El núcleo central de la sinodalidad es la Persona de Jesucristo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Resulta muy significativo que a los primeros cristianos se les conocía como “los seguidores del Camino” (Hch 9,1-2; 18,25; 19,9.23; 22,4; 24,2-22; Hb 10,19-20). Sin esta radicalidad, el camino sinodal corre el riesgo de degenerar en simples discursos, juegos metodológicos o estructuras externas, pero que al final no son la llegada del Reino mesiánico capaz de llenar las auténticas aspiraciones del corazón humano. Él es quien nos libera de las esclavitudes del pecado y de la muerte. Se trata de reconocer a Jesús a través de sus heridas de amor y fidelidad, dejar que haga camino con nosotros para disipar nuestras tinieblas y que parta con nosotros el Pan que hace arder el fuego de nuestros deseos trascendentales (cf Lc 24,13-35). El sínodo busca introducirnos a la pedagogía de la kénosis para nutrirnos de los mismos sentimientos de Cristo Buen Pastor (cf Flp 2,1-11).   
-       Naturalmente, todo esto debe desembocar en una eclesiología teológicamente bien fundamentada, para no dar paso a ambigüedades, que subraye el origen “Trinitario”, su ser “Sacramento universal de salvación” y el Bautismo que nos acomuna en la realeza-sacerdocio, profetismo de Cristo, recuperando la noción bíblica de Pueblo elegido y amado por Dios, servidora del Reino de Dios, enriquecida abundantemente  por los dones-carismas-ministerios del Espíritu Santo, en un estilo evangélico característico de colegialidad, comunión co-responsabilidad y participación… y siempre por esencia misionera. 

-       Igualmente, el proceso sinodal nos está pidiendo, desde la oración y contemplación,  una metanoia en lo profundo de nuestras convicciones pastorales que nos conduzca a numerosos cambios concretos que no pueden esperar: por ejemplo, el buen trato a las personas, la inculturación de la fe, el lugar de los laicos, las mujeres, los grupos originarios, los pobres… en la organización y toma de decisiones en la vida diaria de las comunidades cristianas, el ir al encuentro de los alejados alrededor nuestro, el diálogo con las otras religiones, con el mundo de los no creyentes o las grandes masas de indiferentes, con el mundo científico, político, económico y de las comunicaciones tecnológicas, etc. El Papa Francisco en numerosas ocasiones nos insiste a colocar al centro de la sinodalidad: la escucha, el testimonio auténtico, la salida a las periferias y la cercanía de la ternura. 
La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión ‘esencialmente se configura como comunión misionera’. Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (FT 23)  

Esta es la “pregunta motor” que estamos motivados a responder: ¿Cómo se realiza hoy, a diversos niveles (local y universal) ese “caminar juntos” que permite a la Iglesia anunciar el Evangelio de acuerdo a la misión que le fue confiada y qué pasos el Espíritu nos invita a dar para crecer como Iglesia sinodal?   
Para concluir, recordemos la “finalidad” que el sínodo se propone:   “No producir documentos, sino hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, de fuerza a las manos”.