Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
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VENEZUELA
Adiós a un pastor con olor a oveja

El pasado 23 de septiembre fallecía víctima del Covid-19 el cardenal Jorge Urosa Savino, arzobispo emérito de Caracas, un pastor totalmente entregado al pueblo que le había sido encomendado y apasionado defensor de la justicia, la libertad, la democracia y el bien común para todos los venezolanos.    

P. Francisco Carrera

Jorge Liberato Urosa Savino nació en la capital venezolana el 28 de agosto de 1942. Fue ordenado sacerdote en 1967 y nombrado obispo auxiliar de Caracas por el papa Juan Pablo II en 1982. Ocho años más tarde, ese mismo Papa lo designó arzobispo de Valencia. En septiembre de 2005, Benedicto XVI lo escogió para que sirviera como arzobispo de Caracas y al año siguiente lo creó cardenal.
En sus más de 54 años de servicio eclesial, primero como sacerdote de a pie y luego como obispo, Mons. Urosa fue un pastor de los que el para Francisco califica como “con olor a oveja”, siempre próximo e identificado con los problemas de los pobres de los barrios caraqueños. En los años 70, siendo Vicario general de la archidiócesis de Caracas, promovió la presencia de la iglesia en las zonas populares, como Maca, dirigiendo la atención pastoral a los grupos sociales más desfavorecidos.
Como arzobispo de Caracas desde 2005, el cardenal Urosa tuvo que afrontar situaciones sociopolíticas muy difíciles a las que siempre respondió con una defensa de los principios democráticos y los derechos humanos de la población venezolana.
Siendo arzobispo de Valencia (1990-2005), Urosa había cuestionado el lenguaje violento del entonces candidato a la presidencia Hugo Chávez y rechazado la Asamblea Constituyente de 1999 que confirmó en el poder al líder bolivariano, lo que le valió la enemistad del chavismo, que lo consideraba una amenaza para sus planes. De hecho, su nombramiento como arzobispo de Caracas se vio retrasado dos años debido al veto presidencial que permitía un convenio suscrito entre Venezuela y el Vaticano en 1963.
En su papel de portavoz de la Iglesia en Venezuela, el cardenal Urosa se vio obligado a denunciar con energía las violaciones de los derechos humanos cometidos por el régimen de Maduro, especialmente la represión desproporcionada contra los manifestantes durante las protestas populares de 2014 y 2017, que se cobraron cientos de víctimas mortales. También exigió en repetidas ocasiones la liberación de los presos políticos y en todo momento instó a resolver nuestros conflictos del país de manera pacífica. “Como obispo de la Iglesia, como ministro de Jesucristo, hago un llamamiento a que fortalezcamos nuestra fe en Dios, nuestra esperanza y busquemos sin violencia, que haya un cambio pacífico para el bienestar del pueblo”, dijo en una ocasión.
El 9 de julio de 2018, el papa Francisco aceptó la renuncia al arzobispado de Caracas que el cardenal Urosa había presentado, por razones de edad, un año antes. Al despedirse del clero y los fieles de la archidiócesis, prometió: “Me quedaré trabajando en la medida de mis fuerzas y desde mi nueva condición de jubilado al servicio de Jesucristo, de la Iglesia y en la defensa de los derechos del pueblo venezolano”.  Y así lo hizo hasta el último día de su vida.
¿Será la Iglesia venezolana capaz de asumir el legado que le deja su desaparecido pastor?