Cartagena
de Indias es una de las ciudades más visitadas de Colombia. Sin duda, la
fotografía más buscada por los turistas es la imagen de las palenqueras, esas
mujeres vestidas con los colores de la bandera colombiana y que llevan sobre su
cabeza toda clase de frutas con una increíble destreza. Además de cobrar por el souvenir fotográfico, venden dulces caseros, como las
famosas «alegrías». Si bien estas mujeres se relacionan con la ciudad colonial,
su nombre indica su auténtico origen: San Basilio de Palenque.
En este pueblo, situado a unos 40 km
de Cartagena, no se ven ni monumentos coloniales ni grandes edificios, sino
casas tradicionales fabricadas con barro y hoja de palma. Aquí las calles no
están asfaltadas y sobre los caminos polvorientos circulan con la misma
libertad motos, adultos, niños, perros, gallinas e incluso cerdos.
Del
patio de una de estas humildes viviendas emana el sonido de tambores y un
estribillo pegadizo: «Alegría con coco y anís... Traigo alegría casera...
¡cómpreme a mí! Así gritan las palenqueras en las calles de Cartagena...»,entona Leonel Torres durante un ensayo del grupo Estrellas del Caribe,
uno de los más representativos de la música palenquera. Entre los instrumentos
utilizados se encuentra la tambora, de origen africano, fabricada de manera
artesanal y uno de los símbolos de la champeta criolla, el género musical por
excelencia de este territorio, lanzado al estrellato por la propia Shakira en
la edición de la Super Bowl de 2020.
Pujanza musical
Pese a contar con unos 4.500
habitantes, en San Basilio de Palenque proliferan las agrupaciones musicales,
algunas con proyección internacional, como es el caso de Estrellas del Caribe,
pero también de Kombilesa Mio Sexteto Tabalá. En este rincón afrocolombiano la música está presente en cada
esquina y sirve para reivindicar los orígenes de sus ancestros. Las escenas de
hombres tocando la tambora, el tambor alegre o la marímbula, combinan con la
imagen de mujeres y niños bailando descalzos con una energía frenética.
Para los
palenqueros, la música es un medio de comunicación y expresión que llevan hasta
la tumba. Cuando despiden a uno de los suyos lo hacen mediante el célebre lumbalú, un ritual de sus ancestros africanos que incluye cánticos y bailes
propios de su identidad. John Salgado, guía que nos acompaña durante este
viaje en el tiempo y en el espacio, nos explica que «pese a que nosotros seamos
católicos por imposición de la Corona española en su día, el paso del tiempo no
ha hecho que olvidemos nuestro principal ritual. En un velatorio se pueden ver
imágenes católicas y, al mismo tiempo, oírse cánticos del animismo africano»,
cuenta.
El lumbalú es una manera muy peculiar de decir adiós a los muertos, ya que tiene
lugar en medio de un clima festivo para «celebrar» el paso del ser querido a
otro mundo. Normalmente estos eventos duran nueve días con sus nueve noches,
que se corresponden con los nueve meses del embarazo. En sus rezos, los
palenqueros evocan a los orishas, espíritus protectores africanos. Si bien se
trata de un ritual religioso, el lumbalú tiene en su origen un componente de resistencia, ya que los negros esclavizados
cantaban y bailaban con el fin de contrarrestar el dolor de la humillación
infligida por los colonos españoles.
Primer pueblo libre
La Corona española llevó hasta este
lugar a los primeros negros que serían esclavizados en el siglo XVI. Provenían
sobre todo de Congo, Angola y Guinea-Bissau, principales países de origen de
los palenqueros. El principal puerto de entrada era Cartagena de Indias, donde
precisamente comenzó un movimiento anticolonial en torno a 1600, en el que las
personas con raíces africanas empezaron a mostrar su deseo de independencia y
liberación. Las primeras huidas de los cimarrones –negros esclavizados
fugitivos– tenían como objetivo fundar un territorio libre, un «palenque», que
en realidad significa «asentamiento de negros fugitivos y descendientes de
estos, fugados del régimen esclavista durante el período colonial». El único
que ha permanecido hasta nuestros días y donde el legado africano se mantiene
ha sido San Basilio, fundado hace más de 400 años por Benkos Biohó, líder de
esta revolución, primero en huir de las garras de la colonización y en llegar
al territorio, a principios del siglo XVII.
En 1603, este cimarrón firmó un
acuerdo con la Corona por el que supuestamente podría caminar libremente por
Cartagena de Indias, evento que fue la génesis del reconocimiento de la
libertad del palenque. «En realidad Benkos fue engañado y cuando lo llamaron
para ir a Cartagena fue capturado y ahorcado por el yugo español»,cuenta indignado Salgado frente a su estatua, que
domina la plaza principal del pueblo. Habrá que esperar a 1713 para que la
Corona española reconozca Palenque como el primer pueblo libre de América.
Durante el proceso de liberación tuvo especial importancia un sacerdote de
origen italiano, Antonio María Cassiani, que llevó la imagen de san Basilio.
Por ello fue llamado Palenque de San Basilio o San Basilio de Palenque.
Fue en aquel momento, y por la
necesidad de comprensión, cuando surgió el idioma palenquero, una lengua
criolla creada a partir del castellano y elementos de las lenguas nativas
africanas. «El objetivo era crear una lengua común entre todas las personas
esclavizadas, ya que aunque eran originarios de África, procedían de países
distintos. Aquí decimos uepa para decir “hola”, o asi nawue, que significa “así es”»,nos enseña Salgado.
Sin embargo, también surgieron otras
vías de comunicación, más discretas y originales: los peinados, que en la época
también llevaban consigo un mensaje. Nuestro guía turístico narra cómo «los
peinados de las mujeres trazaban mapas y marcaban la ruta a los prisioneros
para que escaparan y encontraran el palenque. También aprovechaban sus cabellos
frondosos para esconder oro y semillas»,añade. En la actualidad, los palenqueros siguen
recordando la importancia de esta técnica de comunicación que tanto ayudó a la
creación de su territorio. Prueba de ello es la célebre canción «Los Peinados»,
de Kombilesa Mi.
Remedios para el dolor
En 1612, la Inquisición llegó a
Cartagena con el supuesto fin de castigar a las personas esclavizadas, acusadas
de tener poderes sobrenaturales para curar a los enfermos. Este fenómeno era
considerado como brujería a ojos de los españoles. Y es que los palenqueros
también cuentan con sus propios métodos para curarse.
En Palenque hay varios curanderos,
pero la más famosa es Rosalina Cañate Pardo, una octogenaria llena de
sabiduría. Nos recibe en una casa muy humilde pero fresca pese al excesivo
calor, donde cerdos y gallinas se pasean como miembros más de la familia. Un
rostro arrugado y unos ojos claros, casi de cristal, cuentan convencidos el
poder de su «secreto», transmitido de generación en generación. «Si usted viene
con un dolor, yo le hago un masaje con mis plantas y le curo. También conozco
la técnica para parar la sangre de una herida»,afirma. La combinación de las plantas medicinales
con una creencia particular hacen de estos médicos tradicionales los más
fiables y eficaces para los problemas de salud de la población de Palenque. El
famoso ñeque, una bebida alcohólica a base de caña de azúcar, además de para el
consumo habitual, se emplea también con fines curativos. Mezclado con ciertas
hierbas se consiguen los mejores medicamentos para los habitantes de esta
tierra.
Sin embargo, la dolencia más
peligrosa para ellos es el mal de ojo, que solo puede eliminarlo uno de estos
curanderos. Rosalina asegura cómo sus santiguos y sus rezos «protegen el cuerpo
del mal de ojo».
Una comunidad paralela
Además de poner remedio a sus
enfermedades de una manera propia, hablar un idioma único y poseer una cultura
característica, los palenqueros también se organizan de una forma particular.
Su territorio ancestral está administrado por un consejo comunitario llamado Ma
Kankamaná, y que es la máxima autoridad de
organización y administración local. Su objetivo es mejorar las condiciones de
vida de las 4.500 personas que allí conviven y fomentar un desarrollo integral
acorde a sus necesidades. Así se puede leer en uno de los muchos libros de la
biblioteca del Hotel San Basilio de Palenque, a la entrada de la localidad,
regentado por Elías Antonio Sierra Fernández, un abogado y sociólogo admirador
de la sociedad palenquera. «El consejo comunitario funciona como una cámara de
diputados donde se toman las decisiones a nivel político y administrativo»,
explica. «Además, este consejo se rige por sus propios valores, que son la
responsabilidad, la honestidad, la tolerancia... Todo ello respetando siempre
la cultura e identidad palenqueras», añade.
Ma Kankamaná fue creado con la intención de administrar la propiedad colectiva
de las tierras, que en realidad pertenecen a toda la comunidad. De hecho, se
habla de consejo comunitario porque los palenqueros insisten en que ellos son
una comunidad. Esta particularidad se refleja, por ejemplo, en el concepto de
propiedad colectiva: pese a que los terrenos se obtengan por herencia, en
realidad pertenecen a la comunidad con el fin de que cualquiera de sus
habitantes pueda cultivar la tierra, sin pagar nada a cambio.
A nivel
particular, a partir de la adolescencia, cada palenquero forma parte de una
organización social denominada kuagro; son
grupos de personas de la misma edad en los que sus miembros se dan ayuda mutua
de cualquier tipo, ya sea económica o sentimental. «Tu kuagro puede ayudarte a pagar una deuda o a encontrar pareja. Es un núcleo
más concentrado que la propia familia, es una familia más»,explica Elías Antonio Sierra Fernández desde su hotel, cuyas paredes
están llenas de pinturas en honor a la negritud de Palenque.
La deshonra como castigo
Una de las partes más sorprendentes de
la organización palanquera es, sin duda, su sistema de seguridad, y es que la
Policía colombiana no puede acceder al territorio de San Basilio de Palenque
salvo por causa extrema, y habiendo solicitado un permiso. Los palenqueros tienen
sus propios agentes, la Guardia Cimarrona, que se basa en un sistema de
seguridad tradicional. «Son voluntarios, no tienen remuneración del Gobierno.
La idea es tener un sistema de seguridad independiente para mantener nuestra
tradición»,aclara
Salgado. «Son personas muy respetadas. Hacen cumplir las leyes por la
persuasión que ejercen sus miembros. Es una herencia directa de sus ancestros»,
cuenta.
Lo más curioso de este sistema único
es que las sanciones son morales, y se reflejan en el comportamiento social. «A
quien roba, se le castiga socialmente y la propia comunidad lo va apartando.
Esto genera vergüenza; es un sistema de valores y no de represión, como los
tradicionales», explica Elías Antonio Sierra.
La
particularidad del territorio de San Basilio de Palenque ha hecho que «el
propio Gobierno colombiano lo regule como comunidad sin intervenir
directamente», cuenta Sierra. «Los palenqueros tienen un régimen especial,
permitido por las autoridades nacionales, que ven como una manera de compensar
los daños causados en la época de la esclavitud», explica. «El colombiano se
siente en deuda con San Basilio de Palenque y su comunidad por todo lo que
ocurrió en el pasado», reconoce.
Hoy en
día, San Basilio no cumple con los requisitos para ser considerado municipio,
pero el Gobierno colombiano está haciendo esfuerzos para declararlo como
«municipio especial» con el fin de que las comunidades consigan más autonomía
presupuestaria y política, lo que traería consigo una mejora significativa, por
ejemplo en las infraestructuras.
La lucha durante cuatro siglos del
pueblo palenquero ha sido una manifestación de resistencia que en su día marcó
la ruta de la libertad para las demás personas negras esclavizadas repartidas
por todo el continente americano. Mediante sus propias creencias, una lengua
diferente, su música e incluso sus propios sistemas de gobierno y seguridad,
este «pedazo» de África, declarado en 2005 por la UNESCO como Patrimonio
Cultural e Inmaterial de la Humanidad, resiste en medio del Caribe colombiano.
El perdón cura las heridas provocadas por el resentimiento y renueva las personas, las familias, las comu- nidades y la vida social. El perdón es la clave de nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos El perdón es una necesidad. Si no perdono, no puedo ser perdonado. El perdón es un proceso, este es, un continuo crecimiento hacia la libertad interior. No olvidemos que algunas experiencias son tan dolorosas que requieren mucho tiempo transcurrido en el perdón.