Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
en Colombia y Ecuador

MOZAMBIQUE
Una caminata generosa

Hno. Pablo Ostos / Desde Chitima (MOZAMBIQUE)

Tengo 51 años. Nací en Écija, un pueblo de la provincia de Sevilla (España), y me crié en Córdoba. Vengo de una familia cristiana y estudié en un colegio de los Hermanos de la Salle. Me matriculé en la universidad, donde estudié Ingeniería Técnica Agrónoma. Aunque había crecido en una familia cristiana, hubo un momento en el que ya no participaba en la vida de la Iglesia, pero sentía que algo me faltaba para sentirme feliz. 
Decidí volver a la Iglesia cuando, a los 28 años, realicé una experiencia en Perú con niños de la calle. El contacto con su realidad me hizo descubrir la presencia de Dios en los demás y en mí mismo. Al verlos, sentía que Jesús lloraba cada día. Es entonces cuando descubrí que mi felicidad se encontraba en mi entrega a los más pobres, que entonces eran estos chavales. Después de un tiempo de reflexión, decidí consagrarme a Dios para servir mejor a los más necesitados. 
Tenía 33 años cuando ingresé en los Misioneros Combonianos. Después de dos años de formación en España y otros dos en Portugal, volví a Écija, a la iglesia de Santa María, en la que había sido bautizado, para mi primera profesión religiosa. Después de los estudios teológicos en Bogotá (Colombia), fui enviado a Mozambique, donde he trabajado diez años. Actualmente estoy destinado en la comunidad de Chitima, donde vivo experiencias muy bonitas con la gente. 
Hace unos meses fui a visitar cuatro comunidades de la zona de Thaca. Me fui a pie. Salí de Chitima para la comunidad de Sunsa, que está situada en lo alto de la montaña. Son dos horas de subida. Como caminaba en la presencia del Señor, fui saludando a la gente que encontraba por el camino, entre ellos, a un grupo de mujeres que bajaban a Chitima para vender los productos que cosecharon en sus huertas. Ya nos conocíamos, por eso no me extrañó su saludo: «¡Eh, el hermano Pablo!». Conversamos un poco y seguí mi camino. Vi a otras mujeres que esperaban a las hortelanas para comprarles algunos productos y venderlos en el mercado de Chitima. Las saludé y les expliqué adónde iba y lo que iba a hacer. Que hubiera recorrido una larga distancia a pie les pareció un escándalo porque están acostumbradas a ver a los blancos solo ir en coche. Agradecieron la conversación y continué. 
Me encontré con más mujeres trabajando en el campo; cortaban el maíz, que ya estaba seco. Hablamos del año agrícola y de la cosecha, escasa por falta de lluvia. Nos despedimos y seguí mi camino, disfrutando de la naturaleza: el campo estaba verde y el agua brotaba de manantiales y arroyos. También gozaba de las vistas que me daba la altura sobre la gran llanura de Chitima. 
Más adelante, y ya cansado, me encontré a un hortelano que se acercó a saludarme y me ofreció una chirimoya. La cogí con las dos manos y di tres pequeñas palmadas como señal de agradecimiento. La compartimos, y a mí me supo a gloria. Abordé el último tramo de montaña, donde me encontré con un joven estudiante que se iba al colegio. Tendría unos 15 años. Fuimos conversando en chinyungwe; mientras él se comía unos cacahuetes, que me ofreció antes de despedirnos. A mí me marcó su generosidad, y a él que yo me desplazara a pie. 
El último repecho era el más fuerte pero yo ya estaba cerca de Sunsa, adonde llegué unos 20 minutos después. Me dirigí a la casa de Modesto, el animador de la comunidad. Allí estaban sus hijas de dos, seis y ocho años. Ya nos conocíamos y se alegraron al verme. Me saludaron con timidez, pero con una sonrisa amable. Después llegaron Modesto y su esposa. Me ofrecieron agua fresca para ducharme y después empezamos la conversación y preparamos el encuentro con la comunidad, que estaba previsto para la tarde. Comimos, descansamos y fuimos a la celebración de la Palabra. 
El día siguiente amaneció fresco y nublado. El animador y su esposa estaban a punto de prepararme el desayuno cuando les dije que no se preocuparan. Quería salir a las seis de la mañana para estar a las diez en Nanjenje, la siguiente comunidad. Yo sabía que allí me darían de comer y para el camino guardaba los cacahuetes que me había regalado el joven estudiante el día anterior. 
Al final, salí a las seis y media. Modesto, el animador de la comunidad, se prestó a acompañarme, ya que hay muchos caminos que se cruzan y es fácil perderse. Para atravesar esa planicie se emplean unos 30 minutos a buen ritmo. Al iniciar el descenso de la montaña vimos la cara interior que da al lago de Cabora-Basa. Las vistas eran muy bonitas, aunque la bajada, muy pendiente sobre un terreno pedregoso, se convirtió en un auténtico rompepiernas. Abajo, se divisaba la comunidad de Thaca, que se encuentra en el camino para Nanjenje. Después de una hora de caminata y ya orientado, Modesto me dejó y se volvió para casa. Le agradecí la compañía y nos despedimos.