Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
en Colombia y Ecuador

San Daniel Comboni y la pandemia

Este año celebramos la fiesta de San Daniel Comboni en unas circunstancias muy especiales. Llevamos ya más de ocho meses sobrecogidos por los efectos de una pandemia que ha causado cientos de miles de muertos en el mundo y millones de enfermos, a veces con consecuencias muy graves para su salud. Algunas de estas víctimas han sido compañeros nuestros, otras personas cercanas a nosotros y todas importantes a los ojos de Dios. Además, todos nosotros seguimos viviendo bajo la amenaza de ese desconocido virus que nos hace sentir frágiles y atemorizados, con consecuencias negativas para nuestras propias personas, para la vida comunitaria y para nuestra misión.

P. Antonio Villarino

Todo esto nos recuerda de alguna manera las circunstancias en las que Comboni vivió y desarrolló su misión africana, en respuesta al llamado que Dios le hizo desde su juventud. Sabemos que él afrontó viajes larguísimos en condiciones climáticas extremas y de gran incomodidad; epidemias y hambrunas, que afectaban a la población de Sudán; enfermedades y muertes inesperadas de sus compañeros y de él mismo; incertidumbre e inseguridad en el proyecto de misión que estaba desarrollando, etc. 
En sus cartas y escritos hay abundante referencia a esta situación. Recordemos algunas: 
El 20 de febrero de 1879 (un año y medio antes de morir) escribe al francés Berard de Glajeux: 

“En una zona de mi Vicariato, mayor que dos o tres veces Francia, ha muerto la mitad de la población y más de la mitad del ganado y de los animales en general. En buena porción del mismo Vicariato han muerto las tres cuartas partes de la población con los animales, y en muchas localidades situadas a poca distancia de Jartum no solamente ha muerto toda la gente, sino también la totalidad de los animales y del ganado, hasta los perros”. (Escritos, 5658) 

Y sigue:

  “La propia Misión ha tenido a causa de esta terrible epidemia inmensas pérdidas de misioneros europeos y de Hermanas, incluso ha muerto mi Administrador y Vicario General, D. Antonio Squaranti, que era el brazo derecho de mi Obra” (Escritos, 5659). 

Ya unos meses antes de estas cartas, el 12 de mayo de 1978, escribe, a Don Bartolomé Rolleri explicándole el “terrible azote de la carestía” y contándole cuál ha sido su reacción de solidaridad:

“Hemos socorrido no pocas familias de cristianos, que se hallan en la mayor indigencia; ayudamos también cuanto podemos a los musulmanes que están en extrema necesidad, porque la caridad en semejantes casos no distingue entre griego, árabe y sirio... “ (Escritos, 5152) 

Como vemos, Comboni reacciona ante tal situación con diligencia y solidaridad. Pero uno se pregunta si no haría mella en su ánimo o si no pensaría en dejar sus proyectos misioneros para otra ocasión. Por el contrario, Comboni, que afirma que hasta entonces ha estado a punto de morir 14 veces en 21 años de misión, siente el “coraje del león”. Y En una carta de cinco días antes a la Sociedad de Colonia comenta:

“Ante tantas aflicciones, entre montañas de cruces y de dolor… el corazón del misionero católico se ha resentido por estas enormes complicaciones. Sin embargo, él no debe perder el ánimo por esto: la fuerza, el coraje, la esperanza nunca pueden abandonarlo. ¿Acaso el corazón de un verdadero apóstol es susceptible de dejarse dominar por el abatimiento y el temor a causa de todos estos obstáculos y dificultades descomunales? No, esto no es posible, ¡Jamás! Sólo en la Cruz está el triunfo” (Escritos, 5646) 

De Comboni a los combonianos 
Esta experiencia muy dura de Comboni no se acabó con él. 
Sus discípulos y continuadores de su obra fueron sometidos a durísimas pruebas en casi toda la historia del Instituto: desde la Mahdia (con la esclavización de misioneros y misioneras por el Mahdi y sus tropas por más de 17 años, con la muerte de algunos y la humillación de todos) a la persecución y expulsión de nuestra patria misionera, Sudán, de unos 300 misioneros y misioneras, hasta las guerras de Congo, Uganda o Mozambique, entre otras situaciones de dolor y conflicto, que causaron la muerte violenta de 23 combonianos y dos combonianas. 
Nuestros misioneros han compartido con las poblaciones a las que fueron enviados, no solo estas tragedias de violencia e injusticia, sino también enfermedades que hacen sufrir a millones de personas, como el paludismo, el ébola, la tuberculosis, etc. Yo puedo recordar, por ejemplo, a dos compañeros españoles que murieron por un violento ataque de paludismo en Etiopía. Probablemente cada uno de nosotros podría recordar otros casos que ha conocido de primera mano. 
Ahora esta epidemia nos hace una vez más partícipes del dolor de una humanidad herida y humillada y nos hace expuestos al dolor, la desconfianza y al miedo. En Italia tuvimos varios combonianos muertos a causa de esta epidemia; en España hemos perdido también dos compañeros de una manera inesperada y hasta cierto punto “cruel”; otros hemos sido infectados o estamos con miedo de ser infectados. 
Por eso, en el día de hoy, haciendo memoria de San Daniel Comboni, nos viene muy bien recordar como él vivió y afrontó las muchas y terribles situaciones que experimentó, tal como él mismo nos contaba en sus escritos, de los que he recordado apenas cuatro breves párrafos. 
Al leer sus Escritos, me atrevería a destacar algunas actitudes que pueden iluminar nuestra conducta de hoy: 

1.- ASUMIR LOS RIESGOS SIN RETROCEDER 
Como el Buen Pastor que, según Lc 9, 51; endureció el rostro y decidió “con determinada determinación” (en expresión de Santa Teresa), ir a Jerusalén, es decir, afrontar las consecuencias de su misión y de su obediencia. En Colombia dicen: “Para atrás ni para coger impulso”. La misión exige fidelidad y capacidad de riesgo. 

2.- ACTUAR CON PRUDENCIA Y SABIDURÍA 
En todo su apostolado Comboni se portó con valentía e iniciativa, pero siempre sin perder la calma, la cordura y el sentido común. Me parece de gran sabiduría el siguiente texto: “Nada es tan útil como adquirir la costumbre de la calma, el orden, la conducta serena y decorosa, que dejan al espíritu la libertad necesaria para hacer el bien, sin confusión    y sin prisa; y quita los peligros de una tensión y de un esfuerzo que oprime al cuerpo”. (Escritos, 2739) No se trata de hacerse los héroes “descerebrados”, sino de buscar, con sabiduría, lo que es más conveniente y útil en la situación correspondiente. 

3.- SOLIDARIZARSE CON LOS QUE SUFREN, tanto dentro de la comunidad misionera como en la población. 
Comboni no se quedaba de brazos cruzados ante las inmensas dificultades que le tocó superar ni ante la experiencia de la carestía y la epidemia que asolaron su Vicariato. Se remangó para atender a sus hermanos de Misión, a los cristianos de su Vicariato y a los musulmanes, hermanos de humanidad en peligro. Pedía ayuda y trataba de encontrar los medios donde fuera para no permanecer inútil ante una situación tan dramática. Por fortuna yo pude experimentar ese espíritu comboniano de fraternidad y solidaridad durante mi propia enfermedad y confinamiento en Madrid. También me parece que las comunidades de Colombia -y seguramente de otros lugares que no conozco- supieron reaccionar con ese mismo espíritu en los meses pasados. Gracias sean dadas a Dios. 

4.- MANTENER EN TODO MOMENTO LA CONFIANZA EN DIOS, afirmando continuamente que el triunfo de Dios pasa por la Cruz. 
“Tengo una inquebrantable confianza en Dios por quien únicamente he expuesto y expongo mi vida y por quien también actúo, sufro y moriré... Frente a ciertos acontecimientos de la vida nos conviene con bastante frecuencia adorar y callar: la Providencia adivina sabe cumplir hasta la última letra el dicho “para los que aman a Dios, todas las cosas contribuyen para el bien”” (Escritos, 1452) 

5.- RESISTIR HASTA LA MUERTE 
En todo momento, pasase lo que pasase, Comboni mostraba una total e indiscutible fidelidad y lealtad a Dios, a su vocación, a la Iglesia y al pueblo. Como el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas y al que nadie le quita la vida sino que él la da voluntariamente (Jn 10) 
“Tengo la salud destrozada: la fiebre no me quiere dejar, y estoy agobiado por la fatiga y por el dolor de tantas cruces. Sin embargo, el espíritu resiste en la esperanza de ese Jesús que palpitó y murió por la Nigricia” (Escritos, 5522) 

6.- ESPERAR CONTRA TODA ESPERANZA 
Conocemos su testamento en el momento de su muerte. Como Jesús, que entregaba su último aliento al Padre sobre la Cruz, Comboni, que siente su vida desmoronarse y acabarse antes de tiempo, sabe confiar y esperar más allá de sus propias fuerzas: “Yo muero, pero mi obra no morirá”. Para eso es necesario tener fe en que los procesos del Reino los procesos van más allá de nosotros mismos, de nuestros éxitos y fracasos. Valentía para el presente y esperanza para el futuro, sean cuales sean las dificultades que hay que superar, es la actitud de Comboni que nos recuerdan el testamento de Jesús: 
“No estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan confianza: “Yo he vencido al mundo”  (Jn 16, 32-33). 
Nuestra pandemia no es más grave que la que sufrió Comboni. Su memoria, unida a la de Jesús en la Cruz, nos ilumina y nos anima a  no perder la esperanza y a seguir trabajando con humildad y fidelidad, dejando el fruto de nuestro trabajo en las manos del dueño de la mies. 

P. Antonio Villarino - Bogotá  
  

El perdón cura las heridas provocadas por el resentimiento y renueva las personas, las familias, las comu- nidades y la vida social. El perdón es la clave de nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos El perdón es una necesidad. Si no perdono, no puedo ser perdonado. El perdón es un proceso, este es, un continuo crecimiento hacia la libertad interior. No olvidemos que algunas experiencias son tan dolorosas que requieren mucho tiempo transcurrido en el perdón.