Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
en Colombia y Ecuador

PASTORAL AFRO
El bloque negro

La población negra de las Américas supera los 140 millones de personas. No es homogénea. Un joven negro de EEUU es portador de considerables diferencias culturales respecto a un coetáneo suyo de Salvador, Bahia, en Brasil, o de Asunción en Paraguay, o incluso del Valle del Chota en la Cordillera de los Andes en Ecuador. Rafael Savoia, director de CAEDI-Bogotá

La población negra de las Américas supera los 140 millones de personas. No es homogénea. Un joven negro de EEUU es portador de considerables diferencias culturales respecto a un coetáneo suyo de Salvador, Bahia, en Brasil, o de Asunción en Paraguay, o incluso del Valle del Chota en la Cordillera de los Andes en Ecuador. 
Diversos son los grupos afroamericanos dispersos por el Continente. Es el mundo negro de las Américas, que ha tenido que vérselas con el mundo de los indios y de los europeos. Las mutuas influencias originaron nuevas culturas, o, como diría Manuel Zapata Olivella, el “mestizaje cultural triétnico”. Según las regiones y los diferentes procesos históricos, dominará una a otra, pero, generalmente, las varias raíces están simultáneamente presentes. En el caso de los afrodescendientes, Roger Bastide distinguía entre las “culturas afroamericanas”, mayormente marcadas por los elementos africanos, y “negroamericanas”, que han sufrido un proceso más intenso de aculturación. 
Es indudable en todo caso la fuerza de estas “supervivencias” culturales y de estos “sincretismos”, si han sabido resistir a siglos de dominación “blanca”. Las culturas afroamericanas no se expresan sólo en la danza y en la música. Como escribía el líder negro colombiano Amir Smtih-Córdoba, “no somos del África, pero es un hecho que ‘pigmentogeográficamente’ somos un número tan grande de habitantes, que se podría pensar en el concepto de negritud como bandera étnica inicial para la consecución de nuestros objetivos. De ahí la importancia de crear inicialmente las condiciones apropiadas, no para que el negro baile, que como todos saben, baila, y muy bien; lo que queremos no es limitarnos a bailar. El hombre y la mujer negros han dado a las Américas mucho más que lo que cuentan los libros de la escuela…".
Todos tienen en común la proveniencia de África, la trata negrera, la esclavitud en las ciudades y en el campo, la resistencia heroica de los palenques, poblados constituidos por aquellos que se autoliberaban y que, todavía hoy, representan un símbolo de dignidad y de lucha para el movimiento negro y son parte integrante del más auténtico patrimonio espiritual de la humanidad. El cimarronaje no ha sido sólo una reacción a la imposición de la esclavitud, sino la expresión vigorosa de resistencia cultural, radicado como está en el común origen africano y en la experiencia de una opresión total. Se ha fundado sobre una cierta toma de conciencia de la identidad étnica. 
La historia contada por los opresores nos está revelando grandes figuras que animan todavía hoy a cuantos luchan por la libertad en cualquier parte del mundo: Nat Turner en EEUU, Satuyé de los Garífonas de San Vicente y Centroamérica, Bayano de Panamá, Rey Miguel y Reina Guiomar en Venezuela, Domingo Bioho en Colombia, Alonso de Illescas en Ecuador, Francisco Congo en Perú, Zumbí en Brasil, Lemba en Santo Domingo, Makandal en Haití, Cudjoe en Jamaica. Son una fuente privilegiada de inspiración para los jóvenes, los políticos negros de hoy y las organizaciones. Entre estas recordamos el Movimiento Nacional Cimarrón de Colombia y la filosofía del quilombismo del afrobrasileño Abdias do Nascimento. 
Entre los principales fundamentos de la cultura afroamericana señalamos al menos los siguientes.
• Los africanos arrancados de su Continente y sus descendientes, a pesar de todos los esfuerzos esclavistas por destruir sus creencias, religiones, traiciones… Cuando pensaban que los habían reducido a “bienes semovientes”, sin derecho alguno civil, han extraído de lo más profundo de su ser nuevas energías. Han creado nuevas formas de religiosidad y nuevas religiones llenas de vitalidad. El episcopado latinoamericano, en 1992 ha aceptado como desafío –que incluso suscitó polémicas- “la importancia de profundizar el diálogo con las religiones no cristianas presentes en nuestro Continente, particularmente las indígenas y afroamericanas, por tanto tiempo ignoradas o marginadas” (Santo Domingo 137). 
•Incluso en la segregación típica del sistema esclavista, eran inevitables ciertas relaciones, como las de Dueño/esclavo, madre nodriza negra / patrona y niño blancos, y otras, que tanto daban lugar a intercambio de creencias y tradiciones, cuanto proporcionaban razones para las rebeliones, las fugas y el surgimiento de nuevos palenques. Los esclavos provenían de países y culturas diferentes, alguna de las cuales conocían la escritura, pero en cautividad han sabido inventar y crear, por las circunstancias o por propia opción, y han privilegiado la tradición oral sobre la escrita. En concreto han empleado un medio de comunicación eficaz y comunitario, con un fuerte poder de convocatoria: el lenguaje del tambor. Este instrumento resuena todavía hoy de Belize hasta la Patagonia, de Los Ángeles a Roma, en los rituales y en las fiestas, recordando el pasado y preparando el futuro. 
•La trata esclavista, que duró siglos, contribuyó, sobre todo por las incursiones para capturar nuevos esclavos, llamados bozales, a alimentar las culturas afro. Los dueños favorecían los aspectos aparentemente más inocentes, como cantos, danzas, juegos, así como las procesiones, las reuniones entre miembros de las mismas “naciones”, de las cuales salieron también las “cofradías”. En ellas los patrones veían el modo de avivar la división y la rivalidad entre los negros. Lo ratificaron con una legislación particular. Pero los vencidos, una vez más, supieron transformarlo en ocasión de unión, de recuperación de su identidad. Y en el respeto mantenido a sus reyes y reinas (como en el caso del congdos de Belo Horizonte, en Brasil, y del Rey Bonifacio de Coroico en Bolivia) manifestaban el rescate de su dignidad, se ayudaban entre ellos, reforzaban su solidaridad. Fueron después sorprendidos, incluso porque las autoridades se dieron cuenta de que aquellos grupos eran un ambiente de conspiración y rebelión. Algunos estudiosos encuentran aquí, en estas organizaciones negras la raíz del carnaval, que hace vibrar los países americanos y caribeños. 
La emancipación que se generalizó en los países latinoamericanos hacia la mitad del siglo XIX creó ciudadanos de segunda categoría, especialmente entre los indígenas y negros. En las actas del I Congreso de cultura negra de las Américas (1973) se lee: “El trabajo del esclavo negro ha tenido una importancia decisiva para el enriquecimiento del blanco europeo y de los criollos durante la Colonia. Este proceso ha sido común en EEUU y en América Latina. Actualmente, abolida la esclavitud, el negro sigue participando de manera desigual en el sistema económico. Pero han afinado su conciencia de constituir grupos étnicos con una cultura propia, y también de haber sido un factor determinante para el crecimiento económico de los respectivos países y del Occidente”. 
Especialmente en torno a los años 70 se ha iniciado un proceso de organización a nivel local (“La Saya” en Bolivia, el grupo “Cambacuá” de Paraguay), nacional (“Movimiento Nacional Cimarrón” de Colombia, el “Movimiento Afroecuatoriano Conciencia” y la “Federación de Organizaciones Negras de Pichincha” en Ecuador, el “Movimiento Negro Unificado" de Brasil, la "Organización para el desarrollo de las Comunidades negras de Honduras", ODECO), y continental del movimiento afro, como la “Red continental de organizaciones negras”. Reivindican paridad de oportunidades en la escuela, el trabajo, la salud, el tiempo libre. De paso notemos cómo todavía en el 2000 las organizaciones negras de Lima han luchado por tener acceso a ciertos clubes y, en Miami, a ciertos bares. Han constituido, por ejemplo en Ecuador, alianzas con movimientos sociales, indígenas y populares. Ya se han abierto su camino. 
En los últimos decenios, las religiones tradicionales afroamericanas, en particular el Candomblé, la Umbanda, Macumba de Brasil y Santería cubana demuestran una vitalidad propia y se abren siempre más a América del Norte y también a Europa, siguiendo las vías del comercio y de la migración. Hoy se puede encontrar “madres y padres de santo” en los terreiros de São Luis como en los de Milán. 
También iglesias cristianas se ha dado espacio a la reflexión y al diálogo con la teología negra de la liberación, desde EEUU (James Cone) a Brasil (Grupo Atabaque), de Colombia (Grupo Guasá) hasta Costa Rica. Los agentes de pastoral negros de la Iglesia católica se han puesto en marcha sobre todo a partir de Puebla, con la pastoral afroamericana, que está organizada en varios países: Brasil, Ecuador, Colombia, Panamá, Honduras. La iglesia católica ha realizado ya ocho encuentros continentales de agentes de pastoral afro; el noveno será en Callao, Perú, en 2003. 
Los afroamericanos son un sujeto emergente, al lado de la mujer, en la política y en la economía de los países latinoamericanos. En EEUU el movimiento negro de los años calientes de la segunda mitad del decenio de los 60 ha conseguido conquistas sociales y políticas no indiferentes, con senadores, diputados, alcaldes de grandes ciudades. El malestar, no obstante, todavía se hace sentir: baste recordar la sublevación de Los Ángeles (1992) o la marcha del “millón de hombres negros” (1995) promovida por Louis Farrakhan, que no oculta sus miras sobre los negros de América latina, como reveló su viaje a Cuba.
Los negros tienen ya un peso en las elecciones presidenciales mismas. No es insignificante que George Bush haya escogido como estrechos colaboradores a personalidades afroamericanas de la tala de Colin Powell, secretario de Estado, y Condeleezza Rice, consejera para la seguridad, y, por la educación, también un ministro negro, Roderick R. Paige. 
Tomando libremente de los indios, de los mestizos, de los europeos, los negros han dado vida a nuevas culturas que han influenciado a la misma cultura occidental. Baste pensar en la contribución dada al respeto de los derechos humanos por el movimiento de Martin Luther King, y también de la música agro. Después de siglos de opresión, han reafirmado sus religiones y estilos de vida, contribuyendo a la formación de la realidad latinoamericana. En la cultura del país más poderoso del mundo han dejado una huella imborrable.
Se advierte también la necesidad de una relación con África, como hizo entender Malcom X en su discurso a los jefes de estado africanos: “Los problemas de ustedes no se resolverán nunca, hasta que, a menos que nuestros problemas, de negros estadounidenses, se resuelvan. No serán ustedes nunca respetados, hasta que, a menos que, nosotros seamos respetados. 
Las luchas de los afroamericanos –culturales, sociales y políticas- han tenido también como resultado un reconocimiento de la propia especificidad en las Constituciones de algunos países como Colombia, Ecuador, Brasil, y –el caso más avanzado es aquel de la ley 70 de Colombia sobre la identidad, educación y tierra de las comunidades afrocolombianas- tal reconocimiento comienza a encontrar una traducción en las legislaciones corrientes.
Algunos hablan de solidaridad que se manifiesta en un pluralismo multiétnico, pluricultural, que se oponga a la explotación de una raza sobre otra. Porque el racismo es todavía una herencia pesada. Así lo han denunciado los varios Encuentros, como el Seminario preparartorio Bahia-Sergipe de septiembre de 2000, en vistas a la “Conferencia mundial contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia” de septiembre de 2001 en Durban, Sudáfrica.
En este contexto se advierte la necesidad –también en el movimiento negro- de la autocrítica y de una “ética del amor”, como dice Cornel West: “El amor a sí y a los otros son dos modos de acrecentar la estima de sí mismo y de animar la resistencia política en el ámbito de la propia comunidad…

El perdón cura las heridas provocadas por el resentimiento y renueva las personas, las familias, las comu- nidades y la vida social. El perdón es la clave de nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos El perdón es una necesidad. Si no perdono, no puedo ser perdonado. El perdón es un proceso, este es, un continuo crecimiento hacia la libertad interior. No olvidemos que algunas experiencias son tan dolorosas que requieren mucho tiempo transcurrido en el perdón.