Revista Digital Misionera Católica
de los Misioneros Combonianos
en Colombia y Ecuador

ECUADOR
Las puertas de la iglesia se abren temprano

Lucía Fonts - desde Quito (Ecuador)

Santa Elena es un pueblo situado en el noreste de Ecuador. Es una zona rodeada de bellas montañas verdes, con un clima tropical que trae algunos mosquitos. A este pueblo no suelen ir los sacerdotes, sino que es una catequista la que acompaña a la comunidad. Las familias en su mayoría viven del cuidado de grandes fincas y del ganado vacuno, un trabajo muy exigente y poco rentable. 
Hace unos meses tuve mi primera experiencia fuera de Quito, donde continúo mi formación misionera. Ibedh, una joven de 19 años que nos acompañó durante este tiempo me dijo: «Vamos a la cancha. Invitémoslos a un encuentro, ya que no ha llegado ningún adulto». Era por la tarde, ya habíamos acabado de comer y estábamos sentadas charlando delante de la puerta de la iglesia esperando a la gente que iba a participar en una celebración. 
Al rato, un grupito de adolescentes se acercó a la pista de deportes, que está justo enfrente del templo. «Es verdad –pensé–, los adultos suelen trabajar en el campo hasta muy tarde y no suelen venir a los encuentros de oración». Es así como Ibedh y yo nos fuimos a la cancha mientras la hermana Elvira se quedaba en la iglesia por si llegaba algún adulto. Los jóvenes, de algún modo, nos estaban esperando. A pesar de que al comenzar el día hicimos una invitación general por el altavoz de la parroquia, y también con unos carteles que escribimos a mano y pegamos en los lugares más concurridos del pueblo, los jóvenes no habían ido a la iglesia. 
Ahí estaban, frente a nosotras, jugando como quien no quiere la cosa. Aquella tarde, cuando nos reunimos, descubrí que estos jóvenes están sedientos de Dios, que quieren ser valorados por su comunidad, que tienen una gran necesidad de estar acompañados. Compartieron con nosotras muchas historias de familias rotas, de sufrimientos callados, de violencia y abusos por parte de los familiares y compañeros… 
Les escuchamos y les hablamos del Evangelio. Eso nos permitió establecer una relación con estos chicos, que comenzaron a participar en las iniciativas de la parroquia. A lo largo de esa semana visitamos a las familias de Barrio Lindo, unos encuentros en los que descubrí la necesidad de meternos de lleno en la realidad de la gente sin miedo a perder el lustre de nuestros zapatos ni a que nos afectase el sufrimiento de este pueblo que lucha por el pan de cada día y que en ocasiones no encuentra en la Iglesia la respuesta a su clamor. 
Comprobamos la soledad en la que viven las personas mayores; en concreto, me impactó conocer al señor Juan, un hombre soltero de edad avanzada, que vive en el interior de la montaña y que tiene como único compañero a su asno.
Nuestra presencia en Santa Elena, una iglesia que había estado cerrada mucho tiempo, hizo posible que estuviera de nuevo accesible para los feligreses de la zona. Entonces entendí por qué era importante para la hermana Elvira que la puerta de la iglesia se quedara abierta desde bien temprano. A la vuelta de mi experiencia, ya de regreso a Quito, me he dado cuenta de nuevo de lo inmensa que es la mies, y de los escasos que son los obreros.

El perdón cura las heridas provocadas por el resentimiento y renueva las personas, las familias, las comu- nidades y la vida social. El perdón es la clave de nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos El perdón es una necesidad. Si no perdono, no puedo ser perdonado. El perdón es un proceso, este es, un continuo crecimiento hacia la libertad interior. No olvidemos que algunas experiencias son tan dolorosas que requieren mucho tiempo transcurrido en el perdón.