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MÉXICO
Cardenal Arizmendi, una vida de servicio

El Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, México, fue llamado por el Papa Francisco a formar parte del Colegio Cardenalicio y dialogó con Vatican News sobre su nombramiento, su vocación de servicio en la Iglesia.
Renato Martinez / Manuel Cubías  (Vatican News)    

Usted ha sido creado Cardenal, ¿Qué implicaciones tiene esta elección para usted como hombre de Iglesia? ¿De qué se trata esta tarea?    
En primer lugar decir que para mí fue una sorpresa, nunca me lo esperaba, le doy gracias a Dios y al Papa. Para mí significa más que un honor o un título, significa afianzar mi responsabilidad en la Iglesia. Pero como el Papa nos decía cuando anuncio nuestro nombre, es una invitación a confirmar nuestra adhesión a Cristo y la disposición para el servicio a la Iglesia universal colaborando con el Santo Padre. Esto significa que hay que seguir trabajando en lo que estamos haciendo, pero ahora con una dimensión de una cercanía con el Papa, de una colaboración más inmediata en lo que él necesite para servir a la Iglesia. Por tanto, no es tanto un título, sino una responsabilidad de servicio al Evangelio, a la Iglesia, a la humanidad. 

¿Cómo se fue construyendo en su vida, este espíritu de servicio a la Iglesia y en el que ahora se le pide dar un paso adelante?    
Yo nací en un pueblo campesino, mi padre fue un campesino muy trabajador no solamente para cuidar a la familia, sino para servir a la comunidad. Yo soy hijo de la Acción Católica, mi padre era de la Acción Católica y siempre nos enseñó a estar muy junto con la familia, pero también muy cerca de Dios y servidores del pueblo.  Entonces, mi espíritu de servicio nació de mis padres, igualmente mi mamá, una mujer sencilla, de hogar, analfabeta, no sabía leer porque en su tiempo no había escuela, era una mujer muy servicial no solamente en casa, sino a otras personas. Y después la Iglesia, el Evangelio, me han enseñado que la vida es servicio y dónde he estado, como sacerdote u obispo, he procurado servir.  Es una enseñanza del Evangelio, lo bebí en mi casa. En este sentido, es el esfuerzo de tratar de servir siempre, es lo que le da sentido a la vida, qué puedo hacer por los demás.

Usted conoce la realidad de los pueblos indígenas de México y también la realidad que viven los migrantes, seguramente ha compartido con ellos muchísimos años. ¿Cómo se hace presente en este momento de su vida, la experiencia de los pueblos indígenas y de los migrantes y qué desafíos siente ante esta realidad?    
Yo fui párroco de una comunidad indígena, Otomí, en mi diócesis de origen, Toluca, y desde entonces empecé a apreciar y a valorar otra cultura. Cuando llegue, lo confieso humildemente pido perdón por ello, los menospreciaba, pensaba que eran supersticiosos, ignorantes y no me di cuenta de que es otra forma de ser persona, de ser familia, de ser pueblo, de ser creyente, de expresar su fe en Dios y aprendí también de ellos.
Después, en Chiapas he estado trabajando 18 años con los indígenas. Lo primero es conocerlos, no juzgar, no condenar, sino apreciar y valorar; hay cosas que son extraordinariamente bellas otras no, son fruto del pecado también, como la explotación, la marginación de las mujeres, que eso está mal desde luego. Pero el sentido de la vida comunitaria, la solidaridad, el sacrificio, el trabajo, la oración al buen Dios, son valores extraordinarios e igualmente comprobado en mi servicio desde el CELAM para comunidades indígenas de toda América Latina. Me ha tocado trabajar durante varios años con quiénes trabajan en comunidades indígenas de los distintos países Latinoamericanos. En cuanto a los migrantes, empecé a vivir con ellos cuando estaban refugiados en Tapachula. Tuve mi primera diócesis en Chiapas y había ahí cerca de 50.000 personas refugiadas, porque eran fruto de la guerra que había padecido Guatemala y me empezó a llamar la atención esta situación y tratamos de servir. Mi antecesor, Don Luis Miguel Cantón Marín, trabajó mucho con ellos y yo seguí su trabajo. Después, ya estando en San Cristóbal de Las Casas, igualmente empezó acrecentarse tanto la migración de indígenas a otros lugares del país o del extranjero como el paso de muchos migrantes, la mayoría de Centroamérica pero también de otras partes. Conviviendo con ellos vi sus angustias, su sufrimiento, sus penas y qué hicimos, pues tratar de servir lo más que podíamos. Hicimos varias casas para migrantes en distintas partes, pero también les pudimos dar protección jurídica en diálogo con las autoridades y defendiendo sus derechos. Es una realidad sobre la que debemos seguir aprendiendo, porque sigue creciendo ya que la migración no se detiene.   Los pueblos indígenas tienen derecho a que se les conozca, se los respete, se los valore y que la Iglesia se haga presente, se encarne en esas comunidades. Una Iglesia autóctona, es decir, que está en las culturas siendo católica y siendo fiel al Evangelio y poniendo como centro siempre a Jesucristo servidor, que nos dijo en Mateo 25 que lo que hagamos por los demás, aunque sea un vaso de agua, lo recibe como hecho a él mismo.  

América Latina en este momento está pasando por complejas crisis sociales, políticas, económicas y sanitarias; de hecho, hay explosiones ya que incluyen expresiones de violencia en varios países de Sudamérica. ¿Podría usted decirnos, cómo responder como Iglesia a esta realidad? 
En primer lugar, conocer cuál es la razón de esas inconformidades. Muchas veces son injusticias que hay atrás, hay que conocer porque a veces podemos contener fácilmente la violencia sin darnos cuenta de que en el trasfondo hay razones de injusticias, que a veces la gente está desesperada. Siempre seremos enemigos de la violencia, pero hay que leer qué significa esa violencia, qué hay atrás y atrás con frecuencia hay muchas injusticias que se cometen, sea por parte del gobierno, sea por parte de las instituciones, de los empresarios, etc. También tenemos que ver qué significa para la Iglesia; ha habido mucha violencia también contra imágenes religiosas y tenemos que tratar de no solamente pensar que son gente mala, perversa o endemoniada, sino que hay que analizar qué significa ese rechazo para la Iglesia. Quizás nos persiguen porque no estamos cerca de los pueblos. A mí me preocupa mucho eso, es decir, qué está significando esa violencia contra la Iglesia en algunas partes de nuestra América Latina. Como creyentes debemos estar cerca de nuestro pueblo, no para unirnos a la violencia, eso nunca, pero si para escuchar las razones de fondo que mueven a nuestros pueblos.  
 
Este año, la Basílica de Guadalupe no podrá ser visitada por miles de peregrinos para la fiesta de la Virgen de Guadalupe. ¿Podría usted dirigir a su país una palabra en este contexto? 
A mis hermanas y hermanos de mi querido México, que nos duele muchísimo lo que está pasando, pero es por el bien de todos que ahora se cierren las puertas exteriores de la Basílica. No se cierra el corazón de la Virgen, a ella podemos acudir desde cualquier parte, desde tu casa, desde tus comunidades, de tu barrio, de tu colonia, de tu pueblo, de tu familia… Hoy puedes recurrir a la Virgen María. Ella está cerca, ella se acercó ahí precisamente con Juan Diego, se acercó allí a la casa donde vivía el tío Juan Bernardino. Nos duele mucho que por la pandemia, se cierren las puertas, pero no están cerradas las puertas del corazón de la Virgen y del Señor. Animo, ánimo y cuidémonos todos porque la razón es la salud, cuidar la salud de todos. Cuidémonos todos para que no pase lo que está sucediendo en Europa, que ahora están nuevamente con altos contagios. Aprendamos de otras partes, respetemos la sana distancia y el cubrebocas. Cuidémonos para que pase pronto esta pandemia. Pero insisto que las puertas del corazón de la Virgen están siempre abiertas para escucharte donde quiera que sea.

El perdón cura las heridas provocadas por el resentimiento y renueva las personas, las familias, las comu- nidades y la vida social. El perdón es la clave de nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos El perdón es una necesidad. Si no perdono, no puedo ser perdonado. El perdón es un proceso, este es, un continuo crecimiento hacia la libertad interior. No olvidemos que algunas experiencias son tan dolorosas que requieren mucho tiempo transcurrido en el perdón.